Esta noche estará en el Sónar de Barcelona y ayer el islandés Ólafur Arnalds pasó por Madrid para presentar For Now I Am Winter. La belleza de dicho paso fue tan obvia como indiscutible: es normal, sabíamos más o menos a lo que veníamos y Olafur Arnalds cumplió sin pega con dosis de delicadeza, sensibilidad y ternura anoche en el Teatro Reina Victoria de Madrid. Y aunque hubo muchos y muy agradables aciertos, la actuación no estuvo exenta de algunos inconvenientes. El primero de ellos, completamente ajeno a Ólafur, fue el horario del evento.
Ya sabemos que para algunos teatros madrileños (con el Lara a la cabeza) han encontrado un jugoso filón en la posibilidad de doblar sesión y, tras la representación habitual, programar un concierto. Es una idea genial porque las salas que lo están haciendo están bien sonorizadas, las butacas son cómodas y tienen una visibilidad bastante buena; pero el hacerlo al finalizar la correspondiente sesión teatral estos conciertos rara vez empiezan antes de las once de la noche, si no más tarde, como fue ayer el caso. Quien programe conciertos en este tipo de salas debe saber que una actuación que se desarrolla en horas en las que parte de la audiencia normalmente está durmiendo es susceptible de no ser correctamente apreciada. Es decir, que el concierto de anoche empezó pasadas las 23:30 y finalizó al filo de la una de la madrugada y que eso para quien trabaja y para ello madruga, es un inconveniente.
La otra pega que le encuentro al concierto de anoche es la austeridad de medios con la que se ejecutó. For Now I Am Winter, como ya hemos comentado en este blog, constituye un paso adelante en la evolución de las composiciones de Ólafur Arnalds pues en él incorpora, no por primera vez, pero ya sin miedo ni tapujos, una importante capa de percusión, bases rítmicas y electrónicas y, en algunos temas, voces que contrastan con la austeridad de las composiciones para piano y cuerda que poblaban sus anteriores trabajos. Cabría esperar, pues, que al ser este concierto parte de la gira de presentación de dicho álbum, los medios para ejecutar los temas mencionados (que son, además, los más destacables y emocionantes del disco) fueran a estar en concordancia con la factura de dichas canciones. Pero no, Ólafur se presentó en el escenario junto con una violinista, una violonchelista, un iPad (llamado Mr. Jobs) y un ordenador portátil, estos dos últimos controlados por él mismo desde el taburete de su piano durante los silencios. No había ni percusión, ni nadie encargado de ir dosificando los bucles electrónicos en diálogo con los instrumentistas y, ni mucho menos, cantante; de modo que aquello que hace especial y diferente a las nuevas canciones estaba grabado, encerrado en un ordenador portátil y se iba reproduciendo a la orden de Arnalds, sin aportar nada a lo que ya estaba grabado en For Now I Am Winter.
Aunque a pesar de esto el concierto fue bello y emocionante, la reducida dotación de la orquesta de cámara que se subió al escenario le restó un poquito de espontaneidad a la música que se interpretó. Puede que haya quien me pregunte qué diferencia hay entre reproducir una base grabada desde el ordenador y que haya una persona enlazando loops en directo, si en el fondo todo son grabaciones y lo importante es lo que hagan los músicos. Y no lo niego, es verdad, pero dentro de la electrónica también hay un margen, no ya para la improvisación, sino para escuchar a los compañeros de banda y adecuar la entrada de los bucles a lo que vaya sucediendo en el escenario, cosa que es radicalmente imposible si se llevan las pistas sencillamente grabadas.
Pero ya está bien de versar los problemillas de la actuación porque, como he dicho al principio, a pesar de todo esto la sensación general del concierto fue de belleza y de saber hacer. Ólafur es un joven tímido pero muy entrañable, que supo meterse al público en el bolsillo a base de sencillas interpelaciones y explicaciones verdaderamente enriquecedoras sobre las circunstancias en las que se compusieron algunos de los temas que interpretaron. Al subir al escenario rompió el hielo pidiendo a la audiencia que cantara un par de notas, un do y un mi, para grabarlas con su iPad y componer así una tercera mayor que adornara la primera canción que interpretó, Þú ert sólin. No sé si por la cálida sensación de confianza que supo generar Arnalds desde el primer momento o, porque sencillamente, la ocasión lo requería, el público fue extraordinariamente respetuoso, arropando con tensos y expectantes silencios las melodías de piano que el islandés iba tejiendo lentamente.
El juego de silencios y emociones fue delicado y perfecto, no hay otra forma de expresarlo, fue sencillamente un concierto bellísimo en el que solamente hacía falta cerrar los ojos, hundirse en la butaca y dejarse llevar por el sereno río de emociones que el islandés iba dibujando. “Hay muchas formas de tristeza y no todas tienen que ver con el amor”, decía antes de interpretar Poland uno de los temas más bellos del repertorio de anoche, en una explicación tan tierna como sincera y comprensible del origen de dicha canción. Para cerrar la actuación de manera magistral, Ljósið, uno de sus temas más conocidos y cuya explicación sobre las circunstancias en las que fue compuesto dio pie a unas cuantas risas entre la audiencia; y Lag fyrir Ömmu, canción que Ólafur compuso para su abuela, según él, su mayor fan y la responsable de sus conocimientos de música clásica, cuando esta falleció. Esta última la interpretó ya él solo en el escenario, ante el piano, con unas dosis de emoción y delicadeza que ponían los pelos de punta hasta que, a lo lejos, desde detrás del escenario, se oyeron las notas lejanas de las cuerdas, que cerraban la actuación hasta otra ocasión en que el manto de nieve islandesa vuelva a cubrir un teatro madrileño en una de las primeras noches de auténtico calor de nuestra ciudad.





















































