Han perfeccionado la fórmula. Han pulido la estatua. Si el molde que ya teníamos de ellos era sobradamente bueno, The Eden House han vuelto con el edificio más robusto y firmemente asentado. Sin apenas fisuras. Half Life es el nombre de su segundo LP, un disco que refuerza la tesis del gran momento que está viviendo el rock gótico, si bien la extensa riqueza de su sonido hace que esa acepción deba ser tomada con flexibilidad. No veo motivo para encasillarlo ni para recomendarlo de forma exclusiva a quienes beben con asiduidad de esas fuentes.
El núcleo duro del proyecto, esto es, los consabidos Tony Pettitt, Stephen Carey, Simon Rippin y Andy Jackson se rodea de nuevo de nombres ilustres. Repiten Monica Richards (Faith & The Muse), el prestigioso violinista Bob Loveday, y el legendario guitarrista de The Mission Simon Hinkler, pero se suman las voces de la maravillosa Lee Douglas (Anathema), Laura Bennet (Pussycat Dolls), Jordan Reyne, Queenie Moy, Megan Noel-Pettit y Phoenix J, además de la presencia de otro nombre rutilante, el del guitarrista y productor Phil Manzanera -sí, aquel al que se debe buena parte del sonido con el que los Héroes del Silencio rompieron el molde-. Con este plantel de lujo se presenta Half Life.
Un disco de sensaciones encontradas. Un álbum que aunque se sumerge en aguas turbias de complejo entramado instrumental, además de manejar historias de sabor amargo, e incluso a veces interpretables como andanadas contra los tiempos que vivimos -el single Bad Men (On Their Way To Do Bad Things) es el ejemplo más palpable-, nos es narrado por el coro de sirenas que protagonizan las mujeres que ponen voz a las canciones. Consiguen que los caminos a veces tortuosos, a veces obsesivos, otras nostálgicos que ejecutan los instrumentistas, acaben teniendo un manto de calidez que paradójicamente, ofrecen un recodo confortable y un grado de belleza. Son las rosas que nacen al final del tallo espinoso.
Tal y como hicieron en Smoke & Mirrors (2009), abren con un single potente, aunque esta vez menos diferenciado del resto del disco. Bad Men no es un tema frontal al estilo To Believe In Something o Neversea. Es mucho más denso y menos comercial. Es un bloque granítico, de secciones rítmicas y líneas de guitarra repetitivas, que en perfecto ejemplo de lo que decíamos más arriba, encaja como un guante entre los susurros de la Richards y esos inconfundibles riffs de cuando a los Mission les dio por flirtear con sonidos orientales. Todo el paquete concluye en un final cercano a lo épico, aportando una estupenda obertura a Half Life. Hechas las presentaciones, abierto el campo de batalla, asentada la advertencia -beware little girl, the world is full of bad men-, podemos adentrarnos en esas aguas turbias.
Nos quedan por delante ocho temas densos e intensos, varios de los cuales se elevan por encima de los seis minutos de duración. El protagonismo vocal irá rotando: Indifference (Bennett & Reyne), Wasted On Me (Bennett), Hunger (Moy), The Empty Space (Bennett), Butterflies (Reyne), The Tempest (Bennett, Reyne, Pettitt), City Of Goodbyes (Douglas) y First Light (Phoenix J), pero la fórmula es la misma, todas estas mujeres controlarán y pondrán freno a los fuegos que las guitarras pretenden prender con la llamada de los ritmos de guerra del profundo bajo de Pettitt y los tamborileos de Rippin. Entre medias debemos prestar atención. Hay sutilezas por doquier. Tormentas de guitarra (Wasted On Me), ecos de blues sorprendentemente ligados a paisajes que hubiesen firmado Cocteau Twins (Hunger o Butterflies), “baladas” en las que emergen punteos al estilo clásico (The Empty Space), apisonadoras rítmicas (The Tempest), juegos con rock progresivo (City Of Goodbyes -bárbaro tema, bárbara Lee Douglas-), e incluso repetimos con el guiño al trip-hop y la escuela Massive Attack (First Light). Todo ello metido dentro de los juegos sonoros ya habituales a base de tintineos gélidos de guitarras frágiles como juguetes de cristal, potentes graves, y oportunas apariciones de los violines del Sr. Loveday.
Half Life es uno de esos discos que dejas sonar una y otra vez, perdiéndote en ensoñaciones propias y a veces ajenas. Un disco que arropa y a la vez inquieta, un trabajo pulcro, emotivo y elegante en el que la experiencia de quienes manejan los hilos vuelven a sentar cátedra, y que además tiene mucho recorrido. Estoy seguro que dentro de unos meses aún estaré encontrando recovecos que descubrir en cada canción, y sin embargo, y no sé muy bien porqué, me queda la sensación de que lo mejor de The Eden House está por venir.






























