Siendo yo muy crío mi padre entró un día en mi habitación y se quedó patidifuso al ver que había pequeños papelitos pintados y convertidos en banderas nazis. Sin más, y con cara de póker, soltó un “quita ahora mismo eso de ahí”, y se marchó. Lo que él no sabía es que aquello no era más que el atrezzo con el que estaba montándome un cuartel general alemán al que los soldaditos de plástico aliados atacarían y destruirían posteriormente. Imaginería infantil frente al susto adulto. Elias Bender Ronnenfelt es un tipo que siendo adolescente descubrió el punk, el hardcore industrial, el rock marcial y ciertas cosas de neofolk. Esto iba a marcar su posterior carrera como músico, pero a la vez hacerle adoptar una serie de inclinaciones que iban a ser prueba acusatoria contra él. Os presentamos al líder de dos bandas que están revolucionando el panorama danés y que ya han trascendido al mundo anglosajón, concentrando mucha atención, aunque no siempre por motivos estrictamente musicales. Ambas tienen discos fresquitos de reciente aparición, son Iceage y Var.
Además de otros proyectos, Iceage ha sido el grupo con el que Ronnenfelt se ha dado a conocer. Su disco debut, New Brigade (2011), supuso un hito en lo que a las revisitaciones del punk se refiere. No es un mero revival ni es otra banda más flirteando con el postpunk. Es punk esencial y básico como hacía tiempo no encontrábamos. Agresivo, desesperado, violento, duro, y además de calidad, mucha calidad. Junto a Johan Wieth (que luce un tatuaje de Death In June), Dan Nielsen y Jakob Pless conformó un cuarteto sorprendente que mereció ser fichado por la aguda Matador para un segundo trabajo, You’re Nothing, lanzado el pasado febrero, donde las vías expresivas de estos daneses ampliaban su rango estilístico conjugando elementos noise, hardcore y marciales, con un trabajo más emocional e intimista, pero igualmente vigoroso, poderoso, enérgico y rabioso que avanzaba hacia rincones oscuros, opacos y opresivos. Ver a Ronnenfelt con ese flequillo a lo Ian Curtis profundizando en temáticas que anuncian a alguien encerrado en algún tipo de trauma del que lucha por salir, trae a la cabeza muchas cosas. La crítica ha aclamado ambos trabajos, sacándolos del entorno underground para hacer que Iceage aparezcan en todo tipo de publicaciones. Hasta The Guardian les dedica un extenso reportaje, pero no por su música.
Y es que alguien comenzó a fijarse en el mencionado tatuaje -Death In June causaron fuerte polémica en los ochenta por el uso de imaginería nazi-, en lo ambiguo de títulos o letras como White Rune, en algún videoclip, en ciertos personajes sospechosos que aparecían en sus conciertos, en el look que algunos de los chicos de Iceage mostraban en fotos promocionales, y en el gusto por bandas polémicas de black-metal como Absurd o los extremadamente problemáticos Burzum. Y ataron cabos. Iceage son neonazis, supremacistas blancos y xenófobos. Pero como bien argumenta en su reportaje The Guardian -no es un medio especialmente proclive a dar cobijo a ultradetechistas-, no son pruebas irrefutables y existen elementos que las contradicen. Leedla si queréis, no vamos a entrar en ello, pero si es peligroso empezar a flirtear con ese tipo de cosas, aunque puedan deberse a pecados de juventud e inmadurez, igualmente pantanoso es meterse en estos potajes, especialmente cuando tratamos con artistas, que ya sabemos que en numerosas ocasiones son gente algo especial. Como de pelar son también algunos periodistas que parecen cogérsela con papel de fumar y que a lo largo de los años han organizado unas polémicas extraordinarias, muchas veces sin la más mínima base o haciendo gala de una carencia absoluta de entendederas necesarias cuando uno encara propuestas artísticas.
Sid Vicious y Siouxsie Sioux aparecieron con esvásticas en sus camisetas en el apogeo de la irreverencia punk, a Joy Division les rebuscaron hasta en los pliegues en busca de las razones de tanta aparente germanofilia, a The Cure les metieron en una absurda causa judicial, años después, por una canción -Killing An Arab-, que recogía un pasaje de una obra de un enemigo profesional del Islam como Albert Camus, sobre Morrissey corrieron ríos de tinta alimentando una burda polémica racista, y Rammstein tuvieron serios problemas por atreverse a enfrentar la historia alemana en su estilo, dejando con el culo al aire a demasiado hipócrita que en una supuesta actitud de condena al pasado lo que realmente hace es mirar hacia otro lado, sentando las bases del olvido, algo a mi entender mucho más censurable. Son unos pocos ejemplos de grandes cagadas. Otras no, son claras y contundentes, pero parafraseando a Tony Wilson, la diferencia entre significante y significado, su expresión a través del arte, el modo en que lo miramos, no está al alcance de todo el mundo. Ciertamente, Ronnenfelt y los suyos no han hecho demasiado por negar la mayor. Se muestran ostensiblemente incómodos y disconformes con los sambenitos que les cuelgan, pero mostrando una actitud cerrada y poco comunicativa con la prensa que no les ayuda demasiado.Desde luego, haciendo la música que hacen no deberíamos esperar estar ante unos chicos modelo, pero la sombra de un exceso de pose provocativa, bien aderezada por su insultante juventud, comienza a extender sus alas.
La nueva aventura de Ronnenfelt da que pensar en favor de este argumento. Var (bien escrito con la “a” con circulito encima y pronunciado ver), cuyo significado en danés es primavera, es su nuevo proyecto (antes se llamaron War), que en apenas un vistazo es suficiente para que encontremos cosas muy chocantes con un nazismo puro -que no excluyentes-, a la par que intencionalmente provocativas. La más evidente es la exhibición homosexual que hacen. Kristian Emdal, Lukas Hojland y Loke Rahbek son los compañeros de viaje, alguno con una amistad más que intensa que les permite fotografiarse besándose sin prejuicios. El disco de debut, No One Dances Quite Like My Brothers, listo desde hace unos días, más algunos temas adelantados desde 2012, son un giro radical. Es coldwave electrónica tan gélida que a alguno le ha hecho decir que desde el Faith de The Cure no veía cosa semejante en cuestiones de expresar melancolía. En cualquier caso los aires marciales e industriales no desaparecen, permanecen a lo largo y ancho de este angustioso disco, no exento de belleza, que en estilo rinde homenaje a los grandes clásicos de la coldwave francesa y belga -algunos de los cuales tampoco se libraron de flirteos fascistoides-, y que muestra a los miembros de Var recuperar botas militares y cueros negros que, a falta de las crestas y los maquillajes, recuerdan un tanto a la moda berlinesa que resucitó el techno-pop de los 80. En otro alarde de reto artístico, la portada es un espejo, para que cada uno se vea a sí mismo antes de escuchar el disco. No es que los caminos que recorre Var se adentren en mi vertiente favorita de la coldwave, pero que su calidad musical está ahí, es innegable.
De modo que con poco más de 20 años tenemos un personaje al que seguir. Elias Bender Ronnenfelt ha sido capaz de generar todas estas cosas en poco tiempo. Si finalmente se descubre que lo que realmente se escondía era un presuntuoso e ignorante jovenzuelo, un genio provocador, un indignante y despreciable ser humano, o una mezcla de parte o todas estas cosas, será algo que iremos descubriendo. No nos tiremos al vacío sin red. Por el momento nos quedamos con su música, que por ahora promete cotas muy altas.
































































