Por fin llegó, se acaba mi estancia en el Reino Unido. Y, con ello, mis crónicas de festivales y conciertos imposibles. Pero he intentado por todos los medios hacer que mi última noche trabajando al servicio de Su Majestad fuera memorable: Patti Smith y Bob Dylan entre muchos otros se daban cita en el Hop Farm Festival, un evento sin patrocinadores, austero pero bonito, verdadero heredero de los festivales y del flower power de los 60 y los 70, que se celebra en la comarca de Kent, al sureste de Londres.
Aunque el festival abarcaba 3 días y en su cartel se agolpaba gente como Suede, British Sea Power (mi corazoncito duele por no haber podido cazar a esta banda en mi periplo británico) o Peter Gabriel, me tuve que conformar con asistir solamente a la segunda jornada del evento, o sea, el sábado 30 de junio. Y, por suerte, se convirtió en el único festival de los 4 que me he metido entre pecho espalda este mes en el que no ha llovido y que, por lo tanto, no se ha convertido en un infierno de paja y barro. De hecho, el tiempo fue delicioso.
The Jezabels: My australian crash
Después de una pequeña odisea para llegar al festival (un poquito de señalización más clara en la carretera no habría estado de más, porque Hop Farm en realidad es una forma de decir ‘granja en medio del campo’), accedimos al recinto justo a tiempo para ver a mi última obsesión australiana, The Jezabels, de los que hablé hace un par de semanas, que actuaban en The Big Tent, o sea, en el segundo escenario.
Llegar tres minutos antes y comprobar que la banda estaba realizando las pruebas de sonido fue un mal augurio: la carpa estaba bastante vacía y sonó bastante a rayos (nada comparado con las cuidadísimas condiciones de sonido que había disfrutado una semana antes en Isle Of Wight Festival), y aunque la banda hizo todo lo posible por ajustar el sonido (casi demasiado), éste no llegó a ser convincente (ojo, el de la carpa, no el de ellos). Me explico: The Jezabels son bastante jovencitos y, aunque ya están disfrutando de las mieles del éxito en su Australia natal, les queda mucho camino por recorrer. Y da la impresión de que son muy conscientes de ello: durante los 55 minutos que tocaron, se afanaron en hacer que todos los temas sonaran lo más perfectos posibles. Que si súbeme un poco el segundo micro de la batería, que si ahora quiero más teclado, que si ahora un poquito menos de voz… se les veía realmente concentrados, muy afanados en que su presentación en Europa sonara bien.
Y dentro de las limitaciones de la carpa, lo lograron bastante. Se les nota que aún les faltan muchas tablas, y una timidez de cara a la interacción con el público que esperemos que poco a poco vayan superando. Su cantante tiene una voz fascinante, bien explotada y que, aunque flaqueó un poquito en un par de temas hacia al final del concierto, promete muchísimo. Solo le falta soltarse en el directo: moverse para algo más que pedir cambios a los técnicos de sonido, animarse y, en resumen, dar la impresión de que realmente disfruta de lo que hace. Es lo único que necesitan para que el público acabe de enloquecer con sus temazos: dejar de ser tan perfeccionistas y soltarse.
No obstante, ver canciones como Endless Summer o Catch Me en directo, sabiendo que en España me va a ser muy difícil pillarles, mereció mucho la pena.
Patti Smith: silencio, se reza
Ya sabemos todos que mis convicciones religiosas tienen mucho que ver con una señora de 65 años que se llama Patti Smith. Pues ahí estaba, a media tarde, en el escenario principal. Y pasó algo extraño: aunque había bastante público, era obvio que éramos pocos los que estábamos allí por la abuela del punk, sino que la densidad de fans de Dylan y Damien Rice que estaban cogiendo sitio para las actuaciones posteriores era elevada. Y se notó. Tras ver a Patti Smith varias veces actuar en España, al verla en Inglaterra, he comprendido por qué le gusta tanto nuestro país. Generalmente he encontrado al público inglés como una masa entusiasta y entregada en los conciertos, de modo que este fue un poco excepción. A pesar de que Patti Smith confeccionó un setlist (aquí convertido en lista de Spotify) a base de puros grandes éxitos, la gente apenas conocía las canciones y, lo que es peor, a duras penas se emocionaba con ellas.
Así que Patti llegó, vio el panorama y cumplió. De todas las veces que la he visto (van 5 con esta, y subiendo), fue el concierto más flojito de mi ídolo. Pero, aún así, un concierto flojito de la Smith es un concierto bastante bueno en líneas generales. La cosa empezó con Dancing Barefoot y April Fool, el single de su nuevo disco Banga (2012), y un poco como si nada. Necesitó diez minutitos para arrancarse con uno de sus temas más brillantes, Free Money, para que el concierto empezara a coger fuerza. Patti siempre se lía un poco al llegar a la parte recitada de la canción (debe ser por esto que no la canta a menudo en directo), pero con la ayuda del siempre fiel Lenny la ejecutaron sin grandes dificultades.
Con el público algo más caliente inició una reflexión sobre los desastres naturales que asolan nuestro planeta, y cómo debemos comprender y perdonar a la Madre Naturaleza para coexistir pacíficamente con ella que la llevó a interpretar Fuji San, el que para mi es uno de los temas más cañeros de su nuevo disco pero que en directo me pareció todavía algo falto de rodaje y de brillo. Puede que tenga que tocarla más veces para que acabe sonando tan personal como sus demás canciones.
La Smith siempre sabe reírse de si misma, y quienes la hemos visto unas cuantas veces en directo sabemos que a veces se le olvidan estrofas de las canciones. Esto le sucedió con la última de Banga, llevando a una situación bastante graciosa. La acabo de joder con la última estrofa de la canción, dijo, lo cual tiene gracia, porque solo tiene un acorde. Está claro que las canciones de un solo acorde son demasiado para mi, en mi próximo disco voy a intentar componer canciones que no lleven acordes. De modo que tras unas risas, recitó (no sin antes titubear un poco tratando de recordarlo) la estrofa perdida para enlazarla, perfecta y elegantemente, con Pissing in a River, el tema más intenso de la actuación. Patti enloqueció bastante con éste: le dio para moverse mucho por el escenario, animar al público y llevar su voz hasta el límite.
Because the Night fue de las pocas canciones que el público fue capaz de corear, pero el cierre lo realizó como es debido: con ese Jesus died for somebody’s sins, but not mine que da inicio a Gloria tras recitar, que no cantar, los primeros versos de People Have the Power, probablemente por falta de tiempo para incluirla completa. De este modo cerró un concierto correcto, con un setlist muy adecuado para un festival pero de una duración un poquito escasa.
Damien Rice y su guitarra
La siguiente actuación en el escenario principal era la del cantautor británico Damien Rice, que se presentó ante sus numerosos fans solo con una guitarra llena de pegotes de cinta aislante y una camisa de cuadros completamente destrozada. Temí que al final de la actuación fuera a pasarnos la gorra para que pudiera comprarse ropa decente. Pero, bromas aparte, el tío dio un conciertazo como una casa. Es decir, en un escenario gigante que un tío defienda solamente con su voz y su guitarra un repertorio de temas deprimentes y emocionantes tiene su mérito.
La principal baza de Damien Rice es su delicada voz, un chorro imparable que te golpea por su intensidad y hermoso tono a partes iguales. Lo demás, sus canciones sobre camas vacías, corazones rotos y amores tocados de muerte de las que uno nunca debe abusar si no quiere encontrarse pensando seriamente en el suicidio, pero que tienen una poderosa capacidad para tocar las fibras más sensibles de cualquiera.
Su concierto fue lo suficientemente intenso como para que un chavalín que se encontraba a mi lado no pudiera contener las lágrimas cuando Damien se sentó al piano para interpretar 9 Crimes que, exageraciones aparte, es una canción preciosa y a la que le imprimió una tristeza tan dolorosa que se ponían un poquito los pelos de punta.
A pesar de que hace tiempo que no publica material nuevo, se arrancó con una nueva canción hacia el final del concierto que fue de las que mejor sonaron en su repertorio, aunque personalmente eché de menos que tocara Rootless Tree. En resumen, es increíble lo que un solo tío puede hacer durante una hora imprimiendo la intensidad adecuada a cada momento con su guitarra y su voz. Aunque actuó en el escenario principal, éste no se le quedó grande, aunque si tengo ocasión intentaré volver a verle en una sala más pequeñita donde las emociones serán, si cabe, más intensas.
Un viejo cascarrabias y su banda de blues versionan a Bob Dylan
http://www.youtube.com/watch?v=-MJVNdSICCg
Llegamos al momento en el que todo el mundo me va a fusilar. Porque sí, señores, Bob Dylan tocó durante hora y media en el escenario principal y a mi no me gustó nada lo que vi. Que Dios me perdone, pero me parece Bob Dylan lleva muchos demasiados años viviendo de haber sido Bob Dylan (esta frase se la he robado al compañero Sentencia).
Para empezar, algo que parece una obviedad, pero no lo es: este hombre está mayor. Y está mayor en la liga de que apenas toca ningún instrumento durante los conciertos y se pasa, la mayor parte de ésos sentado. Su edad supongo que tampoco ayuda a su voz. Vaya, nunca fue un portento a la hora de cantar, pero es que ahora no tiene ni la decencia de calentar la voz antes de salir al escenario: durante las cuatro primeras canciones se limitó a recitar con una voz absolutamente cascada y como si tuviera un gargajo gigante en la garganta. A medida que fue calentando el gargajo desapareció, pero cantar cantar, lo que se dice cantar, no llegó a cantar nunca. Más bien recitó con un ritmo un poco espasmódico tratando de habituarse (a veces) al blues de su banda.
Casi tan legendario como el propio Dylan es el desprecio que practica hacia el público: el tío sencillamente pasa de todo con algo que casi supera la bordería para poder llamarse sencillamente mala educación. Como si en su cabeza pensara que le estamos ofendiendo o algo así. De este modo transcurrió un extenso setlist de versiones de versiones de canciones que una vez pertenecieron a Bob Dylan, pero que quedaban absolutamente irreconocibles. Mal tampoco sonaban, se agradece darle una vuelta a los temas ya conocidos, pero lo cierto es que durante la hora y media de concierto todo sonó absolutamente igual, y eso sí que aburre. Además, el blues está bien, pero tampoco me dio la impresión de que la banda ofreciera nada que no pueda encontrar en el Café Central de Madrid cualquier jueves por la noche.
Al final me quedé con la sensación de haber visto a una leyenda, sí, pero también de que me habían estafado bastante. Estoy deseando ver a las modernas del FIB diciendo que Dylan es lo más: no las hagáis caso. Puede que haya que verlo una vez en la vida, pero bien bien, dudo mucho que lo paséis.
Cinco minutos con Primal Scream
Una de las cosas que más me fastidió del concierto de Dylan era que se desarrollaba a la vez que el de Primal Scream en The Big Tent. Aposté por la leyenda, pero ésta acabó tan pronto que me dio tiempo a correr a la carpa y cazar la última canción de estos rockeros. Y ahí fue cuando los carraspeos de Dylan me dolieron más: la última canción que tocaron Primal Scream ante una audiencia absolutamente enloquecida fue para agarrarse los machos: rock puro, de líneas cortantes y bien dibujadas, con mucho mucho ruido, pero perfectamente gestionado porque, entre otras cosas, llena de gente la carpa sonaba mucho mejor. Trataré de volver a cazar a Primal Scream en cuanto tenga la ocasión, pero a mi con Dylan no me vuelven a engañar.





























