
Joaquin Phoenix y Reese Witherspoon caracterizados como Cash y Carter, reproduciendo una fe las imágenes más míticas de éstos.
Como tantas personas de mi generación, fue la reinvención del Hurt de Nine Inch Nails que llevó a cabo Johnny Cash lo que me llevó a entrar en contacto con dicho personaje. Hay a quien no le gusta un pelo esto de que las nuevas generaciones hayamos conocido a Cash a través de las versiones que hizo de ciertos temas de Depeche Mode o U2, pero a mi siempre me ha parecido una muestra más de la versatilidad e inteligencia de la que siempre hizo gala este genio estadounidense. Una labor parecida cumplió la película que nos ocupa hoy, Walk The Line (2005), traducida en España como En La Cuerda Floja, inspirada en la autobiografía que escribió el propio Cash.
La he traído al blog porque me parece interesante para acercarse a la vida del mítico cantante y guitarrista country y porque ayuda a disfrutar, más si cabe, de las composiciones de sus primeros años de éxito. Quien ya conozca la música de Cash encontrará interesante esta recreacción de su existencia y, quien todavía no esté empapado de su country, no tardará en hacerlo tras ver el film.
Si hay una parte especialmente bella son los 40 primeros minutos de metraje, que abarcan la infancia y primera juventud de Cash. Es en estos momentos donde se configura al personaje, marcado por la pobreza de su familia, un padre correoso como el esparto, la omnipresente y silenciosa presencia de su madre y sus himnos religiosos, que fueron la primera música con la que el pequeño John tuvo contacto. Aquí es donde tiene lugar el suceso en torno al cual orbita toda la historia: la muerte de su adorado hermano mayor. Estos minutos se enmarcan entre cuidados planos de la plomiza y algodonosa Arkansas en la que nació Cash. La escena de los dos hermanos correteando entre los campos de su padre para ir a pescar es especialmente tierna y el resto del film se encuentra lleno de referencias a cosas que suceden en esta etapa.
Una elipsis nos muestra a Cash ya veinteañero, partiendo a Alemania como parte de su servicio militar en la Fuerza Aérea. Esta parte abarca unos 10 minutos en la película pero es crucial: el joven John compra su primera guitarra para luchar contra su soledad. Los planos en los que compone Cry Cry Cry son íntimos y hacen al espectador sentirse parte de la canción. Es también entonces cuando, a pesar de no haber pisado una prisión en su vida, Cash empieza a sentirse fascinado por el mundo carcelario. Aunque hay algunas escenas más relacionadas con la creación de temas en los minutos siguientes, cuando Cash empieza a juntar a su banda (unos mecánicos que apenas saben tocar), o el momento en el que decide vestir de negro, pero ninguna es tan intensa como la anterior.
Desde que Cash graba su primer disco, el resto de la película es sencillamente una historia de amor. Eso no es ni bueno ni malo, solamente digo que a partir de ese momento la faceta creativa y el músico quedan en un plano muy alejado con respecto al del hombre que se enamora perdidamente de June Carter, el ídolo de su infancia, cuyas canciones escuchaba con su hermano; y del niño vencido por el éxito que, ante su vacía vida fuera de los escenarios, cae sin remedio en las drogas. Las escenas bucólicas sobre la creación artística dan paso a una interminable lista de mimetizaciones de conciertos y actuaciones del Cash, su banda y June Carter. Esta parte, aunque está lograda y uno se siente casi como si estuviera viendo al propio Cash, se puede volver algo repetitiva.

Una de las numerosas escenas de Walk The Line en las que se reproducen los conciertos de Johnny Cash y June Carter
Uno se siente realmente parte de la historia porque quienes te la están vendiendo rezuman amor y respeto por los personajes. La espiral de drogas en la que se sume Cash y la complicada historia de amor emocionan verdaderamente, a pesar de que sepamos que Johnny murió de viejo tan solo 4 meses después de que su amada June falleciera.
El colofón de la historia viene cuando, en un intento de enmendar el mal que ha infringido a sus seres queridos, Cash decide tocar en una de esas cárceles a las que tanto recurre en su música. La escena en la que el cantante se va reconstruyendo a sí mismo a medida que lee las cartas de admiración que le envían varios presidiarios me puso los pelos de punta. La historia ya la sabemos: el concierto en la Cárcel de San Quintín pasó a la Historia y convirtió a Cash en una leyenda. Este es el segundo punto sobre el cual se asienta la historia y está emocionantemente reproducido.
En resumen, una hermosa película que puede entenderse como sentido homenaje al matrimonio Cash, que falleció un año antes de que ésta se estrenara. Muy recomendable para fans del country a los que no les importe que Phoenix se empeñara en cantar las canciones él mismo (en realidad tiene bastante mérito) y para cualquiera que no conozca la música de Johnny Cash. Recomiendo encarecidamente verla en versión original para apreciar correctamente el esfuerzo vocale de Joaquin Phoenix: cada vez que dice lo de Hi, I’m Johnny Cash se ponen un poquito los pelos de punta.























