No es la primera vez que los ídolos escoceses del post-rock, Mogwai, intervienen en una banda sonora. En 2006 compusieron la del documental Zidane: A 21st Century Portrait y colaboraron en la del film de Darren Aranofsky The Fountain. Dos trabajos correctos, pero ninguno de los dos a la altura de la estupenda pieza que nos ocupa hoy: la banda sonora de la serie francesa Les Revenants, que emitió entre noviembre y diciembre de 2012 el Canal+ galo.
Leo en algún que otro blog de música decir que Mogwai le pone música a una serie de zombies. Nada más alejado de la realidad: lo cierto es que la banda sonora de Les Revenants me ha dejado tan fascinada que me he animado a ver la serie (a pesar de mi aversión hacia la casquería), y resulta que de zombies nada. Les Revenants cuenta la historia de un pequeño pueblo de montaña francés en el que un día empiezan a aparecer algunas personas que murieron años atrás. Pero no con las tripas colgando ni masticando cerebros: sencillamente aparecen, y la serie trata de como tienen que tratar sus familias con la ruptura del duelo. Es una serie íntima, complicada y hecha con buenas cantidades de dinero y estilo. De modo que en este contexto, entra Mogwai.
Les Revenants es una serie de silencios, de emociones contenidas y de ambiente misterioso. Componer una banda sonora pastelosa e irrelevante, sobre todo cuando ya has contratado a unos actores solventes y tienes una realización muy cuidada podía ser a la vez una tentación o un sacrilegio. Afortunadamente, los creadores de la serie comprendieron que la historia se merecía una música que la hiciera brillar aún más, pero sin eclipsarla. He de aceptar que a mi la banda sonora que ha compuesto Mogwai me obnubila a lo largo de cada capítulo, pero cierto es que nunca me hace perder el hilo de este. La imbricación de música, ya no solo con las imágenes, sino con la historia en sí, está muy lograda.
Tal vez cueste creer que Mogwai, esos Mogwai de I’m Jim Morrison, I’m Dead, esos de Mogwai Fear Satan, esos bestias que son especialistas en construir melodías bellas y emocionantes para luego destrozarlas (en el buen sentido de la palabra) a base de distorsión y raudales de imaginación, sean a su vez los creadores de la delicadísima pieza que es la banda sonora de Les Revenants. Y el caso es que tras un par de escuchas, quien sea mínimamente asiduo de la discografía de los de Glasgow empiezan a reconocer estructuras y recursos… es cierto, no pueden ser otros. Es Mogwai. Es más, es puro Mogwai. Pero con las melodías completamente desnudas, todos los pedales apagados y los amplificadores en tono de música ambiental. Son ellos, pero sin la distorsión y la potencia que siempre les acompaña.
¿Es esto malo? Temo que para muchos amantes del post-rock este disco de Mogwai pueda ser hasta anatema. El caso es que a mi me parece que 15 años de historia a sus espaldas, a los de Glasgow no les queda demasiado por demostrar en su género. Mogwai están en la cúspide del post-rock, ni siquiera les ha hecho falta bajarse de ella para componer esto: son uno de los grupos más poderosos del género en la actualidad y está clarísimo que solo tienen que encender los amplificadores para cerrar bocas. De modo que en este contexto me parece no solo respetable, sino sano, que exploren otras formas de desarrollar su propio sonido.
Lo cierto es que la banda sonora de Les Revenants no es solo una genial banda sonora, sino que también funciona perfectamente como disco de música instrumental. En mi opinión tiene dos temas muy destacados: Special N, con sus delicados punteos, y Portugal, que al vez sea el corte que mejor capta el misterio que se desprende de toda la serie, sin olvidar la tierna cancioncita que es What Are They Doing In Heaven Today?, la única con voz de todo el disco, que incorpora además un piano que incorpora dramatismo, pero sin caer en la sensiblería. Es todo muy inteligente en esta banda sonora porque, a pesar de que la serie está plagada de momentos que pueden invitar a eso, al pasteleo, la música es capaz de llevarlos por las sendas de la tensión y la inquietud, de la sospecha constante y el desconcierto. La distorsión no obstante, hace acto de presencia en algunos momentos, como Wizard Motor o la propia Portugal, aunque siempre con el volumen muy controlado, la percusión atemperada… como las emociones que agarramos para que no salgan disparadas.
Estamos, en cualquier caso, ante un disco indispensable para cualquier persona interesada en la trayectoria y la discografía de Mogwai y, por supuesto, para los aficionados a las bandas sonoras y la música instrumental, que encontrarán un trabajo rico en detalles, cuidado y emocionante y muy sencillo de escuchar. Muy recomendable para quien tema los estallidos eléctricos de Mogwai, pero quiera probar a iniciarse en su sonido.
MONO es un cuarteto de post-rock fundado en Tokio hace casi 15 años que lleva una buena parte de éstos en las listas de las bandas mejor consideradas de su género. Un día después de hacerlo en Barcelona, anoche trajeron su cálida manta de rock instrumental a Madrid y, el próximo día 25, la llevarán a Bilbao (previo paso por Oporto, Portugal). Puede pasarse uno horas (yo misma me he pasado parte de la noche) tratando de buscar palabras para describir el recital de hora y media que ofrecieron anoche en la Joy Eslava. La conclusión es sencilla: no las hay. Anoche estos cuatro nipones dejaron a una bien poblada Joy (recordemos que estamos hablando de una de las salas más céntricas de la capital y de un género de por si no demasiado multitudinario) hicieron que a todos los que estábamos en ella se nos fuera desencajando más y más la mandíbula a cada minuto que pasaba.
La noche empezó, eso sí, con Dirk Serries Microphonics, un hipnótico guitarrista que hizo las veces de telonero a la perfección, tejiendo un delicadísimo tapiz de etéreos sonidos, sin necesidad de estridencias ni espasmódicos estallidos de ruido. Solo él con su guitarra y sus pedales supo construir una atmósfera de tensa calidez, preludio perfecto de lo que vendría después. Mi enhorabuena a los organizadores del concierto por elegir tan sabiamente a un telonero no solo sobre la base de que “también hace rock instrumental”, como lamentablemente sucede a veces en este género; porque no solo eligieron a un buen artista, sino que consiguieron crear un “todo” con sentido entre telonero y teloneados.
Unos minutos antes de las 9 de la noche, los cuatro músicos japoneses subieron al escenario de la Joy, no para tocar, sino para afinar ellos mismos sus instrumentos, lenta y tranquilamente. En este momento, algunos miembros del público que se encontraban entre las primeras filas, les alcanzaron cuatro rosas rojas, una para cada uno, que los nipones agradecieron y dejaron sobre los amplificadores amplificadores durante todo el concierto. Poco después, con una puntualidad pasmosa, los cuatro volvieron a salir al escenario, esta vez sí, para arrancar Legend, el primer y épico tema de For My Parents (2012), el disco que presentan en esta gira (y que en este blog nos hemos olvidado vergonzosamente de reseñar).
En el momento en el que sonó el primer acorde, en el que la Joy atronó como no la había visto nunca, la redonda nitidez del sonido que se escapaba de esos cuatro instrumentos me puso los pelos de punta: no pude evitar susurrar un “su puta madre” nada más comprender lo que estos bestias iban a hacer. Y es que desde el primer instante la concentración de la banda fue claramente excepcional y el dramático arranque de Legend hacía preguntarse cómo iba a ser el resto, si la cosa tenía que empezar así. Miraba a los lados y toda la gente que me miraba estaba igual: con la boca ligeramente abierta, los ojos como platos y una expresión mezcla de felicidad e incredulidad en la cara.
El concierto cubrió básicamente los dos últimos trabajos de estudio de la banda nipona: el ya mencionado For My Parents y el celebradísimo Hymn To The Inmortal Wind (2009), con una solidez, precisión y calidad instrumental que quitaban el hipo; aunque sin concesiones al público, pues no se permitieron ni un triste micrófono a través del cual interpelar o agradecer los aplausos que se les dedicaba, cada vez más largos y sentidos. En realidad no pronunciaron ni una sola palabra, ni siquiera entre ellos, en la hora y media que estuvieron sobre el escenario: solamente música, a un ritmo pausado pero con el tempo ligeramente acelerado con respecto a sus versiones de estudio, que a veces fluyen tan lentas como el aceite (de hecho este es uno de los motivos por los que sus álbumes nunca habían acabado de convencerme) pero que en la Joy eran mucho más dinámicas y fluidas.
Así que ese “solo música” fue avanzando, atronando todos los rincones de la Joy pero sin saturar ni afearse ni por un segundo (qué bien suenan los conciertos cuando el grupo se preocupa en emplear el tiempo que sea necesario en las pruebas de sonido) a pesar de la apabullante carga de sonido que le estaban metiendo. Los temas del Hymn… hacían que el público se viniera cada vez más arriba. Con Pure As Snow la emoción empezó a rebosar los límites de la sala, Taka empezó a tirarse por el suelo para aporrear su guitarra cada vez de forma más espasmódica y primaria. El resto de la banda no movía un músculo de la cara: a veces parecían verdaderas estatuas de sal de las que emergía un maremágnum de sonidos afilados y perfectos.
Hora y media después, como si nada hubiera pasado, tras poner a la sala a aplaudir como posesos tras la absoluta locura que fue el final de Ashes In The Snow y de cerrar con la bellísima ascensión de Everlasting Light, los cuatro orientales dejaron sus instrumentos, recogieron las rosas que les habían regalado, hicieron leves gestos de agradecimiento y abandonaron el escenario, dejando a la audiencia prácticamente huérfana, esperando unos bises que todos sabíamos que no iban a llegar. La cosa quedó en 90 perfectos minutos en los que todo salió a pedir de boca y que quedarán en el recuerdo, sin duda, como uno de los mejores conciertos del 2013, más allá del género del post-rock. A continuación os dejamos el setlist que MONO interpretaron anoche en la Joy Eslava, también convertido en lista de Spotify, para quien quiera volver a disfrutarlo.
Seguimos afinando nuestro repaso al año. Y, a medida que avanzamos, la cosa se complica. Si quedarse solo con cinco discos por cabeza es difícil, elegir cinco canciones para representar el 2012 se antoja casi imposible. No es que haya ha sido un año excepcional. En realidad no ha sido ni bueno ni malo, parece más bien un año habitual. Pero siempre hay cosas, y siempre hay más de cinco. Vamos a ver qué melodías creemos que han marcado el año que termina. Y que no quepa duda: para quienes hacemos bSides, Anathema son los ganadores del 2012, por goleada. Esperamos poder verlos (¡más!) muy pronto.
Como siempre, os dejamos las listas en formato Youtube y en Spotify.
The Lost Dreamer
No es lo mismo la lista de mejores discos que la de mejores canciones: no es que haya tratado de elegir grupos diferentes en una y otra a propósito sino que, más bien, una canción brillante no construye a un solo disco, pero un disco que no dice gran cosa puede contener uno o dos temazos inapelables. Mi lista de las mejores canciones dista, por esto, bastante de la de los mejores discos. Aunque de nuevo ha habido que quedarse con nueve, en mi cuenta personal de Spotify hay una lista más larga de resumen del año, por si alguien gusta.
1. Young and Cold (de Observator, por The Raveonettes): Trato de distinguir canciones de discos, pero en el caso del de los Raveonettes, como ya he comentado varias veces, el primer tema me atraviesa. No sé cuántas veces he podido ponerlo estos meses, casi ha sido un himno melancólico… un retrato de un otoño que no me ha ido especialmente bien. Es una canción sencilla, que adolece de mucha de la traca ruidosa del dúo danés, con un poso acústico pero con las voces Sune y Sharin haciendo el contrapunto perfecto. Lloriquean, duelen y nos traen la brisa de un día gris que ya amanece torcido por los nubarrones.
2. 999 (de Jag är inte rädd för mörkret, por Kent): El disco que el grupo indie sueco Kent nos regaló este año era bastante mediocre si lo comparamos con cualquier otro de su discografía, pero el single con el que lo presentaron si que era marca de la casa. En el registro feliz y luminoso de la banda, eso si, un tema de corte muy optimista, enérgico y que, aún siendo largo, se hace corto. La voz de Joakim no necesita en esta ocasión complicarse demasiado, no se trata de un tema exigente, pero sus resultados son efectivos: al menos cuando lo publicaron como adelanto del álbum, yo me creí que estaríamos ante otro de esos discazos de los Travis suecos. Así que, aunque el disco no esté a la altura, 999 es un temazo pero, aunque 999 sea un temazo, no es suficiente para que el disco sea reseñable.
3. Weirdo (de Come Of Age, por The Vaccines): El segundo disco de los londinenses The Vaccines está bastante bien, es muy homogéneo casi en su totalidad y tal vez ahí esté una de las debilidades que le encuentro: es imposible encontrar himnos como los que tenía su primer trabajo, aunque ello no quita que el conjunto del trabajo tenga un aspecto más maduro y reposado que aquél. Para mi Weirdo no llega a himno, pero si que tiene un nosequé que me vuelve bastante loca: debe ser ese sencillo solo de guitarra con el que arranca o la sencillez de los arreglos, con ese vibrante punteo destinado a decorar Justin Young. Tal vez este tema sea la demostración para mi de que The Vaccines son capaces de armar un buen tema poquito a poco, sin necesidad de soltar toda la artillería desde el primer acorde y por eso me guste tanto.
4. Fiction (de Coexist, por The XX): Ya me costó no meter el segundo y brillante álbum de The XX entre los mejores del año, pero no podía permitirme que esa joyia que es el tercer tema, Fiction, no apareciera en esta lista. Curiosamente es además, y con diferencia, la que más me gusta de las canciones que canta Oliver en solitario (soy muy fan de la voz tímida y aterciopelada de Romy). Fiction es The XX en estado puro: guitarra solitaria y precisa, atmósfera milimétricamente conseguida, romántica, evocadora y, finalmente, luminosa y esperanzadora. Corta, eso sí, deja al oyente deseando unos segundos más de inspiración, pero no importa: atrapa tanto que todavía tarda uno unos minutos en salir del hechizo.
5. Varúð (de Valtari, por Sigur Rós): Parece que a la hora de hacer listas de los mejores discos del año todos nos hemos olvidado del retorno de los islandeses Sigur Rós tras unos cuantos años de parón: es cierto, Valtari está muy por debajo del nivel de los grandes monolitos de estos tíos, pero tampoco me parece que merezca ser olvidado o ignorado: incluso en sus momentos menos brillantes, Sigur Ros son capaces de desmarcarse con alguna perla como la que nos ocupa. Lenta, sí, complicada, tal vez, pero es una canción que necesita tomarse un rato para evolucionar, para crecer y estallar desde el evocador paisaje marítimo con el que arranca hasta el estallido post-rockero con el que finaliza. El final es pura belleza y color, tal vez recuerdo de una época en la que todos los temas de Sigur Rós nos ponían los pelos de punta.
Lebonloup
Coincido con Sentencia en que esto es complicado y que el orden o los componentes, bien podrían ser distintos según el pie con el que me levante mañana. La mejor técnica para abordarlo está clara, pensarlo de inmediato y quedarse con las inolvidables, las que vienen de sopetón a la cabeza porque te han marcado el año. En lo que no coincido es en el truco que el muy tunante ha escogido para colar un sexto tema, no le falta razón en su argumento, pero si separados vienen por sus autores, separadas vienen mis dos primeras selecciones:
1. Untouchable Part 1 (de Weather Systems, por Anathema): Una historia de pérdida consentida y amor inmortal e imborrable. Una de esas letras extremadamente sentidas que tanto gustan a los de Liverpool, un tema trepidante en la mayor parte de sus seis minutos que te pone los pelos como escarpias, así, sin avisar, nada más abrirse el disco, para espabilarte si estabas despistado. Su inicial sonido desenchufado engaña, pronto emerge un muro enmarañado, repetitivo y épico para poner marco a un disparo que va directo al alma.
2. Untouchable Part 2 (de Weather Systems, por Anathema): En efecto, es el contrapunto, la continuación calmada e intimista del primer asalto, la reflexión y la duda, la pregunta interna acerca del error, la otra cara de una moneda que, sin embargo, llega a la misma conclusión, al mismo callejón sin salida contrario al sentimiento real. La aparición de Lee Douglas en el diálogo de voces masculina/femenina ahonda en la teatralidad del tema, haciendo que ya, directamente, se te salten las lágrimas. Ambas conforman el monumento más grande que ha pasado por mis orejas en muchísimo tiempo.
3. White Days (de Riot, de Golden Apes): En dura competencia con algún otro tema de este disco, hoy por hoy me quedo con White Days, una canción a medio tempo que culmina en un tramo final tejido a base de emocionantes solos de guitarra, de esos que parece que hablan, de esos que tanto me gustan, arropados por sintetizadores, prolongados por simulaciones de mandolinas, y que terminan lo que la perezosa pero envolvente voz de Peer Lebrecht ha comenzado. Para descubrirla a cada escucha.
4. Curse The Night (de Observator, de The Raveonettes): Una maravilla. Un desgarro. Es una canción sucia, cantada por Sharin Foo de forma que parece una niña venida del más allá. Simple y sencilla en instrumentación, con guitarras de sonido áspero y una frialdad que asusta, y sin embargo el primer día que la oí me vinieron a la cabeza los temas que Badalamenti compuso para Twin Peaks y que cantase Julee Cruise, con ese regusto a viejo, a cierta calidez en día de lluvia y cerrado de nubes. Para escuchar a solas y en el peor momento que puedas elegir.
5. I Know I Spoke Too Soon (de High Noon (ep), de The Lost Souls Club): El tema que más he quemado del grupo que más me ha alegrado descubrir este año. Una preciosa balada, otro tema de pegarse collejas a uno mismo, con el toque de country rock arenoso y empacado con el que nos han sorprendido estos ingleses y que pone fin a su primer e.p., una faena, porque lo que hace no es poner guinda alguna, sino dejarte con ganas de más, mucho más.
Sentencia
Si elaborar una lista con los mejores discos del año ya es de por sí complicado, cuando nos trasladamos al terreno de las canciones la tarea se torna extraordinariamente ardua. Nuevamente, resulta de todo punto absurdo tratar de ponerse objetivos con el tema, así que simplemente nos limitaremos a recopilar los cinco momentos sonoros más memorables que hemos vivido este año. He aquí esas cinco canciones que removieron suficientemente nuestro interior la primera vez que las escuchamos como para grabar a fuego ese momento en nuestra memoria hasta hoy.
1. Come And Get It (de The Electric Age, por Overkill): Resulta dificilísimo elegir un solo tema de este discazo, pero sin duda la canción del año debe salir de esta magistral colección de despiadados golpes a puño desnudo. El momento en que introduje por primera vez The Electric Age en mi reproductor se empezó a fijar en mi mente desde su mismo inicio a ritmo de timbales. Un poderosísimo riff, un Bobby Blitz Ellsworth totalmente desatado, sinuosos tránsitos melódicos jalonados por coros ominosos y un solo de guitarra estremecedor, todo ello en el marco de una sección rítmica apabullante, hacen de Come And Get It la elección perfecta para abrir esta obra maestra del thrash metal. Aunque solo sea por el mérito de romper tan brillantemente el hielo y por la responsabilidad que conlleva situar el listón en lo más alto desde el comienzo, nos quedamos con Come And Get It como la canción más memorable de 2012.
2. Untouchable Part 1 / Untouchable Part 2 (de Weather Systems, por Anathema): Por mucho que en el disco aparezcan por separado, se mehace imposible concebir una parte de esta canción sin la otra. Como perfecto y brillante contrapunto a la energía incontrolable de nuestra primera elección, Untouchable muestra otra manera muy diferente pero igualmente efectiva de emocionar desde la apertura, tocando cuerdas muy distintas de nuestro interior de un modo más pausado y sutil y elevándonos paulatinamente al éxtasis sensorial que siempre buscan y tan a menudo encuentran los hermanos Cavannagh.
3. The Few, The Proud, The Broken (de Phantom Antichrist, por Kreator): Dentro de la orgiástica espectacularidad que caracteriza a la última obra de la banda de Mille Petrozza, existe un momento que te hace interrumpir el ritmo, levantar la cabeza y paralizar todos los músculos para concentrarte en el vello erizado y la piel de gallina. The Few, The Proud, The Broken constituye una de esas cimas que rara vez se alcanzan en un álbum, desatando una épica majestuosa que te hará querer volver al disco una y otra vez para poder encontrarte de nuevo en ese mismo punto. Una de las mayores decepciones del año fue que no la tocaran en directo a su paso por Madrid.
4. Em Nome Do Medo (de Alpha Noir, por Moonspell):Cuando uno utiliza el término himno para referirse a una canción está hablando exactamente de esto. Hacía mucho tiempo que los portugueses no nos deleitaban con temas tan directos, sencillos, pero no por ello menos magistrales, como este Em Nome Do Medo, que inevitablemente recuerda a aquel Alma Mater lejano ya en el tiempo pero siempre presente en nuestros corazones. La letra íntegramente en portugués contribuye a la comparación, pero el idioma importa poco cuando uno se expresa tan nítida y contundentemente en términos musicales. Sobran las palabras.
5. Rise Up (de Dark Roots Of Earth, por Testament): Después del genial The Formation Of Damnation, muchas eran las expectativas puestas en el álbum que habría de consolidar el regreso de Alex Skolnik a la banda de Chuck Billy y Eric Peterson. Pues bien, toda expectativa queda sobradamente satisfecha desde el mismo inicio gracias a Rise Up, un auténtico himno que mezcla crítica y ánimo revolucionario retomando los argumentos clásicos del thrash metal y contextualizándolos en una irresistible incitación al alzamiento de una voz común. Deseando estamos de corearla en directo. ¿Quizás el año próximo?
¿Qué puede ser más duro que elegir cinco discos de un año para unos locos de la música? Pues quedarse con cinco conciertos, solamente cinco, cuando todo lo que de nuestro sueldo no va al alquiler y la comida suele destinarse a la música en directo. Es complicadísimo elegir, pero en parte ahí está el mérito: no queremos hacer listas tan largas que se conviertan en simples enumeraciones de todo lo que hemos visto y oído a lo largo del año. Los que elijamos serán los más brillantes de muchos, muchos momentos geniales de 2012. Empezamos.
The Lost Dreamer
Lo confieso, no voy a poder evitar hacer trampa. Llevo semanas echando cuentas y por mucho que lo intente me salen 7, no 5. Y son imprescindibles. El problema es que hay una explicación: estuve unos meses viviendo en el Reino Unido y pude cazar el inicio de la temporada festivalera británica. Y claro, se pueden ustedes imaginar. Ya solo con uno de los festivales en que me metí, lleno la lista. Además, tampoco me parece del todo justo llenar la lista de conciertos que no se han producido en España. Así que a ver cómo salvamos los muebles en un año en el que he visto a Placebo tres veces, por fin he cazado a Bruce Springsteen (aunque no en su mítico concierto de Madrid), me he metido en cuatro festivales en Inglaterra y otros tantos en España, me he ahogado bajo la lluvia madrileña viendo a Primal Scream, he aborrecido a Bob Dylan, he bailado viendo a Lauryn Hill, fotografiado a Suede y coreado el Walk Away de Franz Ferdinand en medio de un parque londinense.
1. Isle Of Wight Festival, Inglaterra (te lo contamos aquí, aquí y aquí): Aquí va mi trampa. Pero es que no me cabe duda: mi evento musical del año fue el Festival de la Isla de Wight, al sur de Inglaterra y que es uno de los más grandes del país. Un infierno de lluvia y barro en el que viví dos de los mejores conciertos de mi vida: el de Tom Petty and the Heartbreakers y el de Pearl Jam, dos formaciones que si bien me eran concidas, no me esperaba ni de lejos tan grandes ni emocionantes. El primero por su insultante virtuosismo, su serena alegría, su capacidad para medir los tiempos de su actuación… su, en fin, alma y maneras de gigante, clase indiscutible en el directo y complicidad con toda su banda. Los segundos… ¿qué decir de Pearl Jam? Si estuve horas de pie bajo la lluvia esperando a que Eddie Vedder saltara al escenario rodeada de unos fans irlandeses e italianos de la banda estadounidense y que, nada más empezar, me di cuenta de que aquel iba a ser uno de los conciertos de mi vida. Que no paró de llover en las dos horas de concierto, que el dolor de piernas y el cansancio eran insoportables y, aún así, daba igual, porque la detallista emoción dibujada por la banda hizo que se me saltaran las lágrimas en varios momentos de la actuación. Pero el festival no fue solo eso: el portentoso directo de Elbow, que descubrí como uno de los más brillantes de Inglaterra, o ver a una formación de leyenda como Madness darlo todo fueron una experiencia memorable que planteo repetir. A pesar del barro.
2. Arctic Monkeys, Palacio de los Deportes, Madrid (te lo contamos aquí): Por una vez estoy de acuerdo con la redacción de Habla Tu Música: para mi el concierto del año en Madrid ocurrió nada más empezar el año. El huracán que desplegaron los Arctic Monkeys en el Palacio de los Deportes me volvió loca, me hizo bailar y cantar y todavía me hace feliz cada vez que pongo cualquiera de los discos de los Monos y recuerdo el abrumador directo con el que nos invadieron. Imbatibles, divertidos, imparables y, sobre todo, con un virtuosismo y una calidad de sonido que quitaron el hipo.
3. God Is An Astronaut, Sala Arena, Madrid (te lo contamos aquí): En este caso tampoco hay dudas, puesto que la formación de rock instrumental irlandesa aterrizó en Madrid con unas dosis de belleza y potencia a partes iguales que superaron todas mis expectativas. God Is An Astronaut se comportaron como verdaderos dioses sobre el escenario, con una compenetración perfecta y una calidez y conexión con un público al que se le caía la baba que ya es de por si difícil de ver en bandas de rock convencionales. Una locura, una belleza que me puso los pelos como escarpias desde la primera nota hasta la última. Viva el post-rock.
4. Bon Iver, Palacio Vistalegre, Madrid (te lo contamos aquí): Tenía muchísimas esperanzas depositadas en el directo de Justin Vernon y su banda… y no me decepcionaron. A pesar de que el recinto auguraba lo peor, todo fue sobre la seda: el único “pero” de la actuación fue la impresión de cierta falta de espontaneidad pero me parece francamente anecdótico. Me pareció muy hermosa la reinvención para el directo en grandes recintos del estilo musical de Bon Iver, reconvertido en un rock que, sin dejar las texturas íntimas, suena mucho más sólido y contundente. El dios etéreo del frío estadounidense se hizo real ante nosotros, y mereció muchísimo la pena esperarle.
5.- Regina Spektor, Teatro Circo Price, Madrid (te lo contamos aquí): Una mujer a la que seguía hace años y a la que nunca había tenido ocasión de ver. En una palabra: conciertazo. Los pelos de punta desde que empezó a entonar Ain’t No Cover a capella hasta que dio la última nota en su piano: Regina Spektor es un portento de dulzura, experiencia sobre las tablas, de voz y de carisma. Lo tiene todo, porque encima en vivo es todavía mucho más guapa de lo que parece ya de por si. Su concierto fue una delicia a pesar de que su último disco no haya sido el mejor de su carrera, y quedará grabado en mi memoria durante muchos años.
Lebonloup
Un festival y un buen puñado de conciertos. Un bagaje del que elegir que no ha estado mal, aunque comparado con los periplos de los compañeros es casi una broma. Me he perdido unos cuantos, pero de los que hay estos son los mejores, escogidos de entre una mixtura de calidad, repertorio, sonido y por supuesto, ánimo propio.
1. Anathema, Joy Eslava, Madrid (te lo contamos aquí): Enormes ganas de verles tras ocho años, enormes ganas de paladear su nuevo disco en directo, autosugestión total, y pese a que me tocó un rincón infame del local, el concierto cubrió de sobra mis expectativas. Dos horas de recital desgranando un repertorio sensacional, algo volcado en los últimos tiempos, ofrecido con entrega de los músicos y complicidad del público. El único pero, el perderme la actuación acústica que ofrecieron posteriormente. Una de esas citas que no se olvidan y que te dejan marcando los días para volverlo a vivir.
2. The Cure, BBKLive, Bilbao (te lo contamos aquí):Son mi banda tótem y con eso lo digo todo, y sin embargo mi poca parcialidad inicial queda justificada de algún modo ante el espectáculo reconocido por no militantes que supone ver a esta leyenda viva en directo. La entrega de Robert Smith, al que desde hace años se le ve feliz como nunca encima de un escenario, certificando sus palabras acerca de que es el único motivo que le mantiene en la música, las tres horas de concierto, y el detallazo del ya conocido mini-acústico que se marcó tras el gran retraso por problemas técnicos, son garantía de conciertazo, si encima son tus favoritos, pues poco queda que añadir, salvo que con un repertorio ligeramente distinto hubiesen estado en mi Top 1.
3. Chameleons Vox, Sala Arena, Madrid (te lo contamos aquí):Otro nombre, media formación original. Los más puristas reniegan que este combo sea representativo de los Chameleons. Cierto que faltan genios a las guitarras, pero lo que queda con Mark Burgess al frente, y los reclutas nuevos, dieron la talla en repertorio, en ejecución y en una entrega propia de unos chavales que hace tiempo que no son. Muy emocionante, una especie de túnel del tiempo para todos aquellos que nunca pudimos ver a los originales, aquellos que se ganaron un culto minoritario y férreo en los ochenta.
4. Garbage, BBKLive, Bilbao (te lo contamos aquí):Estaba allí por curiosidad. Era uno de los grandes nombres del cartel y nada que me sugiriese más en otro escenario. Les tengo estima pero me costaría seleccionar más de cinco temas suyos que llevarme al fin del mundo (y mira que necesitaría un arcón). De modo que quizá por no esperar demasiado me vi sorprendido, no ya por la virtuosidad de los músicos, que ya figura en su caché, la que me dejó impactado fue la Manson, estupendo chorro de voz, sensacional actitud y complicidad con la audiencia, y encima sin perder un tono entre tanto movimiento. Un gran concierto.
5. The Diesel Dogs, Sala El Sol, Madrid (te lo contamos aquí):Un concierto pequeñito, de esos en los que te juntas con los amigos y amigos de amigos y llenas la sala, y como pasa muchas veces gran sorpresa y muchas preguntas al salir. Estos “veteranos” se marcaron un recital rockero con ruido, sudor y escupitajos, como debe ser. Luego en frío es cuando viene el cabreo al ver que las grandes plazas las llenan una y otra vez los mismos acomodados del panorama nacional y que poquitos son los que se atreven a dar protagonismo a nombres menos caídos en gracia, y ya da igual que estés dando tus primeros pasos, los hay que ya tienen pelos en la entrepierna. Al final, lo alternativo también se acomoda y torna conservador, como todo. ¡Viva el rock!
Sentencia
No nos podemos quejar, 2012 nos ha traído muchos y muy buenos conciertos, pero entre ellos ha habido algunos realmente memorables. En este caso la elección es sencilla, pues cinco de las actuaciones que hemos presenciado han estado claramente un nivel por encima del resto tanto en calidad como en intensidad. Las recordamos ahora, pero estamos seguros de que volveremos a hacerlo en numerosas ocasiones en el futuro.
1.- Metallica, Sonisphere Getafe (te lo contamos aquí):La anunciadísima gira de celebración del vigésimo aniversario del mítico Black Album tardó algo más de la cuenta en pasar por nuestro país, pero sin duda la espera mereció la pena. Cuando James Hetfield, Lars Ulrich, Kirk Hammett y Robert Trujillo se suben a un escenario, todo lo demás pasa a un segundo plano, y suelen deleitarnos con actuaciones intensas, precisas y efectivas a partes iguales. Pero es que en esta ocasión había algo más. Conscientes de lo que estaban celebrando, los cuatro miembros del grupo comparecieron en Madrid el pasado mes de Mayo más unidos que de costumbre, con un Hetfield rejuvenecido que disfrutaba y hacía disfrutar como nunca y una colección de canciones que ya forma parte de la historia de la música. Los que estuvimos allí fuimos plenamente conscientes de estar viviendo algo histórico y Metallica estuvo como siempre a la altura de las circunstancias.
2.- Sebastian Bach, Sala Caracol (te lo contamos aquí): En un año en el que recibimos la visita de los Cuatro Jinetes resulta harto complicado que cualquier otra actuación les supere, pero en este 2012 la aparición inesperada de un viejo héroe olvidado ha estado todo lo cerca que se puede estar de lograrlo. Sebastian Bach, antiguo vocalista de Skid Row, convirtió lo que en principio iba a ser un concierto más de presentación de otro intrascendente disco en solitario de una vieja gloria en una desenfrenada y legendaria orgía de ROCK con mayúsculas. Algo fuera de lo común sucedió aquella noche de Junio en la que Bach contagió su locura a un puñado de nostálgicos que de repente se vieron poseidos de nuevo por el espíritu de la auténtica “youth gone wild”. Nosotros estuvimos allí y nos sentimos tremendamente afortunados por ello.
3.- Arch Enemy, La Riviera (te lo contamos aquí):También tardaron algo más de la cuenta los suecos Arch Enemy en traer el desfile de sus Legiones del Caos hasta Madrid, pero cuando por fin llegaron el pasado mes de Octubre lo hicieron pisando con fuerza descomunal. Con la máquina perfectamente rodada y engrasada, la banda de Michael Amott lució en todo su esplendor, liderada por una apabullante Angela Gossow que lo dio todo sobre el escenario y supo sacar lo mejor de un público plenamente entregado a la causa. La exhibición de guitarras que se marcaron Amott, Cordle y D’Angelo y la ejecución magistral de “The Day You Died”, entre otras, serán recordadas por mucho tiempo.
4.- Hamlet, Joy Eslava (te lo contamos aquí):Otros que cada vez que sacan disco o se suben a las tablas opositan directamente a los primeros puestos de los mejores del año son los madrileños Hamlet. El concierto que impartieron el pasado mes de Marzo en la Joy, aparte de en DVD, quedó para siempre grabado en la memoria de cuantos tuvimos la oportunidad de asistir gracias a la enconada entrega de estos maestros de la escena nacional. Con un sonido extremadamente cuidado y pulido presentaron temas de su potentísimo último álbum, “Amnesia”, a la vez que repasaron algunos de sus clásicos imperecederos, sin olvidar incluir sorpresas. Molly volvió a dejar huella en nuestras retinas con sus movimientos incansables y la banda destiló lo mejor de sí en una noche que no hizo sino afianzar nuestro sentimiento de privilegio y orgullo por tenerlos como vecinos. Contamos ya los días para la próxima cita, anunciada para Abril de 2013.
5.- Judas Priest, Palacio Vistalegre (te lo contamos aquí): Quienes tuvimos la desgracia de perdernos la gira de despedida de Judas Priest el pasado año recibimos con júbilo la noticia de que 2012 nos brindaría una nueva oportunidad de decir adiós a estos auténticos dioses del heavy metal. Lo que no esperábamos era que los talluditos genios británicos nos elevaran a semejante nivel de intensidad cuando se suponía que estaban a punto de retirarse. Rob Halford demostró que el tiempo no ha mermado su proverbial capacidad de alcanzar los agudos más inverosímiles, y la banda sacó todo el partido a un completísimo repertorio que repasó los mejores momentos de su carrera. Después de que mostraran un nivel tan superior al de la mayoría de grupos actuales, solo nos queda confiar en que se replanteen su jubilación.
Que sí, que ya lo sabemos, que es todo una inmensa, estúpida y magnífica broma que solo ha servido para dar algo de lo que hablar en internet durante el último mes. Pero oigan, ¿y lo divertido que es especular con la posibilidad de contemplar el fin del mundo tal y como lo conocemos, desde lejos, en un buen sofá, con una magnífica copa de vino y una chica masajeándonos el cuello? Pues esa es un poco la idea de la lista que os proponemos hoy: las mejores canciones que se nos ocurren sobre el fin de los tiempos, la aniquilación de la especie y la destrucción del mundo. Ahí es nada. Pero tienen que ser temas poderosos, contundentes, duros, indiscutibles… que nos hagan sentir colosos frente a la destrucción que contemplemos desde nuestro sofá. La idea de la lista es sentirnos un poco amos de la creación y de la destrucción. Y por eso empieza así.
Sí, amigos, sí: hacia el fin del mundo no podían dirigirnos otros que no fueran Nine Inch Nails. Obviando el hecho de que The Day The World Went Away formó parte de la banda sonora del aborto cinematográfico que fue la tercera película de Terminator, estamos ante un tema de proporciones colosales, que abraza y envuelve a quien lo escucha, confiriendo una sensación de seguridad y poder a pesar de la destrucción que pueda rodearle muy difícil de igualar. Seguimos con otra canción de película, también mala, desgraciadamente: esta dolorosa versión de When The World Ends de The Dave Matthews Band contiene algunos de los versos que más me torturaron en la adolescencia.
When the world ends
We’ll be sweet makin’ love
And the world’s done
Ours just begun
Pocas letras me parecen más bellas a pesar de la destrucción que describen. Además, ojo a que estamos hablando específicamente de la versión del tema que se viene llamando “Oakenfold Remix”, que es el que se incluía en Matrix: Reloaded. Y seguimos con un poco de post-rock español, con una apocalíptica visión del día siguiente al fin del mundo de la mano de Syberia para adentrarnos en el terreno de dos clásicos de la oscuridad y las visiones apocalípticas, a pesar de lo diferentes que son entre si Marilyn Manson y The Cure. No obstante, conocidos nuestros gustos musicales, no sólo aparecen en nuestra lista, sino que lo hacen por partida doble: es lo que tienen las almas torturadas, que producen mucho material susceptible de acabar en este tipo de listas temáticas.
Y es que no hemos intentado ordenar las canciones por relevancia, sino que pretendemos que la lista tenga cierto sentido, cierta consistencia a la hora de escucharla, como una historia con un ambiente determinado. Y es solo por eso que dos canciones gigantes y bien conocidas están hacia el final, con los temas menos oscuros: la imprescindible Untill The End Of The World del momento más brillante de U2 (o sea, el Achtung Baby) y el archirequeteconocido It’s The End Of The World As We Know It (And I Feel Fine) de R.E.M. Si a esto le sumamos un emocionante tema acústico de Chris Cornell, ya se puede decir perfectamente que el fin del mundo nos va a pillar bailando. Aunque bueno, se nos ocurren formas mejores de pasar nuestras últimas horas sobre la Tierra Solo os falta elegir en qué formato deseáis disfrutar de nuestra lista, Spotify o Youtube, y dejar que la música y el fin del mundo hagan el resto.
Nuestra subjetividad nos precede. Somos un blog pequeño, lo sacamos adelante pocas personas y, para colmo, tenemos gustos muy diversos. No se crean que no pensábamos hacer un repaso del año: llevamos semanas dándole vueltas a este asunto, en realidad. Nos tememos que nuestras listas de las mejores cosas de este año van a ser muy raras: ya hemos ojeado muchas de otros medios y aunque queremos compartir lo que más nos ha gustado del 2012, tampoco queremos resultar aburridos. Por eso hemos decidido elegir 5 cosas por cabeza (de todo un año, elegir 5 discos, canciones y conciertos no es nada sencillo, no se crean). Afortunadamente, cada uno de los autores se separa fácilmente por géneros: los elementos elegidos por Sentencia tendrán más que ver con el rock más duro y metalero; los de Lebonloup coquetearán con los ritmos darkwave y otras delicatessen del indie; y los de The Lost Dreamer tratarán de combinar el indie europeo, algo de rock clásico y evitarán olvidarse del post-rock. Así que como los autores definen géneros vamos, sin más dilación, a los mejores discos internacionales del año que nos va abandonando que, por supuesto, os dejamos también en formato de lista de Spotify (también está al final del post):
The Lost Dreamer
Se hade difícil elegir. Sólo 5 de 12 meses. Un año que no ha sido ni brillante ni soso, ha sido normal. Pero es muy difícil. Y claro que se te quedan cosas fuera, ¿cómo no? Pero ahí está la gracia de la lista: la elección es lo que nos define. Creo que dice bastante de mi que, a pesar de mi admiración hacia Patti Smith, esté el segundo disco de PS I Love You en mi lista en lugar de su Banga; o que, a pesar de su popularidad, me deje fuera a Hot Chip, The XX o a los Crystal Castles, habiendo sacado ambos discos que me han gustado bastante. Pero una cosa es gustar y otra emocionar. Y aquí dejo los que realmente me han llegado, de un modo u otro, en este 2012.
1. The Raveonettes, Observator (lo reseñamos aquí): Para mi, no podía ser otro: desde que escuché por primera vez esos primeros acordes desgarrados de Young and Cold supe que estaba ante el mejor disco de la que ya es, de por sí, una de mis bandas favoritas del panorama actual. Lo dije cuando se publicó en septiembre y me reitero tras reposarlo lenta y calmadamente: Observator se me ha clavado como un cuchillo en el pecho, ha llegado en un momento de mi vida de patético desasosiego y ha tocado exactamente la cuerdas que había que tocar para desmontarme. Me quito el sombrero y lo que haga falta ante The Raveonettes y ardo en deseos de verlos, por fin, en febrero.
2. Norah Jones, Little Broken Hearts (lo reseñamos aquí): Tengo la impresión de que muchos han achacado la reinvención de Norah Jones al productor Danger Mouse. No estoy de acuerdo con ninguna de las dos cosas: me parece que Norah ha madurado, que Little Broken Hearts era un paso natural en su carrera que tenía que dar antes o después. Cierto, el empujoncito en una época en el que el material que andaba publicando había perdido bastante frescura, lo necesitaba. Pero el brillo es todo suyo.
3. PS I Love You, Death Dreams (lo reseñamos aquí): Sí, cierto, no es tan bueno como su primer disco. Pero es que aquél era demasiado brutal como para aspirar a que sacaran algo igual. Mucho me temo que el segundo trabajo de esta parejita Canadiense ha quedado muy olvidado y me da pena que se queden olvidados de las listas. Además, ¿qué coño? El disco es frenético, vibrante y divertido. Tiene ese demencial nosequé que tienen estos dos que entre todo el ruido te pone carita alegre, y ya solo por eso merecen estar aquí.
4. Saint Etienne, Words and Music by Saint Etienne (lo reseñamos aquí): La primera vez que lo oí yo estaba viviendo en Oxford y era una de las pocas mañanas soleadas que me brindaba la ciudad. Nunca olvidaré cuando lo puse por primera vez, no sé por qué, pero se volvió especial para mi. Lo recorro ya casi con los ojos cerrados, porque me hace bailar y sonreír a partes iguales. Lástima que la ilusión durara tan poco y el directo (además en casa) del trío londinense más incónico del electropop rompiera el hechizo.
5. Caspian, Waking Season (lo reseñamos aquí): Tiene que haberlo, siempre necesito dejar un hueco para el post-rock. Y no para cualquier post-rock, sino para los señores Caspian, que se han desmarcado este año con un disco lleno de matices y de belleza. El influjo de Sigur Rós se dejó notar en esta ocasión y los detalles preciosistas de Waking Season acaban de cautivar al más profano en el género del rock instrumental. Una deliciosa maravilla el regalo que nos han hecho este 2012.
Lebonloup
1. Anathema, Weather Systems (lo reseñamos aquí): Pocos pueden presumir de una carrera larga y evolutivamente tan equilibrada que casi a cada paso se mejoran a sí mismos. El capítulo reservado para 2012 es un lujo en el que mezclan con maestría todas las vertientes que han tocado, en mayor o menor medida, como base principal o como recurso de aderezo: rock progresivo, metal, electrónica, rock gótico, indie… Arranque memorable que costará igualar en algún momento. Una catedral de sonido y sensaciones.
2.Golden Apes, Riot (lo reseñamos aquí): Quizá lo eleve demasiado por tenerlo tan fresco y que su impacto aún me dure, pero estos germanos de dilatada carrera me han caído del cielo para demostrar que, como ocurrió en otro tiempo, la furia after punk, el rock gótico, el espíritu indie y la electrónica ambiental son capaces de maridar y brillar con luz propia. Riot levanta muros de ruido en los que la escucha atenta en busca del matiz es una auténtica aventura. Imprescindible.
3. Red Sun Revival, Running From The Dawn (lo reseñamos aquí): El debut de este cuarteto inglés supone un retorno a los postulados básicos del rock gótico de amplio espectro enriquecidos por el paso del tiempo y liberados de clichés. Otro goce sensorial, una producción exquisita, una voz emergida de la caverna que no hace prisioneros, una imagen cuidada, un viaje doloroso y a la vez cálido. Algún día lo entenderé. Cuando consiga asimilar esta obra maestra de género.
4.The Raveonettes, Observator (lo reseñamos aquí): Y decían que iba a ser un disco luminoso. Y decían que se iban al sol de California para recuperarse de la oscuridad de su anterior trabajo. Y una leche. Estos dos daneses se han descolgado con el disco más frío e hiriente de su carrera. Hay muchas formas de explorar sonoramente los rincones oscuros del alma, pero Observator es el encargado de haber puesto en 2012 la cuchillada cruda y tajante. Seco y sin concesiones.
5. Dead Can Dance, Anastasis (lo reseñamos aquí): Ya quisieran muchos tener un retorno, además de tan esperado, tan brillante. El venerado y heterodoxo dúo nos ha regalado un disco maduro, complejo, filosófico, a veces metafísico, exótico, poético, relajado, cálido. Un auténtico goce para el oído y el espíritu de quien sepa acceder a él. Si alguien aún busca los motivos de que gente tan diversa, después de tanto tiempo, rinda pleitesía rayana en el culto a Dead Can Dance, aquí tiene la respuesta.
Sentencia
1. Overkill, The Electric Age: Cuando este disco salió al mercado, nosotros ni siquiera existíamos. Menos mal, porque de lo contrario quien nos hubiera leido hubiera pensado que exagerábamos. El despliegue de energía que D.D. Verni, Bobby “Blitz” Ellsworth y compañía se marcan en su última entrega es para quitarse el sombrero… una vez más. A base de insistencia, fieles a una cita que ellos mismos se preocupan desde hace tiempo por repetir cada par de años, estos pioneros del thrash metal siguen demostrando que nadie cuida mejor de la criatura que su propio padre. Nada de composiciones pretenciosas, adornos superfluos o trucos de producción, simplemente cinco tíos destilando mala uva y repartiendo cera a diestro y siniestro, haciendo gala sin pretenderlo de una maestría que en ellos es tan natural como respirar. Simplemente Overkill.
2. Moonspell, Alpha Noir / Omega White (lo reseñamos aquí): Cuando ya parecían de vuelta de todo, los maestros portugueses del metal gótico se desmarcaron casi por sorpresa con este trabajo que congraciaba diferentes etapas de su carrera y se erigía en todo un homenaje a sí mismos a la vez que en delicia para todos sus fans. Rabia y melodía, luz y oscuridad, aliadas para dar lugar a un equilibrado doble álbum que constituye una exhibición al alcance de muy pocos.
3. Kreator, Phantom Antichrist (lo reseñamos aquí): Precisamente en un año en el que hemos andado a vueltas con profecías sobre el fin del mundo y chorradas similares, Mille Petrozza y sus chicos se han sacado de la manga su apocalipsis particular en forma de trallazo sonoro. Añadiendo un toque de sofisticación a la brutalidad que recuperaron hace una década, Kreator avanza un paso más en su envidiable trayectoria y entrega una auténtica obra maestra. Después de escucharla, lo que tenga que pasar sencillamente nos la trae al fresco.
4. Anathema, Weather Systems (lo reseñamos aquí): Para que veais que los heavies tenemos nuestro corazoncito, en esta lista también hay hueco para la magistral obra que los hermanos Cavannagh nos han brindado este año. Y no podía ser de otra manera: su categoría traspasa cualquier tipo de frontera y resulta igual de apreciable para cualquier aficionado a la música, más allá de toda preferencia de género.
5. Testament, Dark Roots Of Earth (lo reseñamos aquí): Vaya, parece que al autor de la lista le mola el thrash… Pues sí. Sin pretender resultar objetivo en absoluto, el gran momento que vive el género ha encontrado en 2012 un nuevo y brillante capítulo al que sin duda ha contribuido la banda de Chuck Billy y Eric Peterson, consolidando el regreso de Alex Skolnik. Difícil lo vamos a tener en 2013 para igualar este gran año.
Era un concierto complicado el que se planteaba anoche en el Teatro Kapital de Madrid: la prestigiosa banda de post-rock experimental canadiense Godspeed You! Black Emperor (GY!BE de ahora en adelante) pisaba la capital para presentar Allelujah! Don’t Bend! Ascend! (2012), su primer álbum de estudio en 10 años. Su buena reputación en directo, el prestigio de sus composiciones y lo esperado del regreso convertían a este evento en imprescindible. Lo complicado de toda su discografía sembraba de dudas el camino hasta la puerta del teatro. Difícil decisión que resolví con un “Hay que ir. Va a ser duro pero también va a merecer la pena”. En este caso, mi predicción fue adecuada: las casi dos horas que GY!BE estuvieron sobre el escenario fueron de las más complicadas de seguir que he presenciado en mucho tiempo. Pero también, de las más enriquecedoras. Veamos.
No me gustaría empezar esta crónica sin mencionar a Dead Rat Orchestra, el trío (aunque ayer fueron dúo porque uno de sus miembros acababa de ser papá unas horas antes) británico que hizo de teloneros para los GY!BE. No los conocía y parece ser que esto ya es de por si un error: practicaron una variante de folk británico (no necesariamente celta, aunque con sabores puntuales de ello) convertido en rock instrumental íntimo, melancólico y bello. Un buen preludio a lo que sería el concierto de después: un grupo que no era idéntico a la banda que teloneaba pero que comparte con ellos algunos sonidos, si bien los de GY!BE están mucho más tamizados por el deje experimental de la banda. Me parecieron muy buenos teloneros, mejor grupo todavía y ahora mismo voy a proceder a estudiármelos un ratito.
Con puntualidad británica, a las 21:30, un distorsionado sintetizador, acompañado de una bajada en la intensidad de las luces, indicó el inicio de la actuación de los canadienses. El público se sumió en un silencio casi perfecto y muy respetuoso. La sala respondió de muerte: a pesar de lo pequeño y alto que es el Teatro Kapital, la labor de los técnicos de sonido fue para sacarse el sombrero desde el primer minuto de la actuación hasta el último. El comienzo fue especialmente duro: casi diez minutos con el solitario y monocromático tono del sintetizador mientras los ocho miembros del grupo iban saliendo uno a uno al escenario y preparando sus instrumentos. Cuando parecía que la tensión no podía soportarse más, comenzó la proyección (que duró hasta el final del concierto) de cuidadísimos audiovisuales sobre las cabezas del grupo. En este caso, el de Hope Drone, la proyección aumentaba la sensación de angustia, que sólo empezó a relajarse cuando el violín de Sophie Trudeau empezó a revolotear tímidamente, aunque faltarían otros diez minutos hasta que la entrada de los instrumentos acabara por conformar algo parecido a una melodía.
Así que paciencia, mucha paciencia porque los temas de GY!BE no surgen de la nada y, al igual que ellos, el concierto necesitaba una prolongada fase de calentamiento, una construcción lenta y dura del tema, poniendo los andamios y los ladrillos uno a uno para llegar siempre a algo que merece muchísimo la pena. Al final, después de escalar por una especie de vertedero de sonidos en los que trata uno de encontrar el destello de alguna melodía a la que agarrarse, sin darse cuenta, se encuentra uno subido a un tren en movimiento que le arrastra por los paisajes sonoros de una sociedad industrial semiabandonada. Sensaciones realmente extrañas, curiosas pero que merece la pena sentir a pesar de que llegue uno agotado a ellas.
La velada continuó con Mladic, uno de los temas del nuevo disco, que se hizo algo menos ardua y rocosa. Los audiovisuales también bajaron un poco el ritmo angustioso. GY!BE montaron una atmósfera extraña: no había complicidad con el público, no había lugar a emocionarlo por los caminos habituales ni hacerlo vibrar. Su música es demasiado experimental como para alcanzar a cualquiera de ese modo. Pero, aún así, el público estaba metido de lleno en la actuación, casi conteniendo la respiración con las largas y complicadas tensiones, mirando angustiado a Sophie, que era la que solía guiar a la banda hacia la salida de estos dolorosos laberintos sonoros. Pero todo el mundo tenía muy claro a lo que iba y el respeto fue absoluto durante las casi dos horas de actuación. La única mancha fue, en realidad, el agobiante calor que hacía en la sala. Este factor empieza a ser alarmantemente habitual en muchos conciertos a los que voy y me lleva a preguntarme si no tendrá como objetivo animar al público a consumir más bebidas.
Los primeros síntomas de animación por parte del público se manifestaron con las bellas palabras del arranque de Sleep, que fue uno de los temas más conocidos de los que se interpretaron anoche. En mi opinión, los mejores momentos llegaron con los apoteósicos últimos minutos de The Sad Mafioso, que supieron dulces y coloridos tras otro duro descenso a los infiernos de la sociedad industrial en la que vivimos. Pero me temo que mi paciencia es finita, o algo más pequeña que lo requerido para un grupo de esta envergadura: aunque yo habría elegido este punto para cerrar el concierto, fue East Hastings el tema que dio el prolongado cierre a la actuación. Este último se me hizo mucho más arduo, los toques de destornillador sobre las cuerdas de la guitarra se me empezaban a hacer repetitivos , aunque no se puede negar que las imágenes de manifestaciones antibelicistas en los Estados Unidos empezaron a unirse de manera hipnótica con los sonidos que, casi sin darse cuenta, volvían a adquirir sentido. La llegada a la meta fue dura, sí, pero la roja explosión final constituyó una recompensa a la altura.
En resumen, no fue ni de lejos un concierto para vibrar o divertirse. Más bien para reflexionar, disfrutar del exacerbado virtuosismo de estos ocho músicos que no dieron ni una sola nota fuera de lugar y aprender a disfrutar las ramas más experimentales y complicadas del gran árbol que es el rock instrumental. Esta noche GY!BE, con Dead Rat Orchestra, repiten en la Apolo de Barcelona. Vayan, pero con conocimiento de causa y armados de paciencia. Al final, tendrán premio.
Quien nos lea habitualmente tal vez recuerde que a principios del mes pasado nos hicimos eco del décimo aniversario de la publicación de tres discos, Turn On The Bright Lights de Interpol, el A Rush Of Blood To The Head de Coldplay y el debut homónimo de The Music que, como ya apuntamos entonces, podían considerarse como las primeras piedras de tres de los géneros que más fuerte pegarían en la pasada década. Aún sin ser los mejores discos de aquélla, si uno los escucha puede hacerse una idea más o menos clara de por dónde fueron los tiros musicalmente hablando en los 2000. Pero ya entonces comentamos que nos faltaba una pata (de tantas, obviamente) en esta mirada general. Emplazamos entonces al lector a la fecha de hoy, 28 de octubre de 2012. ¿Por qué? Hoy se cumplen 10 años de la publicación del () de Sigur Rós, una banda islandesa que había empezado a probar las mieles del éxito en 1999, cuando la crítica se puso en pie ante Ágætis byrjun y que con () lanzaba su segundo LP de estudio.
Cierto, tal vez si quisiéramos hablar de cómo Sigur Rós revolucionaron el sonido ambiental y sentaron las bases para una nueva forma de hacer post-rock en la pasada década, deberíamos hablar más de Ágætis byrjun que de (). Pero, por un lado, las fechas son las que son (si se fijan, reseñamos los aniversarios que coinciden con múltiplos de 5…) y por otro, la reivindicación de un disco que, si bien no tuvo una acogida tan calurosa como el anterior, es hermoso, está lleno de conceptos e ideas originales que merece la pena recordar y comentar y porque demostró que estos raros islandeses no eran flor de un día y que, efectivamente, habían venido al panorama mundial para quedarse, a pesar de lo minoritarias que pudieran parecer sus composiciones (cosa que a día de hoy no son en absoluto).
() es un disco del que se pueden decir muchas cosas, también más allá de lo musical. Lo primero que llama la atención es el título: dos paréntesis. De hecho, se le suele llamar The Bracket Album o Svigaplatan. ¿Por qué? ¿Qué quiere decir esto? La simplicidad de la idea encierra muchas cosas detrás: la primera de ellas es una que salta nada más escuchar el disco. Son ocho temas separados por un largo silencio de 36 segundos. Ambas tandas tienen caracteres radicalmente opuestos: la primera empieza a ahondar en los paisajes oníricos, casi bucólicos y etéreamente alegres que han proliferado en los siguientes trabajos de Sigur Rós; mientras que la segunda es dura y hasta peligrosa, tan profundamente deprimente que, en palabras del propio Jónsi, parece que “juega con los sentimientos de quien la escucha”. Obviamente, la separación de más de medio minuto de silencio es un homenaje a las dos caras de los discos de vinilo de antaño, y cada uno de los paréntesis del título representa que el álbum está compuesto por dos partes bien distintas y diferenciadas.
Pero la ausencia de título para el disco es también un reflejo del trabajo en si: en () ninguna de las canciones tiene título. Kjartan Sveinsson, teclista y guitarrista de la banda, dijo por aquél entonces que “No querían poner títulos a las canciones del disco solamente porque se suponga que las canciones de un disco deben tener título”. No sé a ustedes, pero a mi esta me parece el tipo de cosa que, parece una estupidez pero que, al mismo tiempo, hay que ser bastante creativo e inteligente para idearla, ejecutarla y hacer que funcione como hicieron ellos. Y es que todo en () es una invitación para que el oyente tome sus propias decisiones e interpretaciones acerca de las 8 canciones que lo componen. Tanto es así, que algunas de las ediciones del disco incorporaban un libreto con 20 páginas en blanco en la que se invitaba al oyente a plasmar en ellas lo que el disco le transmitiera.
Otro dato curioso sobre () es que fue el primer y único álbum en el que Sigur Rós grabaron todas sus canciones en Vonlesnka, el (famoso) idioma inventado por la banda y que ya había aparecido en algunos temas del primer disco (a este idioma se le llama Hopelandic en inglés). Pero, ¿qué es este idioma? Mucha gente dice que, en efecto, Sigur Rós cantan a veces en algo que no es ni islandés ni inglés, sino una especie de popurrí inventado. En realidad el Vonlesnka es un galimatías de sílabas sin sentido con el que Jónsi va rellenando las canciones a medida que se van componiendo, para rellenarlas de algún modo hasta que la letra esté escrita. En el caso de (), las letras no son más que permutaciones sobre la retaila “You xylo. You xylo no fi lo. You so”. El proceso compositivo de () fue largo (un par de años) y, al final, la banda no vio adecuado cambiar las letras o añadir letras reales a ninguna de las canciones. Obviamente, este es otro de los motivos por los que los temas no tienen título. En cualquier caso, con el paso de los años han trascendido los nombres con los que la banda se refiere a las canciones de este disco, así como sus significados:
untitled 1 – Vaka (El nombre de la hija de Orri)
untitled 2 – Fyrsta (La primera canción)
untitled 3 – Samskeyti (Adjunto)
untitled 4 – Njósnavélin (La máquina espía)
untitled 5 – Álafoss (El nombre del lugar en el que se encontraba el estudio en el que se grabó el disco)
untitled 6 – E-bow (Georg usa un e-bow para tocar la guitarra en esta canción)
untitled 7 – Dauðalagið (La canción muerta)
untitled 8 – Popplagið (La canción pop)
Musicalmente, () me parece el disco más post-rockero de Sigur Rós, sin que esté yo muy segura de que ésta sea la etiqueta adecuada ni para la banda ni para el disco. En la primera mitad (cara A, podríamos llamarla), creo que sientan las bases de lo que ha sido su sonido ambiental onírico y son una arreglística recargada y cuidada hasta la obsesión hasta la fecha; aunque se nota que es un estilo aún por acabar, puesto que ninguna de las cuatro canciones consigue alcanzar los niveles de ternura y popularidad de las composiciones de (el que para mi es su mejor disco) Takk… (2005). No me atrevería a decir, en ningún caso, que estas cuatro primeras canciones son alegres, como se las suele describir: supongo que mi apreciación es que no son tan oscuras y deprimentes como las que vienen después. Pero alegres no son, Sigur Rós tienen composiciones alegres y no son como estas.
La cara B es muy dura. Las canciones se dilatan, el arco empieza a arrastrarse por la guitarra en un lánguido grito de tristeza. Los arrebatos guitarreros y la voz apagada constituyen, para mi, los últimos momentos en los que Sigur Rós algo parecido al post-rock, aunque tampoco se parecen a nada que se haya hecho en ese género. Es una parte oscura y llena de tinieblas pero que para mi es la mejor: arranca con un tema ambiental al que cuesta verle el final, pero que desemboca en la pista sexta, que es una de las más intensas y cañeras de la banda. En general, aunque es sombría, es esta parte la que más me llama la atención.
Para terminar, una última curiosidad: fue en () donde Sigur Rós emplearon por primera vez la imagen de un niño sonámbulo que tan asociada está ya a ellos. Quien quiera saber más sobre este disco, puede pasarse por este link de la web oficial del grupo, que contiene mucha información, aunque está en inglés. Y poco más: escuchen () y descubran que las anécdotas empequeñecen ante la magnitud de las composiciones de esta banda, una de las más respetadas de la última década.
La noche se presentaba deliciosa para los amantes del post-rock madrileños. Tras unos días girando y llenando salas por el norte de España, el quinteto estadounidense Caspian llegaba a la capital con las mejores de las expectativas. Ya reseñamos hace unos díasWaking Season (2012), la bellísima joya de cuarto LP de estudio que vienen a presentar, y parecía difícil que la cosa saliera mal. Pero vayamos por orden: lo que hubo anoche en Ritmo y Compás no fue solamente un concierto de Caspian, sino que había dos grupos de post-rock más: Jardín De La Croix, que ya habían acompañado a los estadounidenses en sus dos fechas anteriores en España, y Sonnöv. Empecemos con ellos.
Y digo empecemos, pero voy a dedicarles poco tiempo porque, para empezar, me pareció un error garrafal poner tanto teloneo. Los motivos los expongo ahora. El arranque corrió a cargo de Sonnöv, un proyecto no solo musical sino visual que me planteó cuestiones interesantes, aunque musicalmente se alejaba un poco de mis gustos. El post-rock de Sonnöv es muy duro, con pequeños destellos caóticos pero, en general ordenado y con una preponderancia clara de su notable batería sobre los demás instrumentos. Es esa vena metalera la que les pierde y les lleva a una estridencia carente de melodía la que me hacía desconectar de la actuación en ciertos momentos. Pero, no obstante, me interesó el hecho de que uno de miembros de la banda que estaban en el escenario fura el VJ, que se encargaba de completar los temas con montajes visuales realmente curiosos. No es la primera vez que veo a una banda de rock instrumental añadir montajes de este tipo en sus conciertos, pero estos chicos lo hacían bien. Lo único que les afeó la actuación fue un problema técnico con el bajo que les obligó a detenerse un par de minutos tras la primera canción, pero tras ello el torbellino ruidoso rugió sin parar.
El bajista de Jardín de la Croix durante su actuación
Sonnöv tocaron durante media hora y, aunque su estilo es muy diferente al de Caspian, habrían sido unos teloneros adecuados. El problema fue que el proceso de teloneo contó con otros 45 minutos de mano de Jardín De La Croix que sobraron totalmente. Para empezar, porque aunque su ejecución fue, técnicamente, correcta, el concierto que dieron se me hizo interminable. De nuevo nos encontramos ante una banda que practicaba un post-rock completamente diferente al de Caspian: poco cuidado por los paisajes sonoros, melodías mudas o ahogadas entre un barullo indistinguible de ruido que no se sabía muy bien ni por ni para qué era, porque no tenía ni estilo (cosa que al menos Sonnöv trataba de respetar). En fin, que sobraron, aburrieron y que en la sala hacía mucho calor y que era domingo por la noche y hoy había que madrugar. Un solo telonero habría bastado.
Y por fin, pasadas las 10 de la noche, Caspian saltaron a un escenario, ahora ya despejado y con espacio de sobra para que el gigantón Philip Jamieson cupiera con su guitarra y espasmódicos movimientos. Y, ah amigos, cómo cambió la cosa. Se podría decir que Caspian llevaron el post-rock que llevábamos contemplando hora y media a otro nivel. Waking Season centró la atención de gran parte de la actuación, y con sus primeros compases arrancaron: delicadísimo el arranque del tema homónimo y sin miedo de sustituir los pasajes de teclado por bases preparadas, que parecían que los anteriores grupos les tenían alergia. Pero ya desde el primer punteo de ese tema se empezó a sentir la imparable fuerza de estos cinco: donde los jovenzuelos anteriores habían desplegado un sinfín de ruidos y estridencias y ni iban ni venían de ninguna parte, en un par de minutos Caspian dibujaron la silueta de una bestia, vieja y gigante; que parecía imposible de controlar para cualquiera que no estuviera con ellos en el escenario.
De modo que, hilando con precisión de relojero las melodías, las llenaron de un caos poderoso, las hicieron crecer hasta cotas sorprendentes teniendo en cuenta la calidad del disco, y bastaron los 5 o 6 minutos que duró este tema para que el dolor de espalda producto de llevar ya más de dos horas en la sala, desapareciera y fuera sustituido por una bella y escalofriante sensación de flotar sobre el suelo. De hecho Porcellous, que en el disco me interesó sin apasionarme, en el concierto me dejó boquiabierta, con esa lenta y cuidada progresión desde el punteo más sencillo hasta el la elaborada explosión guitarrera que, sorprendentemente, no enmascara la melodía ni un solo instante, siempre deja ver esa guitarra que sube y sube hasta su épico final. En directo fue una absoluta locura ver cómo los tres guitarristas y el bajista utilizaban todo el espacio disponible para ejecutar una extraña danza arrítmica y, por momentos, sin demasiada coordinación, pero que les llevaba el ritmo a su manera. Era una imagen hermosa.
Proseguimos en calidad siempre ascendente y con un calor que no daba tregua: a quienes estábamos en las primeras filas las gotas de sudor de Jamieson nos salpicaban cada vez que agitaba la cabeza: su guitarra estaba empapada desde el segundo tema y el agotamiento era claro en su rostro desde el principio. Pero esto no fue impedimento: Some Are White Light, la concesión que hicieron a sus inicios musicales, ya arranca en la cima, y sonaba magnífica con los amplis de la Ritmo y Compás (que sonó de vicio, todo hay que decirlo) a toda máquina. Pero parte de la sabiduría de Caspian también estuvo en conocer los momentos en los que necesitaban aflojar un poco el ritmo, coger una banqueta, sentarse y relajar un poco a la bestia que habían invocado. Hubo instantes verdaderamente hermosos en los que solo entraba en juego una de las guitarras y los demás miembros de la banda quedaban parados, con los ojos cerrados, siguiendo la melodía como si estuvieran rezando.
El final antes de los bises, con un Fire Made Flesh mucho más apoteósico de lo que suena en estudio, fue para enmarcarlo: cambios de ritmo perfectamente medidos, sincronización perfecta y absoluta, pasión y una potencia exquisita. Tanto fue así que para los bises Jamieson rompió una cuerda de su guitarra y tuvo que ponerse a reponerla en medio del escenario. Pero con completa normalidad, sin miedo ninguno, sabiendo que al público ya lo tenía en el bolsillo y que estas cosas pasan. De modo que se enfrentaron a Sycamore, el tema con el que suelen cerrar sus actuaciones, de un modo también hermoso: su arranque lento, triste y doloroso les obligó a bajar la potencia, sentarse todos en el suelo e ir entrando en la canción poco a poco. Fue increíble ver cómo estaban desparramados, agotados sobre el suelo (en la foto de este párrafo) y, poco a poco, fueron arrastrándose ellos y sus acordes para construir la apoteosis que supone Sycamore. Arrastrándose, sí, sacando fuerza de flaqueza y acabando en la cumbre, con tres de los cuatro miembros aporreando la batería bestialmente, como los grandes que son.
Un diez para Caspian, una belleza absoluta de concierto, una profesionalidad y calidad impecables y una recomendación a todo el que se encuentre hoy en Barcelona para que vaya a verlos tocar con Syberia (esta vez será un solo telonero y, creo yo, que mucho más adecuado) en la Sidecar. Vayan: sean expertos o no en post-rock, este concierto les va a encantar. Dejo por aquí el setlist en formato lista de Spotify. No estoy del todo segura de todas las canciones, si alguien detecta un fallo, que lo ponga en los comentarios.
Seleccione usted 60 minutos libres de su tiempo y deposítelos en su domicilio.
Con ellos, sitúese en su salón con una copa o taza de una bebida que le agrade.
Encienda su equipo de música. Establezca el volumen a, al menos, un 80% de su capacidad máxima (se recomienda hacerlo antes de las 9 de la noche, por si los niños).
Inserte Waking Season (2012) en su equipo o bien, ábralo en su reproductor de música o servicio de streaming.
Cierre los ojos.
Pulse play.
Después de seguir estos pasos escrupulosamente, díganme ustedes si Waking Season es o no una extraña joya de delicada belleza y extraños colores. Y es que es el tercer LP de estudio de Caspian (además de varios EPs y algún que otro directo), un quinteto que en 2004 cayó en las garras del post-rock casi por accidente, al no encontrar vocalista adecuado cuando estaban arrancando el proyecto, ha alcanzado unas cotas de serenidad y belleza sorprendentes, aún para una banda que no tiene ni un solo disco publicado que al post-rockero no le merezca la pena escuchar. Cierto, que Waking Season tampoco es perfecto, es mucho más emocionante al principio que al final. Pero, aún así, es un trabajo accesible y delicado.
Es especialmente importante poner Waking Season a un volumen contundente: de no ser así nos perderemos las preciosistas notas de teclado que dibujan una atmósfera fría y tan sutil que dan ganas de contener la respiración, no la vayamos a romper. De este modo arranca el tema que da nombre al disco: tanteando con las puntas de los pies un suelo helado y cubierto de nieve hasta que encuentra un solitario punteo para orientar sus pasos. Es un detalle que no merece perderse por deferencia a los vecinos. Viene seguido de una progresión muy típica del post-rock: guitarra solitaria, teclado que acompaña tímidamente y sintetizadores que van construyendo una atmósfera cada vez más sólida para la entrada de la melodía de la mano de un teclado, ahora mucho más seguro y asentado sobre la línea de bajo. Al final, cuando llega la batería, el puñado de notas que se sostenía como un simple suspiro es ahora un viento que, sin necesidad de ser huracanado, suena fuerte y sostenido.
Y la inspiración se apaga de golpe. Hay un motivo para ello: el primer tema nos ha puesto en situación y el siguiente, Porcellous, nos pone en marcha, inicia el viaje. Casi es un cambio de registro, pero uno empieza a sentirse en movimiento, con las imágenes sonoras de gente que pasa a los lados de la ventanilla de nuestro tren pasando, no muy deprisa, pero sí inalcanzables. Después de esto llega el que es para mi, sin duda, el mejor momento del disco: Gone in Bloom and Bough, un tema de más de 10 minutos al que no le sobra ni le falta medio segundo. Cuesta describirlo: es simplemente bello. Como las flores que empiezan a llenar la primavera de color casi sin que uno se de cuenta. Igual que entra una distorsionadísima voz para hacerla aún más emocionante. Y sí, tarda más de 3 minutos en encontrársele el hilo por primera vez pero una vez se ha superado el desconcierto, se queda uno embriagado por la calidez hasta que irrumpe una guitarra para hacer dolorosa la belleza del cuadro que se ha ido dibujando.
La historia continúa y llegamos a un verano que se presenta limpio con la simplicidad de una melodía sencilla de piano y una percusión desconcertante. Pero pronto vemos por donde van los tiros, la simplicidad desaparece y lo que deja sabe a tardes de sol y felicidad. Y dan ganas de seguir, no parar de escuchar este disco que evoca sin necesidad de buscar la emoción constante, la ternura facilona… Caspian siempre han sido mucho más que eso. Y no decepciona, las sensaciones infantiles del verano dan paso a la vida acelerada, al ritmo rápido que le imprime la juventud a los calores estivales.
Por suerte o por desgracia, lo mejor ya ha pasado. Akiko es mucho menos interesante, sirve para mantener la atmósfera, pero solo la desarrolla levemente. Me sorprende encontrar en High Lonesome tantas y tan claras referencias a algunos de los temas menos abstractos del último trabajo de Sigur Rós, aunque bien es cierto que a los islandeses les pongo la etiqueta de post-rock porque alguna hay que ponerles; mientras que el filtro de Caspian es de rock puro, el que sea instrumental es algo menos importante (al menos para mi). No obstante, no son nada desdeñables los 3 minutos de tensión eléctrica que montan, sobre todo cuando Hickory 54 los engancha y les da sentido. Y, aún así, Sigur Rós siguen (más si cabe) presentes de algún modo. Técnicamente la progresión en este tema es perfecta, está lleno de color, con los tiempos sabiamente medidos hasta su eclosión. Lo cierto es que me parece bueno, pero no me parece que alcance la calidad de los primeros compases del disco.
El resto de álbum cubre el expediente pero, a mi manera de ver, no construye nada nuevo. Son tres temas más los que se benefician de la sobrecogedora atmósfera que se ha construido y la van desmontando, eso sí, pasito a pasito. El epílogo, Fire Made Flesh, ejecuta un cierre catártico y muy a la altura, aunque le desconcierta un poco a uno tanta estridencia en un disco que es, sobre todo, muy tranquilo. No obstante, por algún sitio tienen que salir las emociones contenidas a lo largo de los minutos y este último corte parece un buen medio para ello.
Por si todo esto fuera poco, Caspian empiezan esta semana una pequeña gira por nuestro país. Si tu ciudad es una de las agraciadas, yo no me lo pensaría dos veces.