En algún momento del principio de la pasada década vi Las Vírgenes Suicidas (2000), ópera prima de la hija de Francis Ford Coppola. La película era interesante pero creo que lo único verdaderamente duradero que dejó en mi vida fue cierta curiosidad por su banda sonora. Así fue como conocí a Air: tarde, como casi siempre, y de la mano de una creadora que nunca le ha aportado nada más a mi vida tras presentármelos.
Afortunadamente en cuestión de días ya había caído en mis manos una obra que me tuvo fascinada durante mucho tiempo: Moon Safari, que se había publicado unos años antes de su primera colaboración con Sofia Coppola, cuando yo aún no era ni adolescente, tal día como hoy, pero en 1998. Y aunque cuando lo escuché por primeras veces yo no sabía nada de música electrónica francesa, ni de como dos músicos gabachos habían conquistado Europa empezando por las Islas Británicas ni, mucho menos, de lo determinante que fue aquel disco en el desarrollo de un género en su propio país, veía muy claro que ahí había algo fascinante y único. Basta con escuchar el arrebatador solo de teclado con el que arranca La femme d’argent para creerse uno que se ha convertido en protagonista de alguna película de amor ligera de esas que se desarrollan en la Costa Azul, con bañadores de rayas blancas y azules, martinis por doquier, glamur y un azul casi eléctrico que quita el hipo allá donde se mire.
Pero empecemos por el principio: eran dos amigos, dos músicos. Un arquitecto, Nicolas Godin; y un matemático, Jean-Benoît Dunckel. 1998 no era el primer momento en el que grababan ni Air era su primera banda. Antes habían estado codeando con gente como Alex Gopher y Étienne de Crécy en una primera banda de electrónica llamada Orange. Y no, Moon Safari no era su primera grabación: era su primer LP, pero ya contaban con un EP anterior llamado Premiers Symptômes (1997) (se puede escuchar en Spotify). Pocas veces un nombre ha sido tan acertado: Primeros Síntomas de un talento y una brillantez que no tardarían en estallar, eran los que se apreciaban en aquél EP que, por supuesto, se escuchó bastante… en 1999, después de que Moon Safari ya hubiera arrasado entre un público anglosajón que, ansioso de más trabajos de la nueva sorpresa francesa, encumbró también aquella obra previa. No obstante, para cualquiera que se ponga Moon Safari con frecuencia, Premiers Symptômes es un excelente ejercicio de inspección en algunas de las ideas que un año después eclosionarían en el disco que hoy nos ocupa. La cosa va más allá del hecho de Les Professionnels fuera la base sobre la que se construyó All I Need, uno de los grandes éxitos de Moon Safari: se trata de una cuestión más delicada, de ver los caminos hacia los que lleva la música que hicieron en el 97, de ver cómo algunas de las melodías más sencillas se pulieron y arreglaron con mimo y delicadeza para construir algo mucho más redondo. También es cierto, por otro lado, que es un ejercicio en el que, quien se sepa al dedillo Moon Safari, ya conoce las respuestas.
Moon Safari tuvo una muy buena acogida en el momento de su lanzamiento. La crítica en todos los medios especializados fue unánime: un disco de notable alto, una perla no apta para el consumo de masas. No es el disco que te pones a diario para animarte, no es el que te despierta pasiones más enérgicas: es un disco para las grandes ocasiones del día a día, para el descanso, para la cena romántica, para la bañera repleta de espuma o para la copa de vino que tomamos antes de irnos a dormir. Una joya pulida y compleja que, si bien los oídos bien educados disfrutan en todo su esplendor, también contenía un par de rompepistas cuya atmósfera de cálido chill-out no supuso ningún impedimento para ser pinchadas y bailadas notoriamente.
Y es que cuando es capaz de poner a disposición de otros DJs dos temas tan golosamente remixeables como Sexy Boy y All I Need, las combinaciones son infinitas. Y se explotaron: ambas sonaron enérgicamente y arrastraron Moon Safari al top 10 de las listas de ventas de álbumes del Reino Unido e Irlanda, seguido por una relevancia nada desdeñable en el resto del continente, sobre todo teniendo en cuenta que estamos hablando de un género, el de la electrónica y el pop ambiental, que nunca ha estado plenamente asentado en las listas de éxitos. Cierto es, eso sí, que en los Estados Unidos no pasaron del puesto 40 en las listas de ventas de álbumes: el éxito allí les llegaría de la mano de sus recurrentes colaboraciones con Sofia Coppola (a la ya mencionada de Las Vírgenes Suicidas se sumarían unos años después otras en Lost In Translation y María Antonieta). Como curiosidad, la voz femenina que aparece en All I Need es la de Beth Hirsch, amiga de Nicolas y Jean-Benoît que escribió la letra del tema y colaboró en la composición de la música.
Sobre el resto del disco, pelotazos aparte, las influencias son muy claras: Jean Michel Jarre y Vangelis como maestros en la creación de atmósferas envolventes y bien armadas a golpe de sintetizador; pero con toques de psicodelia y detalles instrumentales a lo Ennio Morricone que aportan un toque de grandeza distinguida, especialmente hacia el final del álbum con temas como Ce matin la o Le voyage de Penelope. Un disco también prominentemente masculino: delicado, sí, habla sobre chicos sensibles y cuidadosos, pero chicos al fin y al cabo. Arreglados y perfumados, de esos bien vestidos que se han puesto ahora de moda. Y es que si hay otro detalle que caracterice a Moon Safari es que los años lo han hecho brillar más si cabe: 15 castañazos le han sentado a la perfección, suena limpio, brillante y perfectamente bailable. Esta edad pone también de manifiesto, al menos ya como una opinión muy personal, que el resto de la trayectoria de Air nunca ha llegado a unas cotas de calidad tan excelentes como las de este debut que nos ha ocupado hoy. Cierto, sigue habiendo talento y brillo en sus discos, pero nunca han conseguido atraparme tan medida y perfectamente. Aunque también es verdad que cuando un debut es tan redondo, las expectativas sobre todo lo que venga después son siempre demasiado elevadas. En cualquier caso, escuchen Moon Safari, tanto si se lo saben de memoria como si esta es la primera vez que oyen hablar de él: es un trabajo delicioso y que pedirá siempre una escucha más. O dos.


























































