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La era dorada de Erasure

Publicado en 18 abril 2013 por

Y a la tercera fue la vencida, porque Vince Clarke nunca había grabado más de dos discos en una misma formación. No lo hizo ni con Depeche Mode ni con Yazoo, sus dos proyectos más exitosos, pero tampoco con The Assembly ni con el fugaz combo de 1985 junto a Paul Quinn. Cuando Erasure lanzó The Circus (1987) -y comenzaron a palpar el éxito- la pregunta era clara: ¿habría tercer trabajo con el nuevo grupo? Lo hubo. Un 18 de abril de 1988 se publicaba The Innocents, el trabajo con el que Clarke rompía tradiciones y levantaba a Erasure a lo más alto. Esta vez, al fin de verdad, el pequeño rubio de Essex parecía haber encontrado su media naranja artística en el “plumoso” Andy Bell.

erasure_promo_88_1Tercer disco y muchos más que vendrían, pero este fue sin duda alguna el momento álgido de Erasure. Tras los dubitativos momentos iniciales, lastrados por el gran éxito cosechado codo a codo con Alison Moyet en Yazoo, que tanto para la propuesta inicial del nuevo grupo, como para el cantante Bell, a quien inevitablemente se trataba de comparar con la portentosa Moyet, no fueron fáciles. Lograron encarrilar el vagón en 1986 con el single Sometimes, tema estrella de The Circus (1987), su segundo disco, en el que consolidaban que Erasure no era Yazoo ni Depeche, que era algo muy distinto, y que tenía un estilo propio bastante marcado. Encontrado su sitio entre un nuevo tipo de público -sin renunciar del todo al anterior-, abriéndose hueco en los charts, en las pistas de baile, en la comunidad homosexual, e incluso en el espectáculo de la música en directo, solamente les quedaba apuntalar la flor para que durase más de un día.

Y The Innocents lo hizo. Entró directo en el número 1, y nada menos que 78 semanas después, volvía a estar ahí. Sus tres singles, A Little Respect, Ship Of Fools y Chains Of Love, dieron la vuelta al mundo a ritmo de MTV, y pusieron a Erasure lo más arriba que jamás habían imaginado, teniendo que embarcarse en extensas giras en las que más del doble de la gente que podía albergar un recinto querían entrar en él -como aquel famoso en Birmingham-, y siendo galardonados con discos de oro y todo tipo de premios aquí y allá, algo que para el tímido Vince suponía poder demostrar su valía en vivo, y que le hacía afianzar aquel viejo anhelo de convertir la música en su forma de vida junto a alguien con el que trabajarlo todo codo a codo, cosa que ya había declarado, le pasaba junto a Andy Bell.

erasure_promo_88_2Quizá el gran éxito vino gracias a la conjunción de varias cosas. De un lado era un momento importante para la comunidad gay. A los años álgidos del azote del SIDA se le suma la corriente cada vez más creciente de visibilidad de la homosexualidad. En el mundo de la música, y especialmente en el entorno británico, esto era más que patente, y Andy Bell no era alguien que precisamente escondiese sus tendencias sexuales, mucho más que eso, iba con ellas por delante y su fondo de armario para las actuaciones en directo era ya de entrada, parte del atractivo de un concierto de Erasure. Precisamente Gran Bretaña jugaba en aquella época un papel importante en torno a lo gay, ya que por aquel entonces se discutía parlamentariamente la infame “cláusula 28″, de claro contenido anti-gay. Además de que esto, al menos para Bell, fuese un condicionante para que el disco les saliese algo más nostálgico, las reivindicaciones de sus canciones en favor de la concordia, la libertad y el respeto, tenían por fuerza que ser un acicate para que Erasure pescase miles de seguidores por este lado.

Pero también su estilo era un nuevo gancho. El clásico sonido synth-pop, ahora ya en retroceso, que Clarke dominaba con maestría, se veía edulcorado con arreglos y acoplamientos de un toque bastante más petardero. Sí, probablemente menos serio y circunspecto que el desarrollado por los grandes del género, pero desde luego mucho más festivo, menos frío, más próximo al pop de sintetizadores hecho por los pioneros de la new wave, más abierto a recibir influencias de otros géneros y estilos, y un guante en el perfil de diva de Andy Bell, un caramelo para llenar de hits las pistas de baile en los tiempos del pomposo y cansino italodisco. La producción del reputado Stephen Hague (New Order, Pet Shop Boys), fue sin duda un elemento clave en la fase de perfeccionamiento del diamante.

Y a mi entender la tercera pata en la que se fundamenta el éxito de Erasure son sus letras. El error típico -aunque a veces fundamentado- con este tipo de música, es que está llena de vaguedades, banalidades y sentimentalismos superficiales. Pues no es el caso. Además de los inevitables temas de amor / desamor, muy intensos, Erasure demostró desde muy pronto un compromiso social en múltiples direcciones, siendo el tema homosexual la estrella, pero capaz de romper lanzas en favor de las clases trabajadoras u otros sectores desfavorecidos. Erasure no eran un simple montón de plumas para pasárselo bien. Había mucho más.

The Innocents es en este sentido el ejemplo más contundente, porque en él hay de todo. Un arranque inolvidable y majestuoso y después un devenir de todo lo demás, incluyendo horrores intrascendentes como Sixty-Five-Thousand, o apariciones de teclados que hoy bien podrían sonar a Camela, pero el bagaje total, más allá de los tres megahits que lanzó al mundo, es el de un delicioso disco de pop hecho con sintetizadores -y alguna guitarra-, preciosista y muy sentido, que debería pasar a la historia como el mejor testimonio de un dúo llamado Erasure.

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OMD no pierden el paso… ni deslumbran

Publicado en 09 abril 2013 por

Andy McCluskey y Paul Humphreys, más conocidos de toda la vida como Orchestral Manoeuvres in the Dark, OMD para los amigos, también siguen aquí. Otra leyenda del synth-pop, otro dinosaurio de los ochenta, otra banda protagonista de alguna de las más bellas páginas de aquel tiempo irrepetible que siguen en la brecha, y de nuevo, igual que han hecho otros coetáneos, comprobamos que la clase es algo que se lleva y que es difícil perder. Quien tuvo, retuvo, y sin necesidad de lanzar un disco que nos vuelva locos, English Electric está a la altura del nombre que lo sostiene.

omd_promo1Principalmente English Electric profundiza en la senda abierta por su rentreé History Of Modern (2010), y la mejora. Observando el disco en enfoque amplio, teniendo en cuenta toda la carrera de OMD, me parece claro que el pop meloso, almibarado por lo general, y poco impactante que desarrollaron en los últimos tiempos anteriores a la salida de Humphreys, y más aún cuando McCluskey se quedó en solitario con la patente, se ve contenido por un marcado esfuerzo en recuperar los gloriosos y viejos tiempos iniciales del dúo (cuarteto en realidad, dirán algunos). ¿Cuáles son las claves? Creo que es muy evidente que el aderezo que supone volver al experimentalismo, el vanguardismo, en definitiva, al toque kraftwerkiano de aquella época, en combinación con la melodía pop, son el gran activo del renacimiento de OMD. En realidad es muy sencillo. Si adaptar tu sonido a los tiempos no funcionó, haz que los tiempos encuadren en lo que tú fuiste/eres.

Bastan pequeñas variantes, y algunas modernizaciones, para que todo no siga sonando a repetición constante sin que ello te haga perder tus señas de identidad. En este sentido English Electric tiene para todos, porque habrá temas que suenen a lo que siempre han sonado OMD y habrá otros que sorprendan e innoven en cierta proporción. La diferencia con History Of Modern es que se recuperan cortes de aquel estilo futurista y experimental de antaño, lapsos con mensajes repetitivos, robotizados, y los temas más “al uso” contienen, para mi gusto, un pequeño plus de inspiración que por momentos me hacen creer que los tiempos de aquellas maravillas clásicas de los primeros ochenta van a emerger en cualquier momento. Pero no lo hacen.

omd_promo2Si dejas que el disco suene mientras te dedicas a otra cosa, lo sientes pasar con una sensación  de homogeneidad, como si tema tras tema hubiese una ligazón estructural que hace parecer que cada canción es epílogo de la anterior y prólogo de la siguiente, un sentimiento muy agradable, con los sentidos adormecidos por la amabilidad de los sonidos que arrancan de English Electric, pero dentro de lo confortable que es, salvo un par de momentos, no levantas la cabeza para prestarle especial atención. Exceptuando el homónimo tema inicial -me salto Please Remain Seated como una mera introducción-, que se prolonga en exceso y llega a saturar con tanta repetición de los mismos tonos, todo English Electric discurrirá en un peloteo entre temas dulces y algodonosos y cortes de minimalismo industrial, engarzados en curiosa sintonía y, en general, armonizando la temática ya habitual en OMD: futuro, ciencia, opresión social, historia y, por supuesto, sus momentos románticos. Todo ello envuelto en delicados tintineos de sonidos marca de la casa, estructuras de canto ya conocidas y combinaciones electrónicas más kraftwerkianas.

De este modo, una vez digerida English Electric, que como digo empieza prometiendo y acaba aburriendo -por suerte el clip se queda en unos correctos 3 minutos y pico-, empezamos el viaje con el clasicismo pop de Night Cafe para rotar al futurismo de The Future Will Be Silent, tras la que emerge bellísima Helen Of Troy. Confieso que cuando vi el título, aún sin escucharla, no pude evitar que me viniese a la mente Joan Of Arc, y empezar a pensar en que ya estábamos con autocopias y cayendo en cosas facilonas. Desde luego, al igual que el resto del tono del disco, es otro tema que parece que ya hayas escuchado alguna vez en la discografía de OMD, pero qué puedo decir, les ha quedado estupendo, repitiendo fórmula y todo lo que se quiera, pero este tema no desentonará en absoluto junto a sus grandes clásicos, permítaseme la osadía.

Pero el punto álgido no encuentra continuidad hasta que hemos pasado 4 temas más. Our System es una balada muy correcta y bonita, pero poco más. Kissing The Machine, el corte que más claramente mezcla la vertiente pop y el jugueteo con sonidos futuristas -de hecho es una versión del Kraftwerk Karl Bartos que él mismo ha reescrito junto a McCluskey-, se queda en otra canción muy agradable pero que no mata. Decimal es una micro-canción de voces robotizadas, y por fin, llega Stay With Me, un episodio romanticón, melosón, muy esponjoso en la voz de Humphreys, pero que consigue sacar, de nuevo como en Helen Of Troy, sonidos y melodías muy, muy, muy claramente del dúo, que te empeñas una y otra vez en saber dónde las has oído ya. La historia se repite, y cuando van por esta vía logran otro de los mejores temas.

Dresden aún me despista, aún no sé con qué quedarme, si sus momentos petarderos o con sus preciosos arreglos, en cualquier caso el tema más acelerado del disco, para romper este baño caliente en que nos han metido. Nuevo ejercicio de kraftwerkismo breve con Atomic Ranch y recta final con Final Song a ritmo de adormidera.

En resumen, un disco que no debería pasar a la gran historia de OMD, que quizá decepcione a algunos por la grandeza del personaje, pero que si lo aislamos resulta un más que decente trabajo de synth-pop. Agradable de escuchar, con momentos que a buen seguro traerán muchas cosas a la memoria de los fans, y con otros con cierto toque innovador, pero sin las enormes excelencias de antaño. De lo que no tengo duda es que encuadrándolo exclusivamente en la producción hecha desde el reagrupamiento de la banda, English Electric no puede ser considerado un tropezón, muy al contrario, y lo que es mejor, una gran excusa para ponerlos en gira y volver a verles en directo, una experiencia más que recomendable.

PD: En el capítulo de menciones especiales la colaboración de Claudia Brücken, de aquellos otros héroes del género llamados Propaganda, y una vez más, el gran Peter Saville en el diseño de portada con su inconfundible firma.

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Delta Machine: Depeche Mode siguen con nosotros.

Publicado en 26 marzo 2013 por

Gira de presentación de este disco en España:

  • 11/07/2013: Bilbao, Festival Bilbao BBK Live! 49-105€, Entradas.

Tiene que ser muy difícil envejecer bien cuando has sido y eres un icono de un tiempo, una leyenda viva de la música, cuando sobre tus espaldas recae el abanderamiento de un estilo y una época, cuando todos los medios te prestan atención y amplifican hasta el infinito todo lo que dices y haces, cuando legiones de fans aguardan por todo el mundo para devorar tu nuevo trabajo. Tiene que serlo, y no todos, en circunstancias aún menos exigentes, son capaces de seguir en la pomada, aunque sea de vez en cuando, saliendo bien parados. Depeche Mode han atravesado sus baches y sus crisis, se les ha dado por enterrados y acabados alguna que otra vez, pero siempre han vuelto. Hoy, con más de treinta años de carrera, tienen su 13er álbum de estudio entre nosotros, se llama Delta Machine, y ha venido para demostrar que los de Basildon siguen aquí, tramitando su avance hacia la vejez de una forma mucho más que digna. No todos lo esperaban así.

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Y yo soy uno de ellos. Probablemente porque fui de esos que en un momento de su adolescencia se tomaron a los Depeche casi como una religión, sigue habiendo un poso casi inconsciente que a veces te lleva a magnificar sus buenos trabajos, y otras, al extremo contrario de exigencia, a ser muy duro con los que no lo son tanto. Sounds Of The Universe (2009) me acabó aburriendo tanto que ahora me doy cuenta que la desafección aún me dura, incluso reconociendo que quizá no fui demasiado justo. Prometo intentar que ahora no me lleve la euforia más allá de lo razonablemente objetivo que pueda ser.

Dave Gahan

Dave Gahan

Delta Machine completa una trilogía bajo la producción de Ben Hillier. El irregular Playing The Angel (2005) remontaba hasta alcanzar grandes cotas gracias a ser portador de algunas de las canciones más grandes que la banda había grabado desde Ultra (1997). Alguien dijo una vez que un grupo como Depeche Mode no podía sobrevivir sin himnos, y Playing The Angel ofrecía varias candidatas a serlo. Sounds Of The Universe por contra iba de más a menos, ganando en homogeneidad, pero perdiendo en capacidad de sorpresa, eliminando casi por completo cualquier rastro de canciones-emblema (casi), y en mi caso, como ya he dicho, consiguiendo aburrirme. Delta Machine no es igual que aquellos, pero puede considerarse sonoramente, y de modo genérico, un primo de ambos. Y a la tercera fue la vencida, porque es el mejor de los tres.

Pero que nadie se llame a engaño. Después de haber dicho esto es probable que muchos acudan desesperadamente al disco en busca de los temazos de siempre, los hits rompepistas que ponen patas arriba sus directos, los que han jalonado su historia, y no es así. De hecho hay poca cosa que se le asemeje, aunque algo se puede rascar (hay detallazos y momentos sublimes, es innegable), Y sin embargo en ausencia de esos himnos, es un álbum compacto, completo, homogéneo, incluso a veces arriesgado, sutil, inspirado y con mucha calidad. Pero de fiesta, nada. Muy al contrario, Delta Machine es un disco bastante oscuro, quizá de lo más oscuro que han hecho, no ya recientemente, sino en toda su carrera. No sé qué tal encajará esto el personal, pero yo lo celebro.

Andy Fletcher

Andy Fletcher

Arranca Welcome To My World inquietante, sencillo, orgánico y misterioso, con Dave Gahan poniéndose una vez más en el recurrente papel de cicerone mesiánico de alma y espíritu que tanto gusta a los Depeche, y logrando que escasamente al minuto abramos las orejas y los ojos con un estribillo de los que hace tiempo no se escuchaban por estos lares. A medio tempo, entre líneas crudas de sintetizador y momentos pretendidamente emotivos a dos voces, estamos introducidos en Delta Machine. Angel, que ya nos había sido presentada, imprime más cuerpo, despacio, para que entre bien, navegando en estruendos industriales y empezando a obligarnos a estar muy atentos a lo que van escupiendo los altavoces. Pese a que es un tema con muchos elementos arquetípicos de DM, no es precisamente mi favorita del disco, pero ejerce y cumple su papel. Sin solución de continuidad llega Heaven, el estupendo primer single ya adelantado, con sus bases soul, ya habituales en la banda, y su terciopelo de autoayuda. Relaja y corta la progresión en el momento adecuado, porque Secret To The End volverá a subir los decibelios, esta vez en forma de machaqueo rítmico y la primera aparición clara de los riffs de guitarra de Martin. El tema, pese a que a veces farraguea un tanto, rezuma contundencia, manteniendo la tensión sin que decaiga el ánimo.

La sensación de lapso sin embargo se acrecenta con My Little Universe. Reconozco que aquí me perdí bastante. Lo sugerente de su letra encaja bastante bien con un sonido que, salvando las distancias, me rememora a los Radiohead más experimentales y minimalistas, pero supone profundizar en unas aguas que de primeras te dejan bastante frío. Unas cuantas escuchas después, y recordando lo hecho por Martin en VCMG, le empiezas a poner valor, en especial cuando percibes con calma los giros de sintetizador del tramo final. Slow viene a completar la parte más intimista de Delta Machine, a ritmo cansino, con la guitarra repitiendo líneas obsesivas y un tono general de angustia, pero de un contoneo rítmico inapelable y, también, habitual ya en el grupo. Puede que sea la parte más dispersa del disco. La tendencia se rompe abrupta pero temporalmente con Broken, uno de los tres temas firmados por Dave Gahan, donde las melodías amables vuelven a imponerse, en un tema triste pero reconfortante, donde Martin y su guitarra, en sus apariciones, alcanzan uno de sus mejores momentos.

Martin Gore

Martin Gore

The Child Inside es el tema que Martin siempre se reserva para cantar. Si digo que por momentos recuerda a Waiting For The Night todo buen depechero ya lo debe situar. Vuelve a bajar drásticamente las pulsaciones, acompañado esta vez por una letra tétrica y deprimente, de las que duelen, de esas con las no quisieras identificarte nunca. Para levantarnos aparece Soft Touch/Raw Nerve, recuperando pálpitos rockeros y a un Gahan energético. Pero es Should Be Higher uno de los momentos cumbres de Delta Machine. Desde los bofetones fríos y calculados de esa caja de ritmos que homenajea al glorioso clásico de los Banshees Red Light, a los matices que van escupiendo los sintetizadores, al bellísimo drama en agudo que hace Gahan al abordar el estribillo, toda la canción (compuesta por cierto por Gahan), es un monumento intenso y espeluznante a la felicidad por la vía del autoengaño. Your lies are more attractive than the truth. Para qué queremos más. Pues sí, atención a los cirujanos más finos: ojo a los coletazos finales y esos sonidos que recuerdan a joyas arqueológicas para fans como Ice Machine y que, en una especie de guiño-puente, se hacen mucho más evidentes en Alone, otra de las grandes canciones que se mantienen ocultas hasta el final. Una nueva derrota lírica, otro tema intenso, oscuro, nada fácil pero mágico y magnético, que te deja queriendo más.

Y lo tendremos, aunque estemos casi al final. Soothe My Soul mezcla sonidos de electrónica mucho más moderna y actual, de crescendos sutiles y hasta bailables, con esa ya vieja querencia de los Depeche por sonidos arenosos del far-west, hasta tal punto que a veces creemos estar ante amagos del remix original de Personal Jesus. Y como la dosis de country-rock ha sido poca, Goodbye arrancará asemejada, quizá en exceso, a I Feel You, pero con la suficiente habilidad para mutar, después de casi cuatro minutos largos en los que parece que el final sobrevendrá a ritmo cansino y machacón, en un coro épico, casi negro, amortiguado por sintetizadores amargos y potentes que se van yendo, hasta dejar a las voces en solitario y poner, esta vez sí, el punto final definitivo.

Sin ninguna duda Delta Machine no es un disco para el gran público, pero es un trabajo en el que Depeche Mode vuelven a demostrar a sus fans que tenían cosas que seguir diciendo. Moderno y viejo, árido y suave, detallista pero complejamente simple. Estamos ante un álbum que hay que escuchar con cuidado, apreciándolo a fondo, y que, ojalá no me equivoque, creo que el tiempo situará como uno de los trabajos más completos de esta legendaria banda. A estas alturas, sí. Siguen estando aquí. No se han ido.

PD: La edición deluxe contiene 4 temas más.

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Voices & Images de Camouflage: clásico inmediato del synth-pop

Publicado en 07 marzo 2013 por

camouflage_promo1A comienzos de los años ochenta la música hecha con maquinitas electrónicas triunfaba. Las sendas abiertas por gente como Kraftwerk generaron una oleada de bandas que explotaron un nuevo género, aquí llamado tecno-pop, allá synth-pop, por allí electro-pop. Daba igual, todos sabían de qué hablaban. La ola barrió de tal forma que incluso bandas clásicas que nunca habían utilizado un sintetizador, o que lo usaban de forma leve como instrumento puntual de apoyo, le daban ahora mayor protagonismo del normal. La new-wave, los new-romantics…, creció un universo de estilos más o menos ortodoxos basado en teclados, cajas de ritmos, pintas coloristas, peinados imposibles, banalidad, frivolidad y fiesta. Pero un buen número de aquellos grupos cayeron en una vertiente más oscura -no olvidemos el poder del post-punk siniestro de la época y el emerger de la música  gótica-, fundamentalmente distinguible por melodías menos festivas y letras más evocadoras, comprometidas y afligidas. Cuando aquella primera oleada estuvo medianamente asentada muchos otros muchachos con aspiraciones musicales los tomaron como ejemplo, formalizando una segunda hornada a mediados de la década. Un 4 de marzo de 1988 un trío alemán llamado Camouflage sorprendían a los interesados en la materia con Voices & Images, uno de los debuts más interesantes del periodo y uno de los discos claves del estilo.

Heiko Maile, Marcus Meyn y Oliver Kreyssig, junto al breve Martin Kähling, ya lo estaban intentanto desde 1983 bajo el nombre de Licenced Technology, hasta que un año después decidieron inspirarse en una canción de la Yellow Magic Orchestra para adoptar su nombre final. Lo que son las cosas, su aún hoy tema emblema, y que en su día sirvió para abrirles las puertas de la industria musical, The Great Commandment, llevaba en una demo desde el 85. Pero hasta que no ganaron un concurso de radio local en el 86 nadie les hizo caso. Cuando a tenor de aquel pequeño triunfo la cinta volvió a circular, y ciertas orejas con algún que otro poder prestaron atención, llovieron las ofertas de contratos. Al final la Metronome se llevó el gato al agua y el productor Axel Henninger decidió regrabar el tema para que fuera primer single. En septiembre de 1987 unos completos desconocidos alcanzaban el número 14 de los charts alemanes con un tema directo, refrescante, bailable, impecable y de mensaje no exento de compromiso social. Más tarde llegaría al número 1 en la Billboard Dance Charts por tres veces consecutivas, catapultando a la banda y abriéndoles el goloso mercado norteamericano.

All these words are not a rescue in my eyes

Never sure about the love deep in your smile

Never sure if I’m right or if I’m wrong

Never sure about the things which were going on and on

Con estas palabras arranca That Smiling Face, la obertura de Voices & Images. Si alguien conservaba dudas después de su primer éxito, esta canción dejaba a las claras que el álbum iba por los mismos derroteros. De inicio pausado, acompasada a ritmos machacones de percusión crecientes, y poco a poco aderezada por melodías finas de teclado y ruidos calculadamente situados, el tema describía sonidos fríos, mensajes dubitativos de amor, y una emoción latente, que nunca explota, de esas que van haciendo hervir la sangre y poner la carne de gallina sin que en ningún momento el caparazón acabe de romperse. Es la tónica. Amor y mensaje social vertebran el disco, y la habilidad compositiva va dejando por el camino, canción a canción, un reguero de piezas de las que hay que escuchar en calma, apreciando los matices, los juegos vocales, los efectos sonoros. Mucha más calma de la que prometía en single, pero calma chicha, los ritmos y los estribillos son tan pegadizos que nunca dejas de tararearlos o sentirlos a flor de piel.

camouflage_promo2Dicen que aquella segunda hornada de bandas amarradas a un sintetizador fueron los primeros hijos del éxito de Depeche Mode, los cuales en estos años vivían su gran explosión, pero que ya habían diseminado su semilla fuertemente entre 1983 y 1987, marcando claramente líneas de estilo. Red Flag, Elegant Machinery y obviamente Camouflage, son algunos de los nombres que me vienen a la cabeza y que respondían a una influencia clara a los años “depecheros” que van de Construction Time Again (1983) a Black Celebration (1987), en los que curiosamente los tonos vocales reivindicaban a Martin L. Gore como icono del movimiento. El trío alemán supo aunar calidad y actitud como casi ningún otro. Muchos cayeron en la parodia, otros fueron flor de un día, ellos lograron abrirse al mundo, sonar en media Europa y los Estados Unidos, y continuar una carrera que en aquellos primeros años dejó un puñado de singles magníficos, imprescindibles en cualquier discografía amante del género. Cinco discos entre 1988 y 1995, más un renacer de dos en la década pasada han mantenido a Camouflage vivos, convertida en banda de culto una vez pasados los años dorados, pero que aún puede dar alegrías. Greyscale, su octavo disco de estudio, saldrá a la luz en algún momento de 2013. Si nunca tuviste noticia de ellos es buen momento para descubrir Voices & Images, su debut, que cumple 25 años.

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Música para las masas

Publicado en 28 septiembre 2012 por

El lanzamiento de Music For The Masses supone un radical punto de inflexión en la carrera de Depeche Mode, el antes y el después que marca la línea entre una valorada banda de culto y un fenómeno de masas. Y el camino no fue fácil. La deserción inicial de la mitad cerebral del grupo, Vince Clarke, dejó a los mandos a un Martin L.Gore al que le costó encarrilar el tren. Desde 1981 a 1987 fueron poco a poco evolucionando del synth-pop chispeante pero bisoño del inicio, a un intento por madurar que, como un adolescente que quiere crecer demasiado rápido, estuvo lleno de tropezones. Intentaron tomar temáticas más serias profundizando en cuestiones sociopolíticas, fueron introduciendo diatribas religiosas, buscaron la provocación con contenidos sexuales, a la vez que endurecían su imagen, pasando del horror new-romantic al cuero negro, los ojos pintados y las crestas, adecuándolo a un sonido cada vez más oscuro, navegando entre lo industrial y lo siniestro. Y de toda aquella mezcla, soportando befas y mofas de la prensa británica, empezaron a cuajar unos Depeche Mode que ya se vaticinaban en Some Great Reward (84), que había que tomar muy en serio en Black Celebration (86), y que explotaron en Music For The Masses (87).

No todo estuvo en sus manos. La aparición de David Bascombe como productor principal, relegando al habitual Daniel Miller a lugares secundarios, tenía un fin: abrir el sonido de la banda a un público más amplio. Por tanto no resulta del todo tan ilógica la presunta pretenciosidad que se aprecia en el título y portada del disco, con esos altavoces apuntando a distintas direcciones en un amanecer, ni la frase de la carpetilla interior del vinilo: “spreading the news around the world”, extraída del tema Sacred. Había en todo lo exterior a Music For The Masses un tufo a grandilocuencia bastante calculada. Que se lograse era otra cuestión más allá del envoltorio, pero lo lograron. La producción, junto a la cada vez más inestimable aportación del genio en la sombra Alan Wilder, se las arregló para dotar a este disco el puntito de luz que le faltaba a Black Celebration sin que se perdiesen las esencias halladas. El primer single lanzado, allá por abril, es todo un ejemplo de la accesibilidad sonora que se buscaba: Strangelove.

Pero como hemos dicho no hay una ruptura total, solamente un pulido, aunque a conciencia. Music For The Masses gira, por lo general, en torno al sexo, la religión y la amistad (¿y las drogas?). El encaje sonoro de todo varía desde temas más predecibles en función del pasado reciente, es decir, oscuridad, a baladas turbias e incluso minimalistas, pasando por temas mucho más poperos y abiertos. Pero tanto los ritmos y el concepto hacen notar que Depeche Mode abrazaban ya abiertamente el rock que avanzaron en A Question of Time, que incluso hay retales de blues, y que quien un día proclamaba la muerte de la guitarra –Martin-, ahora comenzaba a utilizarla como nuevo recurso. Dejaron de golpear hierros y romper cristales para revolcarse en arreglos ingeniosos y sutiles, en exprimir sus sintetizadores para extraer atmósferas, e incluso rebajaron un tanto la profundidad de algunas letras, para que solamente quedase de ellas el mensaje general y la atención fuese atraída por el inmenso imán sonoro que proyectaba el disco, al que, en resumen, se le dotó de épica, de rockn’roll, de misterio, de sensualidad, de pseudo clasicismo sacro pero también de canallesca, y por encima de todo, en mi opinión, de inteligencia a la hora de estructurarlo, ya que Music For The Masses nunca se desata, pero nunca se para, nunca aburre y siempre atrapa, va entrando poquito a poco sin que dejes de prestarle atención con su inmensidad de texturas y vertientes en forma de sonido. La apertura del disco, con el segundo single, Never Let Me Down Again, más propia de un final que de un inicio, es una buena síntesis de todo.

Comercialmente la Europa continental respondió como solía. Depeche Mode siempre habían sido mucho más exitosos en otros lares distintos al mundo anglosajón. Music For The Masses no tuvo muchos problemas para ser platino en Francia y oro en Alemania Occidental, además de número uno en España. Lo extraño fue alcanzar la plata en el Reino Unido y el platino en los EEUU, además de encaramarse en el Top 10 de las islas británicas. Al fin conseguían el impacto que buscaban en su propia órbita cultural. Los singles, aunque nunca rompieron en las listas, obtuvieron los mejores posicionamientos de la banda. Behind The Wheel, su sugerente tercer single, y en especial con su cara B que contenía una versión del clásico norteamericano Route 66, tenía un evidente poso de estar pensado para el mercado de aquellas latitudes.

El espaldarazo final vino con la gira. El Tour For The Masses comenzó un 22 de octubre del 87 en Madrid, finalizando el 18 de junio del año siguiente en el mítico concierto del Rose Bowl de Pasadena, donde más de sesenta mil californianos aclamaban a sus nuevos héroes. 101 (1989), uno de los álbumes en directo más emblemáticos de la década, multiplicó con creces la popularidad de Depeche Mode, e incluso Anton Corbjin puso imágenes documentales a la gira y a aquel concierto, en el que un Dave Gahan embutido en blanco se desataba para interpretar unos temas que con una marcha más, y engarzados con una exquisita selección de sus éxitos de siempre, daban una síntesis perfecta para enganchar nuevos adeptos a la causa. Depeche Mode continuaron creciendo en los años venideros tanto en éxito como en crítica, pero fue hace 25 años cuando el tsunami empezó a crecer, todo gracias a Music For The Masses.

PD: Coincidiendo con esta celebración, el sábado 29 tenemos este concierto organizado por Melodías de Sombras de la banda tributo Devotional Mode y post-fiesta DM en la sala Darkhole de Madrid.

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25 Años de Actually

Publicado en 07 septiembre 2012 por

…y pese a todo, al igual que ellos nunca se parecieron a nadie salvo a ellos mismos, nadie ha conseguido imitarlos ni un poquito, cosa harto extraña teniendo en cuenta la importancia de Actually y de la banda en sí misma. Neil TennantChris Lowe venían de digerir su exitoso debut con Please (1986), pero lejos de dar conciertos aquí y allá y saborear las mieles del triunfo, pusieron todo su empeño en fabricar un producto mejor, mucho mejor. Tiraron de los mejores productores y mezcladores del momento, incluso de compositores como BadalamentiMorricone, tan acreditados por el mundo del cine, y por supuesto, de su propio ingenio para construir este trabajo que suena a disco, a techno-pop, a música melódica, a banda sonora, a vodevil,…a Pet Shop Boys, en estado puro.

Es un disco calculado al milímetro. Desde el nombre, con el significado de esa palabra y su manido uso en Inglaterra, y el juego de palabras colocándola a continuación del nombre del grupo, como ya hicieran en Please, y como harán por el resto de su carrera (mientras no se demuestre lo contrario), llamando a los discos con una sola palabra. Y la foto de portada, por supuesto, en la que aparece Chris más serio que un billete, junto a un Neil que bosteza, pero ambos inmaculados de smoking. El ying y el yang, lo serio y lo intrascendente, lo trágico y lo humorístico, en resumen, la perfecta metáfora de lo que van Pet Shop Boys, siempre tiernos pero también duros, y críticos, y ácidos, e inteligentes, y bromistas, y divos, y corrientes… Chris confiesa odiar esa foto, por su ropa y su pelo, Neil la adora por los motivos que acabo de citar.

Musicalmente hicieron la gran pirueta: lograron que un disco temáticamente sombrío, pesimista y triste, sonase luminoso. Hay una vieja teoría que dice que es fundamental atender los contextos en los que se generan determinadas manifestaciones del arte porque gracias a ellos entenderemos mejor la obra y tendremos una mejor perspectiva de análisis de la misma. 1987 no fue precisamente un buen año en Gran Bretaña. Además de diversos sucesos localmente trágicos, del famoso “lunes negro” -que hoy es una broma con la que está cayendo-, del pavoroso avance del SIDA y, sobre todo, la reelección de Margaret Thatcher, que al menos allí fue recibida como un impacto entre la gente de la música como altavoz del pueblo llano que sufría sus políticas, el panorama no era muy optimisma precisamente. Eran sin embargo los grandes años del famoso trío Stock-Aitken-Waterman, productores de un sinfín de éxitos de diversos “artistas”, que con ligereza y ritmo daban al pueblo la evasión y la distracción siempre necesaria en tiempos duros. Pet Shop Boys se rieron de todo, tomaron el sonido festivo y discotequero, y lo recubrieron de temáticas, lamentos y palos que bien pudieran haber adoptado cualquiera de sus coetáneos teóricamente más oscuros y militantes.

Y salió lo que salió, un l.p. adelantado por dos singlesIt’s A Sin (junio), y What Have I Done To Deserve This? (agosto), además de Rent (octubre), Always On My Mind (noviembre -luego volveremos a esta canción-), y un remix de Heart (marzo del 88). El primero y los dos últimos fueron número 1, What Have I Done… tan solo vio frenado su ascenso por el granítico Never Gonna Give You Up de Rick Astley. Todos ellos alcanzaron el Top 10 a ambos lados del Atlántico. Un hito.

El arranque con One More Chance es fastuoso. Sonoramente  es un constante jugueteo con el, por entonces naciente, house, atemperado, como el motor de un F1 calentándose sin decidirse a arrancar…hasta que lo hace, logrando un emocionante momento de éxtasis bailero por el que merecen la pena los minutos en los que nos ha tenido en el filo, enseñando la patita pero sin tirar la puerta abajo. En un ejemplo de lo perfectos que son estos tipos a la hora de acoplar música y texto, ese estribillo en el que se suplica una segunda oportunidad, coincide con el subidón, mientras que todo lo demás es una parafernalia medio narrada bastante paranoica acerca de sensaciones de persecución y peligro (¿encaja esto con lo dicho sobre los contextos?). Pues eso. Siempre me ha parecido una pieza maestra.

Uno de los grandes hitos del disco es su segundo corte, What Have I Done To Deserve This?, un tema que compusieron en sus primeros años, allá por el 85, y que ciertamente se nota, donde Neil reincide en sus narraciones medio rapeadas en un diálogo entre un patético caballero y la dama con la que ha roto, alcanzando de nuevo momentos sublimes de encaje de todo el cuadro. Lo importante del tema es que la dama elegida para dar la réplica no fue el bueno de Chris, fue Dusty Springfield, diva de la canción inglesa venida a menos, adorada por los PSB y que fue una más de las insignes colaboraciones con el dúo, además de lograr relanzar su carrera. Maravilloso momento vivimos algunos cuando, casi de cuerpo presente la Springfield, interpretaban la canción en directo con imágenes de ella cantando su parte en las pantallas. No hace tanto de esto.

Shopping comenzó como una broma al estilo “no hay canciones sobre gente que compra y es una común actividad humana”, pero para dotar de algo tan banal de cuerpo tangible, no se les ocurrió otra cosa que soltar la descarga más política y ácida del disco contra Thatcher: we’re buying and selling our history…, las famosas privatizaciones masivas de las empresas nacionales británicas. La comicidad a la hora del famoso estribillo es, una vez más, clara marca de la casa. Reirse de lo serio pero sin dejar de repartir estopa. Y en esto llega Rent, donde el falso cachondeo se desvanece. No es para menos. Una preciosa pieza cuenta las reflexiones de una prostituta de lujo mantenida por un cliente poderoso…las ironías de una relación de ese calibre, la lealtad que produce, lo infeliz pero cómodo, lo insatisfactorio pero seguro… No podían carcajearse de estas cosas, y se lo toman en serio.

Hit Music es a mi parecer la menos buena canción de Actually, una aparente burla de la música fácil y exitosa, pero que en piruetas retóricas acaba ligando esto con la noche y a su vez con el fantasma del SIDA, trazando un puente con It Couldn’t Happen Here, esa balada frágil y sutil, tan característica en sonido para ciertas cosas del grupo, y que vuelve al mismo asunto, recordando los tiempos en que en Inglaterra la terrible enfermedad era una cosa de América y que había un mar por medio. Con igual seriedad pero más ritmo viene uno de los grandes himnos de siempre de la banda, la grandiosa It’s A Sin, enorme como una epopeya, rocosa y mordaz crítica a la moral católica y su sentimiento de culpa. Los años de trabajo que les llevó se notan, y con creces, en esta canción-teatro clave.

La recta final se aborda con I Want To Break Up, algo que podríamos considerar una canción de amor más sincera y en los cánones, aunque movidita. Heart es otro tema sin excesivas pretensiones salvo un mensaje de enamoramiento. Curiosamente se la quisieron vender de forma infructuosa  a Madonna, pero al final reconocieron la paternidad. Menos mal, porque esta perfecta composición pop, sencilla, fue un gran éxito. Y el final, otra seña de identidad de la casa, la aparentemente nostálgica King’s Cross, que esconde otra andanada contra el thatcherismo, contra el gobierno “firme” que muestra tal cosa sacudiendo en la cara del más pobre y el más desprotegido, con ese barrio londinense como metáfora de todo.

Y finalmente Always On My Mind, canción que no está en el disco, que de hecho se incluyó en Introspective (1988), pero que pertenece a esta época y que en reediciones posteriores se ha metido dentro de Actually, una versión elaborada para un especial conmemorativo del décimo aniversario de la muerte de Elvis y que no es solamente considerada como una de las mejores canciones del dúo, también entra en el ránking de las mejores versiones de siempre.

El esmero, la genialidad, la clase, la paciencia, la mordacidad…todo ello confluyó para que todo Actually fuera un trabajo perfecto, en el que hasta los video-clips eran pequeñas películas, con conocidos rostros del cine británico, y en el que, como pocas veces pasa, éxito y calidad fueran de la mano. Con ustedes, los Pet Shop Boys. Un honor.

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Format: la otra cara de Pet Shop Boys

Publicado en 30 mayo 2012 por

Si tengo que estar de acuerdo con alguna de las cosas que ha dicho Alaska en el último lustro, es con eso de que a Pet Shop Boys no se les puede enmarcar en un estilo musical, porque son un estilo en sí mismos. Ya sé que a esta afirmación se le pueden buscar las vueltas, pero a mí me gusta y me parece una alabanza justa. Neil Tennant y Chris Lowe llevan desde el año 1985 regalándonos su música con regularidad, constancia, pocos o ningún gran fiasco, y una colección extensa de varias de las mejores joyas que ha dado la música pop de base electrónica, ponga cada uno ahora la etiquetilla concreta que prefiera. Hace un par de meses se descolgaron con Format, un disco doble repleto de las caras-b y cortes extra que han jalonado su carrera entre 1996 y 2009. Hoy llega a nuestras manos, y como es habitual en esta pareja, la colección resulta un trabajo que no es ni mucho menos de relleno.

Siempre he creído que una larga vida con sintetizadores en las manos, llevada de forma digna, regular y exitosa, era complicada. Hay algunas excepciones, y Pet Shop Boys me parecen la más destacable, porque, me duele decirlo pero así lo siento, lo último de mis queridos Depeche Mode fastidia la nota media notablemente. Pocos artistas hay que teniéndolo todo ya ganado se descueguen con un trabajo como Yes (2009), su último largo, cuando con un disquito mediocre que incluyese un par de hits medio decentes podrían haber pasado el trámite de seguir presentes para que no se les olvide. Pero no, el dúo Tennant/Lowe y sus amigos, siempre se las arreglan para matener su nivel, su elegancia, su inteligencia, su acidez, su romanticismo, su humor y su sentido de la crítica dispuestos a acoplarse a sus melodías, desde las más delicadas baladas a los hitazos más rompepistas.

Pero Pet Shop Boys son además uno de esos grupos que cuidan de las caras b de sus singles, para regocijo de los fans más fieles. Por tanto, según pasan los años, acumulan fácilmente un buen número de temas que, por sí solos, son capaces de componer un disco de lo más digno. Ya en 1995 tuvieron que hacer un primer trabajo de este estilo: Alternative, recogiendo la “cosecha-b” de su primera década de vida. Ahora han tenido que editar otro doble y larguísimo recopilatorio -38 canciones y casi 3 horas de música-, que sin contener ninguna grandiosidad que pase a la historia, resulta un disco más que digno.

Con la mitad de Format se podría componer un l.p. con el que muchos otros se darían con un canto en los dientes. Y es que la factoría PSB atesora kilates con casi todo lo que toca. Bastaría quedarse con: The truck driver and his mate, Hit and miss, Delusions of grandeur, Sexy northener, Always, la cachondada de We’re the Pet Shop Boys con la que llegaron a abrir conciertos, I didn’t get where I am today (con el gran Johnny Marr a la guitarra), The resurrectionist, Girls don’t cry, In private (homenaje a Dusty Springfield donde encontramos a Elton John a dúo con Neil), No time for tears y After the event, por ejemplo, para tener un disco de doce temas al que llamarle decente sería quedarse corto.

De modo que mientras esperamos a que en otoño llegue el nuevo disco de Pet Shop Boys, podemos ir matando el tiempo con este Format, uno de esos trabajos en el que trayectoria y esencias de una banda pueden observarse y comprenderse un poco mejor.

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Cuando creíamos que Depeche Mode habían muerto

Publicado en 14 abril 2012 por

Dicen que en las borracheras de éxito reside el principio del fin de muchas bandas. Dicen que para Depeche Mode la suya; masiva, creciente e imparable desde 1987, tenía que pasar factura. La gira mayúscula que acompañó a Songs of Faith and Devotion (1993), se extendió desde mayo de aquel año hasta julio del 94, con apenas dos meses de descanso en total, 158 conciertos ofrecidos y visitas a los cinco continentes. Durante la misma están acreditadas las tensiones que surgieron dentro del grupo que eclosionaron en 1995 con la salida de Alan Wilder, el músico que siempre ha sido puesto en valor como aquel que influenció de forma decisiva para que Martin L. Gore pudiese reconducir una nave que, teóricamente, quedó maltrecha tras la salida de Vince Clarke tras el primer disco de los chicos de Basildon.

Gahan, alarmantemente flaco en 1993

Pero no fue lo único…ni lo peor. Dave Gahan, el carismático cantante, el golfillo que agarrado a su micrófono ponía concierto tras concierto toda la carne en el asador y levantaba a la audiencia, había pasado, a lo largo de los años, de gran aficionado a la bebida a coquetear con las drogas y, finalmente, a vivir con ellas. Ya durante el Devotional Tour, en el que mostró un deterioro físico alarmante, sufrió un micro infarto en Nueva Orleans. En el verano de 1995 intentó suicidarse cortándose las venas. El colofón llegó el 28 de mayo de 1996 cuando estuvo muerto durante dos minutos por una sobredosis en Los Ángeles. Fama, fiestas, alcohol, drogas, matrimonios fracasados, tutelas parentales perdidas. No es una historia nueva.

Pero cuando nadie daba un duro por ellos (ni Martin Gore ni Andy Fletcher se libraron de los problemas personales en este período), Depeche Mode resurgieron. Dave se empeñó en reconducir su vida y desintoxicarse, y ya de paso, tomar clases de canto por vez primera. Martin por su parte supo demostrar que había vida más allá de Alan Wilder. Ambos, a la postre, demostraron que su progresivo mayor control en la banda fue uno de los motivos de las desavenencias con Wilder. Junto al inseparable y perenne Andy Fletcher volvieron a ser trío por primera vez desde 1982.  Ultra fue el resultado.

Editado el 14 de Abril de 1997, Ultra no es ni muchísimo menos el mejor disco de Depeche Mode, por mucho que en ciertas partes de su estructura se quieran recuperar cosas de Violator (1990) –cota inalcanzable-, pero sí es, quizá en pugna con Playing the Angel (2005), lo mejor que han hecho en la etapa post-Wilder, post-droga o post-cima (escójase lo que se quiera). Vino adelantado en febrero con el single Barrel of a Gun, un tema espinoso con regusto a electrónica industrial que se colocó en el número 4 del complicado chart británico y que fue 1 en España.

A finales de marzo salía el segundo single, It’s No Good, un muy buen tema, agridulce pero pendenciero y hasta soberbio, que por momentos recuerda los mejores días del grupo. Esta vez se quedó en el 5 en Gran Bretaña, pero volvió al 1 en nuestro país.

Hasta junio no se editó un tercer single, en este caso Home, la típica balada que siempre se encuentra en los discos de Depeche Mode y que queda a cargo de la voz de Martin Gore. Un bellísimo tema que, pese a tener un arranque un tanto frío y un fondo algo monótono, es capaz de reconducirse a un estribillo que tanto en tono como en emotividad sube vertiginosamente hasta poner los pelos de punta. El envoltorio orquestal hace el resto para que Martin tenga uno de sus momentos de lucimiento que, de nuevo, rememora viejos y mejores tiempos.

En octubre se lanzaba el cuarto y último sencillo: Useless, una canción que es puro reproche, cimentada en una base electrónica simple pero gobernada por la línea vocal. El video-clip del tema, con sorpresa final, tiene también su historia, ya que por un período largo de tiempo fue el último trabajo de Anton Corbjin para Depeche Mode.

El resto del disco tiene sus altibajos, jalonado por lapsos instrumentales, y en un tono bastante calmado y reflexivo (¿sorprende?), así como oscuro y delicado, pero sin lograr alcanzar grandes momentos salvo en los cuatro singles y quizá en Sister of Night, un tema en el que parece que Dave Gahan canta a pecados pasados. La auténtica importancia de Ultra reside en su significado para Depeche Mode después de la travesía del desierto. Pocos son capaces de resurgir de una forma tan digna, cuando todos pensábamos que estaban muertos. La recepción fue parca en críticas, pero no acorde con el público. Ultra fue número 1 en Gran Bretaña, Alemania y Suecia, 2 en Canadá, Francia e Italia, y llegó al 5 en Estados Unidos. No hubo gira, salvo un pequeño puñado de conciertos, era demasiado pronto y el gran baño de masas se postergó a la publicación de The Singles 86-98, momento en que Depeche Mode pudieron volver a comprobar que sus cientos de miles de fans seguían siendo fieles militantes y el sostén en la sombra del grupo.

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Simple Minds nos devuelven a los 80 en La Riviera

Publicado en 15 febrero 2012 por

Cuando una banda con tanto a sus espaldas como Simple Minds se lanza de gira, resulta fácil caer en la tentación de preparar un repertorio de grandes éxitos y contentar tanto a los incondicionales como a los curiosos. Son muy pocas las que se centran en su trabajo más reciente (si lo tienen) y menos aún las que plantean una propuesta como este tour, llamado 5×5 por centrarse (en teoría) en cinco temas de sus cinco primeros discos, los que abarcan la época entre 1979 y 1982.

Cartel promocional de la gira 5x5 de Simple Minds.

Tras leer en una entrevista con Jim Kerr que se proponían reivindicar sus primeros álbumes, quizá los menos recordados, pero los de más calidad e influencia, me pareció una propuesta valiente, aunque no daba un euro porque entre los temas escogidos faltasen los que les dieron popularidad a mediados de los 80. Mis dudas venían, más que por el repertorio, por la posibilidad de que los escoceses no estuviesen ya para darlo todo sobre el escenario y hubiesen venido a llevárselo crudo sin sudar más de la cuenta. Del precio de las entradas hablaremos otro día, pero me pregunto hasta qué punto resultó disuasorio para que más gente joven pudiese acercarse a la discografía de la banda.

La puesta en escena, juego de luces incluido, recreó la estética de los 80 a la perfección.

Ya en la sala, nos avisaron por megafonía de que el concierto era “largo”, motivo por el que tenían programada una pausa de 10 minutos a las 21:30, lo que aumentó mis temores iniciales. Y al poco empezaron a tocar temas como I travel, Love Song o Wasteland (en este punto aprovecho para dar las gracias a algún asistente anónimo por compartir la setlist completa). La acogida entre el público varió entre el entusiasmo de muchos y la indiferencia de los que esperaban una selección de temas más bailable, por decirlo de alguna forma.

Llegamos al anunciado descanso de la banda  (me pareció que lo necesitaban) y, con los ánimos retomaron el repertorio ochentero con temas como The American o Promised you a miracle, con lo que los menos receptivos empezaron a animarse. Tras la preceptiva despedida, completaron los 25 temas comenzando con la instrumental Theme for Great Cities (que sonó francamente bien) y que cerraron con Chelsea Girl y New Gold Dream (81-82-83-84) y con todo el público bastante entregado.

A la salida, las sensaciones eran agridulces: desde quienes echaban en falta exitazos como Alive and kicking o Don’t you, hasta quienes estaban emocionados hasta la euforia por haber podido disfrutar de la versión menos comercial del grupo. Sin menospreciar los temas más populares (que no exentos de calidad), y reconociendo que la calidad musical podía haber sido superior en algunos momentos, creo que pocas bandas pueden permitirse el lujo de tocar 25 temas de su etapa más minoritaria, llenar una sala y convencer a una gran parte del público.

Personalmente, sin ser un incondicional de Simple Minds, creo que a las cerca de dos horas de concierto les faltó por momentos algo de ritmo para mantener el interés, pero le sobró honestidad y actitud. Y eso, para mi, es suficiente.

 

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O.M.D. cumplen con sus antiguos fans

Publicado en 15 junio 2011 por

Anoche en la Sala Heineken de Madrid se vivió algo que tenía mucho de reencuentro y sentimentalismo desde el principio. Orchestral Manoeuvres In The Dark (O.M.D. para los amigos), venían a Madrid. No era la primera vez en los últimos años. Ya estuvieron presentes en el Summercase del año 2007. Recuerdo que en aquel entonces también había ganas de verles, pero la confusión sobre qué nos íbamos a encontrar era grande. Estaban relegados a una carpa, llevaban separados desde principios de los 90 (aunque Andy McCluskey sacase algunos discos en esa década bajo la marca del grupo), el cartel de aquel festival era bastante potente y por tanto había mucha competencia como para atraer público, además, casi nadie había tenido la oportunidad de verles en directo, y la imagen de banda fría que atesoran sus composiciones más grandes y famosas terminaban de organizar una mezcla que, a priori, provocaba más dudas que certezas. Al menos esa era mi impresión pre-concierto. Pero había que ir a verlos a toda costa. Estamos hablando de uno de los iconos del synth-pop ochentero y de los autores de melodías que raro es encontrar a alguien al que al menos no le suene algo, tenga la edad que tenga. Para los que cultivamos nuestra afición musical entre los sonidos de la darkwave, las razones de peso estaban servidas. Y en aquella tarde-noche de 2007 un par de cincuentones dieron la sorpresa: abarrotaron la carpa, la pusieron patas arriba, derrocharon energía y se les veía en la cara que estaban tan sorprendidos con la entrega del público como el público con la suya.

Tres años después, quizá espoleados por el éxito de aquella gira, O.M.D. sacaba su primer disco de estudio en veintitantos años (History of Modern), y ayer lo presentaron en Madrid. Lo primero a destacar es que a diferencia de otras bandas con solera, el precio relativamente alto de la entrada (30€ me sigue pareciendo así), venía compensado por la presencia de dos grupos más: Assemblage 23 y Mirrors. A ninguno de los dos les presté mucha atención. Los primeros practican un EBM que me aburre rápido y los segundos me resultaron mucho más atractivos visual que musicalmente, con una fotografía que puede parecer bizarra pero que cuadra perfectamente con unos chicos muy jóvenes que hacen la música que hacen y viven en la época que viven. Entre vestimenta, forma de cantar, actitud e imagen me pasaron por la mente los nietos de Kraftwerk, Talking Heads, Devo y hasta el flequillo del amigo Kapranos de Franz Ferdinand (me perdonen todos ellos). Divirtieron a un sector del público.

Y a las 22.00 hrs salía O.M.D. Un hecho dejaba claro de antemano que la expectación de aquel 2007 seguía vigente: a eso de las 20.00 hrs ya era bastante difícil hacerse un hueco en pista. De modo que hubo que subir a la penosa planta de arriba para ver algo (el que suscribe no es uno de esos que mide lo que un danés y debería pagar doble entrada). Ya lo sé, es lamentable y es tirar media entrada, pero sorprendentemente no se oyó tan mal como otras veces, y me dió la oportunidad de comprobar lo variopinto del público (con algún famoso/famosillo incluido), y sobre todo las caras de felicidad e incluso ilusión, todo el mundo sonreía en todo momento. Y aunque el disco que venían a presentar no es ninguna maravilla, O.M.D. eligió un setlist bien calculado para no aburrir a despistados o fans que se quedaron en 1990, intercalando éxitos con novedades a buen ritmo, y sobre todo, escogiendo lugares apropiados para sus grandes éxitos. Andy McCluskey (52 años le contemplan) está en plena forma, no sólo sigue siendo tan alto como siempre y con la misma percha, encima el tipo no para de bailar y de moverse, está en plena forma. Muy al contrario que Paul Humphreys, al que si se le notan los años, pero entre los dos derrocharon ganas y simpatía. Sudaron la camiseta como hay que hacerlo. Y por supuesto, el público respondió, haciendo emocionantes los estribillos instrumentales de sus hits coreándolos a garganta abierta. El gran momento de la noche, a mi parecer, la conclusión de Joan Of Arc (Maid Of Orleans), cuya celebración en el foso detuvo literalmente el concierto por unos minutos.

En definitiva, una noche que fue muy especial para muchos, llena de recuerdos, de adolescencia, de nostalgia. Y no nos la hicieron aburrida. Todo lo contrario. Voy a intentar recomponer de memoria el setlist: History of Modern (II) / New Babies, New Toys / Enola Gay / Messages / Tesla Girls / Bunker Soldiers / (Forever) Live And Die / If You Leave / Souvenir / Joan Of Arc / Joan Of Arc (Maid Of Orleans) / New Holy Ground / Green / Talking Loud And Clear / So In Love / Locomotion / Sister Mary Says / Sailing On The Seven Seas / Dreaming ENCORE: Walking On The Milky Way / Electricity (Se agradecen correcciones).

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