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El castillo de Nina

Publicado en 21 abril 2013 por

Imaginemos que estamos paseando por un bosque, una calle abarrotada o, en realidad, cualquier sitio; incluso un caminito de piedras podría servir. A medida que recorremos metros dejamos atrás a un montón de gente que, fiel al egocentrismo que rige nuestros días, se cree más importante de lo que es. Algunos, en realidad, llegarán a serlo mientras que otros no harán historia en nada. No obstante, eso no tiene nada de malo: si todo el mundo hiciera historia, de la manera que fuese, habría un importante exceso de información, así que es mejor dejar la cuestión como está. Nosotros no queremos perdernos, aunque el camino no sea más que una linea recta. Al final de aquél, divisamos un enorme castillo (si alguien ha escogido la calle abarrotada lo puede cambiar por un rascacielos gigante). Que cada cual escoja lo que quiera: yo voy a entrar en el castillo y lo haré solo.

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El castillo tiene varias divisiones: en la parte baja están los pequeños sótanos donde se aglomera la gente con talento que aspira a ocupar puestos más altos sin sacrificar su dignidad. No tienen muchas posibilidades, de hecho, pero si su intención perdura, su valor podría aumentar de forma proporcional. Si el castillo fuera el Titanic, esta gente formaría parte de la tercera clase que no puede subir a cubierta porque los oficiales han cerrado las rejas. Y, aunque no faltan rejas en este castillo, yo ya conozco de sobra éstos y otros sótanos, así que prefiero explorar.

Nina Simone in Pink Dress and Gold TurbanSubo y llego al hall, donde viven unas personas a las que el adjetivo “descuidadas” les vendría de perlas. Descuidan su higiene y también el bienestar de la gente que vive en la parte baja. Su zona es brillante y pretenciosa, llena de objetos metálicos que no se sabe muy bien para qué sirven. Estas personas serían las que cierran las rejas y amenazan a los más desesperados. Son ambas cosas, tanto prescindibles como reemplazables, y no se merecen ni la décima parte de la atención que reciben. Cuando abandonan el castillo no se vuelve a saber de ellos, de lo cual me alegro. Pero tampoco me voy a parar aquí…

Sigo subiendo, cada vez más rápido, puesto que ya tengo un destino en mente. Cada vez que llego a un piso nuevo observo que las habitaciones son más grandes y están más decoradas. Las personas que viven en ellas tienen que ser muy importantes para poder permitírselo. Algunos espacios están mejor decorados que otros; unos rozan el mal gusto y dañan la vista mientras que otros podrían formar parte de un museo clasista. Alguien, no sé muy bien quién, me dice que sus habitantes suelen estar poco tiempo pero que los que vienen detrás no cambian ni un solo cuadro. Por alguna razón, eso no me extraña. Algunos se merecen vivir ahí y otros no, pero sigue habiendo una barrera que los separa de la parte más alta, que es hacia donde me dirijo.

Llego, por fin, a la zona de las suites. Hay pocas y cada una tiene su personalidad: unas cuantas están ocupadas por gente que luce pelucas blancas rimbombantes y apellidos de difícil pronunciación mientras que en otras viven personas sin una clara asociación: puede que compartan habitación por sus pintas… otras, directamente, están vacías, probablemente esperando a que alguien las ocupe. Ésa es la intención de los que vagan por la zona intermedia pero, por desgracia para ellos, a las suites se suele acceder de forma directa y, la mayoría de las veces, sólo después de muerto. Por fin llego a mi destino. Es una suite apartada en cuyo interior se oye ruido. Abro la puerta con suavidad; no quiero molestar…

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El espacio es grande y la decoración no está muy cargada; los pocos objetos que hay son de mucha calidad. En el centro de la habitación hay un piano y, mientras lo acaricia con delicadeza, una mujer que lleva diez años viviendo aquí me mira y me hace una mueca, como queriendo decir “siéntate y no molestes, que estoy practicando mi arte”. Efectivamente, está cantando y su voz no se parece a nada que se haya podido oír antes o después. No necesita presentación: es Nina Simone. Tampoco nos interesa su vida; muchos han hablado y hablarán de ella y, de todas formas, el mayor esfuerzo habrá sido cortar y pegar o reescribir textos de otros sitios.

Nina no sólo canta; sino que también declama con armonía. Uno de mis mejores amigos dijo de ella una vez: “es que Nina Simone hace arpegios hasta cuando estornuda” y puede que esté en lo cierto, ya que incluso su nombre (por muy artístico que sea) tiene ritmo. Ahora parece que está aporreando el piano: seguro que las notas se pueden oír desde el caminito de piedras. Presto más atención y me doy cuenta de que no está aporreando nada: los dedos siguen rozando las teclas con la misma delicadeza que al principio pero el volumen es ensordecedor aunque no desagradable. Es casi milagroso.

Nina+Simone+ninasimone218Cuando termina la canción Nina mira hacia aquí y espera un minuto, callada. El ambiente es tenso y, cuando pasa ese minuto, me doy cuenta de que, en realidad, la canción aún no había terminado. Sólo entonces se permite una sonrisa tímida a la cual correspondo. La reciprocidad provoca una carcajada. Nina se carcajea. Se ríe tanto que al final acaba tosiendo como si fuera una mala de película y ya sólo puedo pensar: “mi amigo tenía razón: ¡estornuda en arpegios!”

Rápidamente cambia su semblante y se torna sombrío: otra canción comienza. La escucho y es entonces cuando me doy cuenta de que Nina es eso: clara y oscura; austera y vanidosa; una mezcla de voz y piano que basta para crear una sinfonía. Y ante eso sólo se puede hacer una cosa: sentir y disfrutar de la certeza de que Nina siempre estará entre los más grandes, exactamente donde le corresponde.


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Maravilloso. Glorioso. Eels

Publicado en 12 febrero 2013 por

Gira de presentación de este disco en España:

  • 27/04/2013: Barcelona, Arteria Paral-lel (Festival BARTS). 25€, Entradas.
  • 28/04/2013: Madrid, La Riviera. 25€, Entradas.

He borrado y reescrito este texto ya tres veces. No sé cómo abordar la reseña del último disco de Eels, y me sorprende que la prensa especializada se lance con tanta facilidad y alegría a cubrirlo de adjetivos vacíos que demuestran cuán incapaces son de comprender o de transmitir algo relacionado con las composiciones del hombre que se hace llamar E. Todos los discos de Eels son complicados. No hay excepciones ni concesiones. La rasgada voz de E se te mete en la cabeza y te revuelve cada día una tripa diferente. Y lo hacen desde un aparente caos de sonidos, una masa informe que solo comprendes cuando estás metido hasta las cejas en ella. Cada nuevo disco de Eels es una piedra, un lastre que hay que arrastrar pero que, de manera inesperada, se vuelve necesario. Y lo que se siente al escucharlo tiene poco que ver con que E se haya recortado mucho o poco la barba.

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Y es que sé que no hablo solamente de mi cuando hablo de la incomprensible universalidad de las composiciones de E. Sé que hay mucha gente de a pie a la que, en principio, esos complicados collages musicales, esa voz árida y desgarrada, esos giros inesperados, ese doloroso poso de melancolía que nos deja a veces, le producen la misma mezcla de admiración y fascinación que a mi. ¿Cómo un tío que compone discos tan complicados, tan duros de oír, es capaz de llegar a tanta gente por igual? La única explicación que le encuentro es la calidad y la empatía: que E sea un gran compositor, con una sensibilidad tan grande como su talento que le permite compartir sentimientos reales y universales a través de caminos inesperados.

Wonderful, Glorious no es una excepción en la trayectoria de Eels, que tienen la habilidad de marcar claramente las diferencias de un disco a otro, de hacer algo siempre ligeramente diferente; pero sin alejarse mucho de lo que se podría llamar su sonido o su estilo, si es que tales cosas existen. Las oleadas jazzeras son tal vez más acusadas en este Wonderful, Glorious, y ya se dejan seguir en ese temazo que abre el disco, Bombs Away, que tiene una letra tan clara, sencilla y directa, que te quedas repitiéndola un rato, no porque sea pegadiza, sino porque es sincera. La amalgama de sonidos se hace más densa en el siguiente tema, Kinda Fuzzy, que trae más rock y más desorden y, aún así, suena por la radio de vez en cuando.

Es más lógico que suene en las emisoras Peach Blossom, con el sonido marca de la casa de la marcadísima batería, la voz de E más recitando que cantando y un ritmo tan simple que se puede seguir dando golpecitos en el volante mientras se conduce. A partir de aquí vienen algunos temas muy propios de la trayectoria de Eels: On The Ropes, el clásico tema de sencilla y solitaria guitarra, con cierto sabor country; y The Turnaround, que se arrastra melancólicamente y en un primer momento parece un tema del montón, pareciendo que renuncia al rock y prácticamente a cualquier cosa en aras de crear una atmósfera de decadencia y humo; hasta que la tensión no puede contenerse más y la cosa estalla en un vago recuerdo que dramáticamente trae a la memoria algunos de los temas más oscuros del último disco de Tom Petty y que, de golpe, lo convierte en uno de los temas más destacados y desgarradores del disco.

Tal vez no tan sobresalientes son los temas que van desde este punto hasta True Original, que recuerda inmediatamente al Elizabeth On The Bathroom Floor que abría la obra maestra que era Electro-Shock Blues (1998) y en la que E vomitaba las lamentables condiciones en las que llegó a encontrarse su hermana antes de suicidarse. Puede que True Original no desprenda la abrumadora carga emocional que el tema mencionado, pero vuelve a ser un tema marca de la casa que quema un poco la piel sin necesidad de hacerse exageradamente real. No cabe duda de que el solo de guitarra de Open My Present la convertirá en uno de los temas más atractivos para la gira en la que Eels ya andan embarcados y en la que, gracias a Dios (y a los Reyes Magos, que se lo pedí en mi carta), visitará nuestro país en primavera.

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Pero lo mejor se reserva para el final: el tema que da nombre al disco, Wonderful, Glorious, es sencillamente eso: maravilloso y glorioso. Aunque no sea la primera vez que tras una travesía dura, larga y bastante dolorosa, E nos regala nos regala un tema optimista y gamberro para quitarle un poco de hierro al asunto. Y el caso es que en esta ocasión lo consigue a la perfección, arrastrarte al estado de ánimo en el que quiere que estés, demostrándote que te tiene comiendo de su mano, una vez más, haciéndote sentir triste y abandonado del mundo a rodeado de vida y parte de un todo que, por un momento, parece tener sentido.

No, Wonderful, Glorious no es el mejor disco de Eels. Es, eso sí, de los mejores en una carrera que ya de por si no cuenta con un solo álbum malo. Y, sobre todo, nos lleva a alabar una vez más la extraordinaria calidad musical de su creador, su habilidad para compartir las emociones y plasmarlas de una forma tan universal y comprensible. Por todo eso, gracias Mr. E: estaremos esperándole ansiosos en su visita a La Riviera.

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45 años de Disraeli Gears

Publicado en 02 noviembre 2012 por

Recuerdo que de pequeño, a veces, cual niño resabio y repipi, le decía a mi abuelo aquello de “¡de eso hace cuarenta años!”, sobre todo cuando protestaba por las modas modernas de una sociedad que avanzaba a una velocidad desorbitada para él, que se había quedado parado en el andén de una época determinada. Y ya ven, aquí me encuentro ahora dispuesto a contar cuatro cosas sobre algo que pasó hace 45 años. Eso sí, tengo la sospecha que, contextualizadas las comparaciones, si los cuarenta años atrás de mi abuelo no traían a la mente épocas y lugares demasiado deseables, en este caso puede que sí que lo haga.

Cuando empecé a preparar este aniversario sentí cierto vértigo. Es curioso como los recuerdos, o los referentes temporales no vividos, se alojan en la memoria. Desde pequeño se ha escuchado mucha música en casa, y desde pronto hay nombres que se te graban en la cabeza, cosas que oían tus padres, cosas que salían en la tele, no de aquel momento, de épocas pasadas. Otras veces eran sonidos, en forma de banda sonora de películas, reportajes o documentales, y ahí se iban quedando, sin nombre alguno. La memoria es frágil. Tanto que le erigimos monumentos para acudir a ellos de tanto en cuanto o para toparnos incidentalmente con ellos y recordar algo. En el caso de la música pasa algo parecido. Los “monumentos” mediáticos erigidos constantemente a lo largo de los tiempos a gente como los Beatles, los Rolling o los Doors han estado ahí siempre, o casi siempre, empujados por conmemoraciones que revitalizan el recuerdo, y generalmente acompañados de una campaña mercantil. Pero en la memoria personal de alguien se alojan más cosas, a veces aparentemente anónimas.

Tras pasar los primeros años en que te empieza a correr la música por las venas, y ya has pasado de investigar solamente el pasado de aquello que te enganchó, y el día a día se te queda corto, comienzas a ejercer de arqueólogo. El día que empecé a escarbar en la segunda mitad de los años sesenta un mundo de sensaciones se abrieron en mi cabeza. Ahí estaban todos aquellos sonidos que habían estado apareciendo durante años aquí y allá, decorando reportajes sobre Mayo del 68 o películas de la guerra del Vietnam, o siendo reconocidos como influencia clara en cosas de mi gusto más inmediato, y el Disraeli Gears de los Cream escondía un buen montón de ellos. Sabía quien era Eric Clapton, pero de su pasado no conocía un ápice.

Mano Lenta ya era ultrafamoso en el mundillo por su pertenencia a los legendarios Yardbirds, pero no estaba solo, el baterista Ginger Baker y el escocés Jack Bruce al bajo y la voz le acompañaban. Juntos configuraron, desde la gris y mojada Gran Bretaña, un sonido que en mi mente siempre se había asociado a la California sesentera, vete a saber por qué. Fueron apenas tres años de Cream, pero fueron en el lugar y época precisos. Su cumbre, Disraeli Gears, puede además presumir de figurar como uno de los hitos de 1967, el año clave de ese momento, el año del Chelsea Girl de Nico, el año del Sgt. Pepper’s… de los Beatles, el del Forever Changes de Love, del debut de Pink Floyd, del Sell Out de los Who, el año de la Velvet, de la irrupción de los Doors, del Are You Experienced? de Hendrix y los suyos, un año en el que estos y otros nombres de leyenda repartían el bacalao y le ponían banda sonora a unos tiempos convulsos y rebeldes de los que se han heredado tantas y tantas cosas, frustraciones incluidas, después de aquel verano del amor.

Figurar en lugar destacado entre semejante cosecha y semejante momento hace de por sí que Disraeli Gears sea parada obligada. Sus virtudes musicales únicamente refuerzan la mayor. Cream aparecieron en un momento en que la música popular, tal y como se entendía, estaba cambiando profundamente, explorando nuevas vías y caminos. El rockn’roll y el pop triunfantes entre la juventud inmediatamente anterior estaba sufriendo su metamorfosis gracias a este tipo de gente. El inconformismo social de unos jóvenes a los que se había dado un mundo fundamentado en el miedo a la destrucción nuclear y asentado sobre el statu quo nacido de los horrores de la II Guerra Mundial, empujaron a la música como vehículo clave de expresión de una generación silenciada en los cauces normales de interacción social. Eran la vanguardia, y a la cabeza de la misma estaban Cream.

Mientras que a muchos de sus coetáneos se les puede considerar, o yo les considero, nexos con cosas futuras, Disraeli Gears me parece el ejemplo perfecto de gozne con lo que habría de venir. Un nexo enlaza cosas, pero un gozne abre una puerta, y en este caso había un montón de estilos y subestilos guardados tras el armario. Porque en Cream se conjuran el pop, el blues, el jazz, el rock y la psicodelia del momento para alumbrar otra cosa, tras cuyo hilo pudieron desarrollarse todas las variantes de fusión de estilos, el rock progresivo o el heavy metal, entre otros. A semejante influencia no se le han erigido los monumentos levantados a otros contemporáneos, pero nunca es tarde. Con ustedes el primer gran power-trio, el primer gran súper-grupo. Tan solo bajen la intensidad de la luz, suban el volumen, y den rienda suelta a Disraeli Gears. Dejen que un pedazo de historia entre en ustedes.

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Pongamos que hablo de Madrid

Publicado en 12 octubre 2012 por

Se nos debe notar bastante, que en bSides somos todos madrileños practicantes. Y cómo hemos visto que el asunto este de las listas gusta y trae cola, pues qué menos que pensar en las canciones que nuestro hogar ha inspirado a los músicos. Hemos de decir que no ha sido tarea fácil: Madrid tiene un par de poetas indiscutibles: Antonio Vega y, sobre todo, Joaquín Sabina, que es el compositor del himno más oficioso de la ciudad. Y cuando uno se pone a buscar aparecen algunos temas de Mecano, pero pronto empieza a emerger ponzoña del tipo Shakira o Maldita Nerea. No son esas canciones las que busca esta lista: obviamente, hay que poner algunas canciones imprescindibles cuando hablamos de Madrid, no se pueden obviar, pero también hemos intentado descubrir canciones que no conocíamos al confeccionarla. Esperamos descubriros a vosotros alguna que os guste.

15.- The Clientele, “Retiro Park”

El Parque del Retiro es una buena fuente de inspiración, y así le sucedió a The Clientele, una banda británica de pop-rock indie conocida desde hace años en el circuito londinense. Compusieron este tema tras una visita a nuestra capital, aunque no es demasiado conocido y ni siquiera hemos sido capaces de encontrarlo en Youtube, solo en la lista en Spotify.

14.- Uncle Tupelo, “New Madrid”

Esta canción no la conocía y me ha encantado: se trata de Uncle Tupelo, una banda de rock con toques folkies asentada en Illinois entre el final de los 80 y el principio de los 90. La canción es una agradabilísima composición country sobre la errónea predicción de un terremoto apocalíptico en la ciudad. Hace años que esta banda no está en activo.

13.- Avishai Cohen, “Madrid”

Es un prestigioso contrabajista israelí. Compone jazz sin perder de vista sus raíces culturales, haciendo honor, mediante detalles, a la tradición musical del pueblo de Israel. Madrid es un tema muy conocido de su discografía y en él, además trata de incorporar elementos que recuerdan lejanamente a algunas composiciones de Manuel de Falla, confiriéndole un sabor más andaluz que madrileño.

12.- Deluxe, “El Cielo de Madrid”

Empezamos a tocar la popular ola indie que sacude la capital en estos tiempos. Deluxe (Xoel López para los amigos) compuso este tema con corte de cantautor que es incapaz de quedarse en los aspectos más poéticos de la capital, cayendo en la inevitable observación de los mendigos y demás miserias madrileñas.

11.- The Britannicas, “The Girl From Malasaña”

Volvemos a un grupo absolutamente desconocido con miembros de Suecia, Australia y los Estados Unidos. Una banda de indie-rock con un solo disco y, en él, una canción dedicada a alguna chica de uno de los barrios más emblemáticos de la marcha madrileña.

10.- Burning, “Chueca”

El rock urbano no pudo ser indiferente a nuestra ciudad y, aunque esta canción fue compuesta muchos años antes de que la plaza de Chueca fuera el epicentro de la movida gay, no solo de Madrid, sino de buena parte de Europa (hasta hace 20 años esta zona de Madrid estaba seriamente deprimida y nada tenía que ver con lo que es hoy), es un himno a la vida de barrio en el corazón de la capital.

9.- Ragdog, “La Puerta del Sol”

Podría decirse que Ragdog es una banda más de la oleada de pop-rock casi indie pero también adolescente que nos invade estos días. El caso es que a yo no los veo tan relacionados con Malditas Nereas, aunque sí que hacen canciones muy sencillas de escuchar. En su primer álbum incluyeron este tema sobre el centro más centro de nuestra ciudad.

8.- Esclarecidos, “En El Medio Del Retiro”

Otra canción que no hemos sido capaces de encontrar en Youtube es esta de Esclarecidos, una banda madrileña del final de los 80 y los 90. Hacían pop del que salió justo de las últimas coletazos de La Movida, aunque muy dulce, agradable, fácil de escuchar y bastante bien compuesto. Esta canción (yo no la conocía) ha envejecido extraordinariamente bien y, además, tiene una letra bastante bonita.

7.- Loquillo, “Cuando Vivías en la Castellana”

Empezamos a entrar en una zona de canciones y artistas indiscutiblemente ligados a la capital y, aunque José María Sáenz Beltrán nació en Barcelona (o sea, el Johnny Cash patrio, Loquillo), Madrid no le deja indiferente. Aquí tenemos un tema de rock clásico, maduro y lento ambientado en una de las zonas más nobles de la ciudad.

6.- Luigi Boccherini, “La Musica Notturna Delle Strade Di Madrid”

¿No pega? Es mi lista y me la follo como quiero. Luigi Boccherini fue un compositor del barroco musical nacido en Lucca (Italia) pero que pasó buena parte de su vida como músico y compositor de la corte de finales del S. XVIII. Son muchas las composiciones que se le encargaron sobre, por y para la Villa y Corte pero esta es, sin duda, la más conocida y una de las más bellas.

5.- Antonio Vega, “Pasa El Otoño”

Ya hemos dicho que Antonio Vega es uno de los poetas por excelencia de la capital, y esta su canción más claramente dedicada a la melancolía otoñal de sus calles. Su dulce deje de cantautor no se deja embaucar por el aburrimiento acústico y busca también el solo de guitarra y algo de electricidad para dar cuerpo al tema.

4.- Victor Manuel y Ana Belén, “La Puerta de Alcalá”

¿Algo que decir? Lo dudo. Puede que sea machacona y que no haya envejecido muy bien, pero igual que La Puerta de Alcalá, esta canción sigue ahí.

3.- Mecano, “Un Año Más”

En este blog no hablamos mucho de Mecano porque no nos molan demasiado, pero es imposible hacer una lista de canciones sobre la capital de España sin mencionar al mítico trío de pop. Además, Un Año Más no está tan mal. Por supuesto, reproduce todos los lugares comunes de la nochevieja, ya no solo madrileña sino de la española, por ser la madrileña la retransmitida por televisión a todo el país. Es una de las canciones de la banda que más se repiten año tras año y de las que mejor han envejecido.

2.- Radio Futura, “Enamorado De La Moda Juvenil”

Radio Futura emanan Barcelona en casi todos sus temas, pero hay uno (lamentablemente no el mejor, sino más bien uno de esos que ganan cuando vas muy borrracho) que no tiene más remedio que suceder en Madrid. De La Movida, el más conocido, etílico y popular homenaje a nuestra Puerta del Sol.

1.- Joaquín Sabina, “Yo Me Bajo En Atocha” y “Pongamos Que Hablo de Madrid”

Aunque nació en Baeza, Sabina es el poeta de Madrid. No hay más vuelta de hoja, te puede gustar mucho o poco, caer bien, mal o fatal. Pero Madrid es Sabina y Sabina es Madrid. Y hay dos canciones que a cualquier madrileño, más aún si está un poquito lejos de casa, le ponen los pelitos de punta.

Con su otoño Velázquez, con su Torre Picasso,
su santo y su torero, su Atleti, su Borbón,
sus gordas de Botero, sus hoteles de paso,
su taleguito de hash, sus abuelitos al sol.

Con su hoguera de nieve, su verbena y su duelo,
su dieciocho de julio, mi catorce de abril.
A mitad de camino entre el infierno y el cielo
yo me bajo en Atocha, yo me quedo en Madrid.

Personalmente no puedo negar que me gusta más la primera, pero que es más mítica la segunda. Ambas, sin ser yo muy de cantautores, me ponen los ojitos húmedos.

Y ahora es cuando toda preguntar: a parte de Shakira, Rosana y otras cosas así como muy populares que no pienso nombrar, ¿nos hemos dejado algo? Los comentarios están para hacer esta lista más rica, bonita y grande. Esperamos vuestra ayuda. Como siempre, os dejamos a vuestra disposición nuestras listas de Spotify y Youtube con las canciones.

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Versión / Original: A Case Of You

Publicado en 18 septiembre 2012 por

Era 1971, la canadiense Joni Mitchell hacía folk y dentro de la joyita que era su álbum Blue, había un diamante que brillaba un poco más: A Case Of You. La canción carecía de adornos: no los necesitaba. Tan solo una guitarra con el sonido cortado y ligeramente ahogado y la aguda voz de Joni Mitchell. Y una letra triste. Tan triste como pocas. Aunque la canción se interpretaba con un aire rápido (hasta sorprendente, para su trágico carácter), su letra te deja hecho trizas.

I remember that time you told me, you said,
“Love is touching souls”
Surely you touched mine
‘Cause part of you pours out of me
In these lines from time to time

A Case Of You se convirtió en la canción más conocida de la carrera de Joni Mitchell, y aún hoy aparece en bandas sonoras de vez en cuando. Obviamente, las versiones no la han dejado tranquila. Aunque si algo me llama la atención es que la mayoría de éstas se concentran en los últimos 10 años, en lugar de los inmediatamente posteriores a la publicación del tema. Tal vez sea también por eso que la mayoría despojen a A Case Of You de todos sus atributos folkies y la acerquen a arreglos más jazzísticos.

Me atrevo a apuntar a una culpable obvia para esta mutación: la, también canadiense, Diana Krall. Y sí, amigos, aunque ahora de la impresión de que la rubia más rubia del jazz esté un poquito acabada (ay, lo que me duele escribir esto); hubo una época en la que la Krall daba conciertos interminables y apasionados. Algunos daban hasta para disco y DVD, como fue el Live In Paris que publicó en 2002, cuando estaba en la cresta de la ola (por cierto, un disco que le puede encantar a cualquiera, aunque no tenga ni el más mínimo conocimiento sobre jazz). Y es que la Krall llevaba ya tiempo terminando sus conciertos con una versión de A Case Of You que la sentaba a ella sola delante de su piano que te quitaba el hipo y, casi, las ganas de vivir.

El tema cambiaba completamente, aunque tampoco se convertía a A Case Of You en un tema de jazz puro: sencillamente la Krall la adaptaba al piano y la cantaba (cuando todavía parecía que le apetecía cantar por algo que no fuera dinero) de la única forma posible que ella sabía por aquél entonces. De la única manera que debería cantarse ese

Oh, you’re in my blood like holy wine
You taste so bitter and so sweet
Oh I could drink a case of you, darling
And I would still be on my feet
Oh I would still be on my feet

Es decir, como si te estuvieran arrancando cada palabra de lo más profundo de tu ser. Como si te estuvieras haciendo un corte en la piel por cada frase que pronuncies. El minuto largo de aplausos que recibe la Krall en el vídeo deja bien claro que poco más hay que decir: sus admiradores esperábamos este tema en sus conciertos como uno de los más espectaculares. También es de las pocas canciones en las que Diana Krall no necesitaba apoyarse en su extraordinaria banda para brillar: como al principio, solo ella y el piano. La versión no tiene absolutamente nada que ver con la original. En mi opinión la mejora: capta perfectamente su desgarradora esencia y la explota al máximo con esa voz que parece que te acaricia cada vez que suena. Anda que no he lloriqueado yo veces en mi cuarto escuchando el A Case Of You de Diana Krall…

http://www.youtube.com/watch?v=crVITmOVZj0

Después de esto, da la impresión de que la canción se volvió a poner de moda: Prince la reinterpretó en 2004 para un disco tributo a Joni Mitchel en un claro ejemplo de seguidismo de lo que la Krall ya llevaba unos años haciendo; aunque con las pinceladas de genialidad de Prince. La suya es también una versión en la que el piano es el protagonista, pero los agudos coros y la apagada percusión también juegan un novedoso papel. Prince puro, hace que la canción parezca un tema de bar algo sórdido de algún momento entre los 80 y los 90. No me queda claro si la versión me gusta porque, aunque tiene los arreglos del piano mucho más trabajados (y efectistas) que los de la Krall, también suena demasiado pastelosa (y eso que la de la Krall ya lo es de por sí) y, por momentos, paródica.

Curiosamente me he encontrado que la versión más conocida ahora mismo es la que James Blake publicó el año pasado. He de aceptar que la primera vez que la oí pensé que era de Antony and the Johnsons. No puedo negar que es un cover que reproduce, por un lado, la adaptación al piano que hizo Diana Krall; pero que intenta imitar, con arreglos adecuados para la suya propia, la voz de Joni Mitchell. El resultado se me hace curioso pero poco emocionante, porque esa agudísima voz, llena de quiebros y gorgoritos me saca constantemente del dramatismo de la letra.

Para acabar, y remarcar la influencia de la versión que Diana Krall hizo de A Case Of You a principios de la década pasada, hago un pequeño apunte sobre la versión que KD Lang (ojo, otra cantautora canadiense) incluyó en su noveno álbum, Hymns Of The 49th Parallel (2004). A pesar de ser KD Lang una de las artistas más folkies y countries que se han acercado a esta canción; lo hizo imitando sistemáticamente la versión de la Krall, obviando por completo todas y cada una de las versiones acústicas de la Mitchell. No obstante, la versión de Lang se queda en eso: imitación con una voz mucho más dulce pero también menos emocionante que la de la Krall.

Lo dicho: una canción no apta para la semana posterior a la que nos haya dejado la pareja y una buena excusa para desenterrar dos discos extraordinarios: Blue, de Joni Mitchel; y el Live in Paris de Diana Krall. Puedes disfrutar de las cinco versiones de las que hemos hablado hoy del tirón en la lista de Youtube que hemos creado con ellas.

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Lo que Regina Spektor vio desde los asientos baratos

Publicado en 31 mayo 2012 por

Pianista rusa de ojos hipnóticamente azules incapaz de hacer dos canciones iguales o de escribir típicas canciones de amor. ¿No conoces a Regina Spektor? What We Saw From The Cheap Seats es una excusa perfecta para remediar eso. Eso sí, absténgase amantes del pop comercial: aunque las melodías de Regina Spektor suelen ser alegres y pegadizas, su discurso musical es ecléctico y muy poco habitual. Despojémonos, pues, de los prejuicios de las cantautoras pop, folk e indie de guitarra acústica, mirada perdida y progresiones facilonas: Regina Spektor está varios pasos por delante de ese estilo.

El carácter extrañamente vitalista de Regina Spektor aparece ya en los primeros compases del disco: Hoy somos más jóvenes de lo que vamos a ser jamás, entona en Small Town Moon con un ademán mucho más rockero que en Far (2009). Y fiel a su estilo, ninguna canción se parece a las demás. De hecho muchas veces los estribillos y las estrofas parecen totalmente inconexos, como sucede en (ese pequeño homenaje a Nina Simone que parece ser) Oh Marcello, aunque cuando escuchas el tema entero todo adquiera mucho más sentido. Solo que no estamos ante una artista más: Regina Spektor hace las cosas diferentes y eso hace que no sea una Norah Jones de ojos azules más.

No sé ni cómo di con Begin To Hope (2006), pero hace muchos años que ese disco me tiene enamorada. Es hacer trampa porque, manteniendo su personalidad, es el disco menos raro de Regina Spektor. De Far me fascina el optimismo y el precioso y brillante acabado de todas sus letras. ¿Y de What We Saw From The Cheap Seats? Sin duda este nuevo disco sigue más en la estela de Far que de Begin To Hope: le encuentro más toques de jazz que concesiones a la baladita fácil (puede que la única sea How, una bonita canción que bien podría aparecer también en el último de Norah Jones y que, aún siendo un tema agradable, puede que sea de los que menos personalidad tienen en el disco). Lo que siempre está ahí son las letras: tan caras, directas y sencillas que a veces hacen hasta daño de lo que pueden llegar a empatizar con el oyente. No obstante no son suficientes para superar algunas canciones que, hacia la mitad del álbum, lo hacen excesivamente largo y, tal vez por eso, un poquito menos brillante que sus últimos trabajos. También es que aquéllos eran inusualmente buenos.

Me sorprendió lo bien que se eligió el single, All The Rowboats, puesto que representa perfectamente el estilo de Regina Spektor. En el coqueteo electrónico que utiliza en Ballad Of A Politician me recuerda, especialmente en su voz y los coros, la británica Imogen Heap, pero de las 12 canciones del disco me quedo con The Party: delicada, tristona y alegre a la vez, con esa vocecita que pone Regina a veces de no haber roto un plato en su vida. Para todos los sitios hay un autobús, nos canta para dejarnos un sabor agridulce y unas ganas locas de verla en los Veranos de la Villa 2012 el próximo mes de julio, en Madrid.

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Norah Jones se despeina y publica ‘Little Broken Hearts’

Publicado en 08 mayo 2012 por

Inocente, tierna y cautivadora. Así se nos ha mostrado siempre Norah Jones, como si no hubiera roto un plato en su vida para, nada más abrir la boca, sugerir escenas de sexo más húmedas que tiernas. Turn Me On o Humble Me nos presentaron una voz llena de matices cálidos, versátil para los remixes y las colaboraciones de todo tipo, pero tal vez demasiado encasillada en su propio género del jazz melódico más comercial. Aunque su portada pueda insinuar cierto cambio de estilo, Little Broken Hearts no es (tampoco se ha vendido como) un gran giro en su carrera. Aunque sí que es cierto que algo cambia.

En efecto, es obvio que la angelical Norah, con cuya cara de niña mayor hemos disfrutado hasta de romantiquísimas películas (absténganse los diabéticos de ver My Blueberry Nights) busca algún tipo de cambio. Para empezar ha tirado de erotismo sesentero, homenajeando el drama Mudhoney (1965) en la portada de Little Broken Hearts. El tema de la sensualidad en la música de Norah Jones no es nuevo: sus trabajos siempre tienen un tufillo a nosequé de ‘quiero sexo pero en vez de decírtelo voy a bailar moviendo las caderas lentamente pegada a una pared. ¿Lo has pillado ya?’ El problema es que muchos de dichos discos se quedaban en esto y, por lo demás, no contenían ningún tema especialmente destacable o emocionante. Para mi el mejor ejemplo de este problema es The Fall (2009), aunque, a cambio, son casi todos álbumes muy homogéneos.

En Little Broken Hearts a mi me parece que Norah Jones ha evolucionado, no a zancadas, pero si a pasos. After The Fall, por ejemplo, es una canción que parece claramente orientada a ser remixeada mil veces pero aún así funciona bastante bien por si misma, con una atmósfera relajante de electrónica ambiental o, incluso, un poco de chill out. Tiene algo inquietante esta canción, como una pregunta o un misterio por resolver y contrasta con las clásicas baladitas de la Jones. De hecho, tal vez, si algo relativamente malo puedo decir de Little Broken Hearts es que no suena tan cohesionado como sus anteriores trabajos porque, al tocar más estilos y tratar de ser más variado es mucho más complicado encajar todas las canciones.

Ojo, que las baladas de su clásico estilo no faltan en Little Broken Hearts. Para mi destaca Travellin’ On, aunque ninguna alcanza (lamentablemente, ni de lejos) a las ya mencionadas Humble Me o Turn Me On. Pero en este género también se ve cierto cambio: está en Take It Back, que para mi es la mejor canción del disco, tal vez más pop que jazz, pero bien armada, con un par de giros cuando la melodía llega al estribillo que enganchan. Una canción sencilla que con muy poco transmite mucho, pero sin tirar de recursos excesivamente melancólicos y facilones (un fallo habitual en la discrografía de esta chica). Casi lo mismo se puede decir de She’s 22, pero por algún motivo a mi me gusta más Take It Back.

Y por último algunas cancioncitas de corte más neutro, como Happy Pills (el single) o Miriam, que sí que aportan poco con respecto a sus anteriores discos, sirven de argamasa (ojo, no relleno, porque no me parece que ninguna de ellas sea ni siquiera mala) para Little Broken Hearts. Se cuelan entre los mejores temas sin desentonar y que convierten su escucha en una agradable acción que se puede desarrollar una tarde de domingo con un sofá y un periódico al que no prestarle demasiada atención mientras se queda uno estudiando el gotelé de las paredes de su salón.

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‘Un Día Extraordinario’ de Marlango: es lo mismo, pero no es igual

Publicado en 07 mayo 2012 por

Lo confieso: aunque a priori tienen todos los ingredientes para ser de mis favoritos, nunca he sido una gran fan de Marlango. Siempre achaqué el inusitado éxito de su homónimo debut en 2004 a la popularidad de la que gozaba Leonor Watling en aquél momento. No es que el disco me pareciera malo, pero siempre tendí a pensar que había varios grupos pequeñajos en nuestro país haciendo más o menos lo mismo y que no iban a triunfar nunca porque no tenían a una chica Almodóvar por cantante. En fin, da igual, el caso es que lo suyo no fue flor de un día y con el paso de los discos me han ido ganando con lo que yo entiendo como una trayectoria de calidad ascendente.

En mi opinión el punto álgido de dicha trayectoria tuvo lugar con la publicación de The Electrical Morning (2007), trabajo que se encuentra en mi top 10 particular de discos para follar y que mezclaba muy hábilmente un lejano sabor a jazz con melodías muy fáciles de seguir. Era difícil mantener el listón, y Life In The Tree House (2010) me pareció una castaña muy carente de interés y que casi nunca me apetece oír, probablemente venida también a menos por la calidad del disco anterior.

Ahora por primera vez Marlango se animan a cantar en castellano, no sé muy bien por qué, porque la gran parte de su público potencial ya parece más que conquistado y no es de los que exige canciones en español. El caso es que el cambio de idioma ni empeora ni mejora el resultado. En mi caso tal vez lo empeora un poquito, porque me obliga a fijarme en las letras (en inglés puedo poner el piloto automático y no preocuparme mucho de lo que se dice) y a darme cuenta de que, por ejemplo, la embriagadora melodía de Bocas Prestadas no está acompañada por una letra 100% a la altura, sino que el estribillo se hace un pelín repetitivo. Aún así, dicho tema me encanta y es una de esas canciones con las que cerrar los ojos y relajarse con una media sonrisa en la boca.

Corríjanme si me equivoco, pero también me parece que este último álbum de Marlango es algo más alegre que los demás. Lo Que Sueñas Vuela lleva la marca inconfundible del grupo, pero me parece un poquito diferente al resto de sus canciones: algo más movida que la mayoría de sus temas anteriores y con una letra que no busca ser ni sensual ni pretenciosa: solamente divertida. No obstante, los temas con ritmos más marcados (e incluso un poco latinos a veces) como Si Yo Fuera Otra son minoría en el disco y parecen un poquito metidos con calzador entre las canciones típicas de Marlango.

Los puntos más agridulces vienen con las dos últimas canciones, Bailando Sin Querer Llegar y Para Qué Doler, dos canciones que de algún modo me recuerdan a la famosa melancolía de Vetusta Morla, pero con los ritmos acuosos de Marlango. De igual modo, el single, Dame La Razón, es también marca de la casa: aceitosa, tranquila y sin sobresaltos, pero sensual y esencialmente cautivadora. En general Marlango es así, pero algunas canciones están más logradas que otras y este single es la demostración de que Un Día Extraordinario es uno de sus trabajos que más temas que me gustan contiene, aunque sigue sin llegar, para mi, al nivel de The Electrical Morning.

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Diversidad y calidad en la X Edición de La Radio Encendida

Publicado en 26 marzo 2012 por

Como cada año, en marzo, Radio3 y La Casa Encendida (para los no madrileños, un centro cultural financiado por la obra social de Bankia) se unen para poner al alcance de los madrileños La Radio Encendida: un matarón de 12 horas de música en directo retransmitido por la radio pública y que se desarrolla en distintos espacios de La Casa a lo largo de un domingo. Puedes escuchar todas las actuaciones aquí. Ya eché una ojeada a lo que se cocía el año pasado, pero sin quedarme mucho porque desde pronto las colas que se organizan son inmensas. Este año tuve la inmensa suerte de ser una de las twitteras oficiales del evento, de modo que pude juntarme con otros twitteros aficionados a la música, disfrutar de todos los espacios y personas que componen La Casa Encendida, sacar todas las fotografías que me apeteció y, por supuesto, escuchar y retransmitir los conciertos que se iban sucediendo en el patio y el auditorio. Fue una experiencia enriquecedora y divertida que espero poder repetir.

Celebrando los 25 años de Discópolis…

La Radio Encendida comenzó a las 12 de la mañana con la actuación de Aura Noctis en el auditorio. Lamentablemente entre acreditaciones, saludos, indicaciones y demás los twitteros oficiales llegamos un poquito tarde a este concierto y, por lo que pude escuchar, fue una pena: Aura Noctis practican una suerte de folk gótico, con una auténtica profusión de instrumentos variados y un sonido instrumental muy definido que, sin ser original, engancha e interesa. Son jóvenes y estaban nerviosos (la retransmisión era a nivel nacional), pero se defendieron bien sobre las tablas.

Sin cambiarnos de escenario, pasamos a un registro  completamente distinto: Scumearth (la Mugre de la Tierra, según él mismo) se pasó media hora haciendo ruido. Obviamente, era una actuación no apta para todos los públicos (de hecho un niño sentado detrás de mi pasó bastante miedo y no aguantó ni cinco minutos), pero eso no es ni bueno ni malo. Como bien dijo José Miguel López, este tipo de artistas también existen y, nos gusten más o menos, hay que darles la difusión que su esfuerzo creador se merece. La actuación de Scumearth no fue agradable (cuando digo ruido me refiero a sirenas distorsionadas), pero a mi me resultó interesante: para empezar, tuvo algo de hipnótico y casi narcótico, a pesar de que los sonidos (a veces parecía que estabas en una guerra o algo así) eran estridentes. Fue curioso.

Carlos Villoslada, el saxo de Kind Of Cai

Acto seguido pudimos pasar al patio de La Casa Encendida donde nos esperaban Kind Of Cai, un trio que, aunque se presentan como banda tributo a Miles Davis, son algo más que eso: ejecutaron una preciosa reinvención de varios temas del maestro del jazz mezclados con flamenco y bulerías. Los tres integrantes de la banda demostraron ser extraordinarios músicos y la sensibilidad con la que revivieron los temas de Davis dejaron al patio (sentado en el suelo y lleno de niños) con la boca abierta. En mi opinión fue una de las mejores actuaciones de la jornada, todo un descubrimiento que se me hizo corto.

Lara Bello al principio de su actuación

Para acabar con el ciclo matutino, coordinado por José Miguel López, director del programa de Radio3 Discópolis (que celebra este año su 25 aniversario), subió al escenario Lara Bello, una cantautora granadina que trajo ritmos del sur al escenario. No me interesó mucho su actuación y, junto con otros tuiteros, la seguimos desde la terraza de La Casa Encendida.

… Y de Cuando Los Elefantes Sueñan Con La Música

Las primeras actuaciones de la tarde fueron presentadas por Carlos Galilea, cuyo programa Cuando Los Elefantes Sueñan Con La Música también está de aniversario. Las delicias culinarias de la nueva cafetería de La Casa nos impidieron asistir a la actuación de Jabier Muguruza, así que pasamos directamente al patio para disfrutar de la bossa nova de Alaine Frazao. A esta artista angoleña le bastó media hora sobre el escenario para hacernos sonreír con su actuación. Todo en ella fue bello y armonioso: su aspecto, la dulce voz con la que explicaba las circunstancias en las que había compuesto cada canción que luego se transformaba en un sólido vehículo para éstas y la amabilidad con la que después se acercó al público para comentar la actuación. Pongo el de Frazao entre los mejores conciertos del día porque con su sencillez, la chica me cautivó y emocionó a partes iguales.

Hacia las 5 de la tarde llevaba uno de los momentos más esperados del día: el pequeño acústico en el que Annie B Sweet presentaría algunos temas de su nuevo álbum. Para este momento la cola ya daba la vuelta al edificio y en el patio no cabía un alfiler: La Radio Encendida volvía a ser un éxito. A mi la actuación de Annie B Sweet me supo a poco (no por duración, sino por calidad), especialmente viniendo de una que me había gustado tanto como la de Alaine Frazao. Las nuevas canciones de Annie no me parecieron ni buenas ni malas. Sencillamente, más de lo mismo. Sus fans estarán contentos y los que no sentimos mucho interés por las cantautoras de voz dulce, guitarrita, vestido y leras en inglés seguiremos con nuestra existencia tranquilamente.

La tarde se convierte en noche y empieza la fiesta

Txetxu Altube, el vocalista de Los Madison

A partir de este punto los siguientes conciertos tuvieron un aire más animado y la fiesta fue creciendo según pasaban los minutos. En un auditorio hasta la bandera de gente Doble Pletina recibieron el premio Disco Grande ofrecieron un popero set de media hora divertido y bien ejecutado, que sirvió de presentación para un grupo que en algo (no sé muy bien en qué) me recordó a unos Fresones Rebeldes oscurecidos y eléctricos.

Después, otro de los momentos más esperados: Los Madison ofrecieron 50 minutos de rock directamente nacido de la escucha compulsiva de los discos de Bruce Springsteen and The E Street Band y de otros grupos rockeros de Jersey. Aunque yo no los conocía, esta banda madrileña ya tiene tres discos en el mercado y contaban con un nutrido grupo de fans entre el público. Su actuación, sin descubrir nada nuevo, añadió una nota de rock bien hecho y brillantemente ejecutado a la jornada. Me sorprendió gratamente encontrarme con un grupo español de estas características y me deleité con el virtuosismo de su guitarrista.

Fuel Fandango, como siempre, rodeados de flores

La Casa era ya un hervidero de gente cuando Fuel Fandango saltaron al escenario: contaron con 45 minutos para montar una inesperada fiesta en el patio. Muchos de los asistentes no los conocían y creo que fueron los que más disfrutaron con ellos. Fuel Fandango sorprenden y divierten a partes iguales y, aunque su actuación fue de las que peor sonó, lo compensaron eligiendo sus canciones más cañeras para que el patio no parara de bailar ni por un minuto. Nita se desgañitó y yo me divertí más que cuando los vi a principios de mes: creo que el formato de 45 minutos encaja más con su repertorio.

Mayka Edgo durante los últimos instantes de la actuación de The Sweet Vandals

El último concierto al que asistí antes de retirarme a mi casa agotada fue el de la formación de jazz The Sweet Vandals, completamene desconocidos para mi. Se plantaron en el escenario con su vocalista Mayka Edgo como un torbellino que no paró durane los 45 minutos de actuación. Transmitían pasión y calidad y lamenté perderme parte del concierto. Aún así lo que llegué a ver mereció completamente la pena.

Y que cumplan muchos más

Hasta aquí llegó para mi la cosa: eran las 9 de la noche y, aunque quedaban un par de conciertos, yo había superado el límite de mis fuerzas. Además, tenía un buen paquete de fotos que editar y preparar para compartirlas hoy. De este modo cierro el post expresando mi agradecimiento a los organizadores del evento, especialmente al equipo de comunicación de La Casa Encendida, que nos trataron magníficamente y con los que pasé un día divertido e inolvidable. El ambiente de La Radio Encendida es todo lo que se espera de ella y un poco más: diverso, público y ante todo divertido. Me gustó especialmente el buen rollo que hubo en las actuaciones de la mañana, mucho menos concurridas y llenas de familias con niños que, educadísimos, no se perdieron ni una sola nota. Fue un placer y un privilegio poder disfrutar así de La Radio Encendida. Sin duda, no me perderé la edición del 2013.

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Los años no perdonan…

Publicado en 27 julio 2010 por

La artista Diana Krall comienza su concierto en los Veranos de la Villa 2010 con cuarenta minutos de retraso y cara de pocos amigos.

Cuarenta minutos. Eso es lo que tardó ayer la (antaño) diva del jazz Diana Krall en salir al escenario de Puerta del Ángel de los Veranos de la Villa de Madrid. Cuarenta minutos tras los cuales entonó recitó a media voz y apenas vocalizando el ya habitual I love being here with you con el que empieza la gran mayoría de sus actuaciones. Y digo yo, que si cantas eso de

 I love the East, I love the West / North and South, their both the best / But I only want go there as a guest / Cause I love being here with you

con una cara de pasa que da a entender que estar aquí con nosotros te apetece tanto como que te den una patada en la entrepierna, la cosa pierde bastante gracia. Vamos. Que el panorama empezó con tintes oscuros.

Afortunadamente la cosa fue remontando, aunque bien es cierto que 75 minutos no dan para mucho… La temperatura en la Casa de Campo era agradable, la banda estaba en forma y la diva se arrancó con las (ya típicas) felicitaciones por el mundial, referencias a su (amadísimo) esposo y a sus retoños. Todo muy entrañable. No pidió disculpas por el retraso, pero al menos intentó ser amable con el público. Ya es más que la última vez que la vi. Pero a lo que vamos: la música siguió su ritmo, prestando más atención a sus temas más clásicos (especialmente agradable el Frim fram sauce) que a los de su (soso y) último disco, Quiet Nights. Lo mejor de la noche, sin duda, las improvisaciones de los cuatro músicos. La Krall no estuvo especialmente brillante cantando (todavía me pregunto dónde demonios esconde esa voz que parece que te acaricia la espalda cuando dice I could drik a case of you), pero lo que no puedo negar es que al piano la mujer no decepcionó. No obstante, si tengo que elegir, me quedo con Anthony Wilson, el extraordinario guitarrista que nos regaló los que para mi fueron los mejores momentos de la actuación. Un portento improvisando sobre las notas del Cheek to Cheek.

Aún así, los trucos de magia de los músicos no sirvieron para enmascarar la cruda realidad: y es que una actuación para la cual las entradas más baratas costaban 42 € más gastos de gestión, duró una escasa hora y cuarto. ¿Admisible? Yo creo que no. El lado bueno es que los que estuvimos de pie no tuvimos tiempo de cansarnos demasiado.

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