Es difícil, muy difícil escribir sobre un disco de Sigur Rós. En realidad es muy complicado hablar de Sigur Rós y tener algo que decir. En principio hay una cosa clara: o los odias o los amas. Y otra también: no es posible asignarles un género o una etiqueta. Suelo desconfiar de quienes los meten en el cajón del post-rock, porque no veo su música como rock. O al menos no sólo como rock. En mi humilde opinión, todas sus creaciones trascienden mucho más allá de un género o de un nombre, y no conozco ningún grupo que sea capaz de hacer nada lejanamente parecido (The Radio Dept. se han postulado durante muchos años como sus más directos seguidores pero, siendo una formación interesante, no les llegan a estos islandeses ni a la suela del zapato), aparte de locos como Björk o las últimas etapas de Radiohead.
Tras muchos años de descanso, discos en solitario, reflexiones y cosas similares, ocurrió lo inevitable. Ojo, puede que por la necesidad de volver a engrasar la máquina no estemos ante el mejor trabajo de Sigur Rós, pero es que sin duda lo menos bueno que pueden hacer estos chicos es, aún así, sobresaliente. Puede que esta opinión mía tenga que ver con lo difícil que es escuchar un disco de Sigur Rós: si la mayoría de los discos que uno oye han de ponerse sin interrupciones, al volumen adecuado y atendiendo al orden de las canciones, con Sigur un disco no se puede tratar como una lista de canciones, sino como un todo.
Para escuchar este disco se necesita tiempo, unos buenos altavoces y una casa vacía para ponerlo bien alto. Y hay que escucharlo muchas veces. Yo creo que ya voy por la sexta escucha (incluyendo la retransmisión que hicieron online hace un par de semanas) y aún me siento incapaz de decir muchas cosas. Sé que me gusta, sí. Pero porque todo lo que salga de las manos, las gargantas y las cabezas de estos cuatro locos me va a gustar, sin concesiones. No he encontrado en Valtari (todavía) una Glósóli o un Inní mér syngur vitleysingur que me enganche y destaque sobre el resto del trabajo, aunque bien es cierto que Ekki Múkk puede convertirse en ese astro en torno al cual gire el resto del disco en mi cabeza, con las escuchas suficientes.
Más de lo mismo, sí, puede decirse. En este caso, más solemne y con menos arrebatos de esos que hacen a la gente poner a Sigur Rós en la misma estantería de Mogwai o Explosions In The Sky. Más recogimiento, la intensidad mucho más contenida, agarrada y estrujada con las manos, pero a veces gotea y nos llega en forma de solo de piano, como en Varðeldur: tan sobrio, tan delicado que parece que la canción vaya a romperse en cualquier momento. Tan alejado de lo que ha estado haciendo Jonsi en los últimos años que parece mentira que solo hayan pasado dos años desde ese imparable Go (2010).
Para Valtari hay que olvidarse de las melodías más alegres o conocidas de Sigur Rós. No es un disco oscuro, pero no, no tiene esos arrebatos de luz. No es por ello menos interesante. Es más tranquilo. Puede que más maduro. Aunque no creo que la banda se quede el resto de su carrera en esta balsa de tranquilidad. Más bien Valtari suena como la calma que precede a la tormenta: delicada, dulce, llena de tonos de luz grisáceos y brillantes. O puede que me equivoque, puede que se queden así de tranquilitos hasta que se harten de sacar discos. No lo sé. Solo sé que me gusta. Y que no puedo esperar a verlos (¡por fin!) en el Festival DCode.





















