Imaginemos que estamos paseando por un bosque, una calle abarrotada o, en realidad, cualquier sitio; incluso un caminito de piedras podría servir. A medida que recorremos metros dejamos atrás a un montón de gente que, fiel al egocentrismo que rige nuestros días, se cree más importante de lo que es. Algunos, en realidad, llegarán a serlo mientras que otros no harán historia en nada. No obstante, eso no tiene nada de malo: si todo el mundo hiciera historia, de la manera que fuese, habría un importante exceso de información, así que es mejor dejar la cuestión como está. Nosotros no queremos perdernos, aunque el camino no sea más que una linea recta. Al final de aquél, divisamos un enorme castillo (si alguien ha escogido la calle abarrotada lo puede cambiar por un rascacielos gigante). Que cada cual escoja lo que quiera: yo voy a entrar en el castillo y lo haré solo.
El castillo tiene varias divisiones: en la parte baja están los pequeños sótanos donde se aglomera la gente con talento que aspira a ocupar puestos más altos sin sacrificar su dignidad. No tienen muchas posibilidades, de hecho, pero si su intención perdura, su valor podría aumentar de forma proporcional. Si el castillo fuera el Titanic, esta gente formaría parte de la tercera clase que no puede subir a cubierta porque los oficiales han cerrado las rejas. Y, aunque no faltan rejas en este castillo, yo ya conozco de sobra éstos y otros sótanos, así que prefiero explorar.
Subo y llego al hall, donde viven unas personas a las que el adjetivo “descuidadas” les vendría de perlas. Descuidan su higiene y también el bienestar de la gente que vive en la parte baja. Su zona es brillante y pretenciosa, llena de objetos metálicos que no se sabe muy bien para qué sirven. Estas personas serían las que cierran las rejas y amenazan a los más desesperados. Son ambas cosas, tanto prescindibles como reemplazables, y no se merecen ni la décima parte de la atención que reciben. Cuando abandonan el castillo no se vuelve a saber de ellos, de lo cual me alegro. Pero tampoco me voy a parar aquí…
Sigo subiendo, cada vez más rápido, puesto que ya tengo un destino en mente. Cada vez que llego a un piso nuevo observo que las habitaciones son más grandes y están más decoradas. Las personas que viven en ellas tienen que ser muy importantes para poder permitírselo. Algunos espacios están mejor decorados que otros; unos rozan el mal gusto y dañan la vista mientras que otros podrían formar parte de un museo clasista. Alguien, no sé muy bien quién, me dice que sus habitantes suelen estar poco tiempo pero que los que vienen detrás no cambian ni un solo cuadro. Por alguna razón, eso no me extraña. Algunos se merecen vivir ahí y otros no, pero sigue habiendo una barrera que los separa de la parte más alta, que es hacia donde me dirijo.
Llego, por fin, a la zona de las suites. Hay pocas y cada una tiene su personalidad: unas cuantas están ocupadas por gente que luce pelucas blancas rimbombantes y apellidos de difícil pronunciación mientras que en otras viven personas sin una clara asociación: puede que compartan habitación por sus pintas… otras, directamente, están vacías, probablemente esperando a que alguien las ocupe. Ésa es la intención de los que vagan por la zona intermedia pero, por desgracia para ellos, a las suites se suele acceder de forma directa y, la mayoría de las veces, sólo después de muerto. Por fin llego a mi destino. Es una suite apartada en cuyo interior se oye ruido. Abro la puerta con suavidad; no quiero molestar…
El espacio es grande y la decoración no está muy cargada; los pocos objetos que hay son de mucha calidad. En el centro de la habitación hay un piano y, mientras lo acaricia con delicadeza, una mujer que lleva diez años viviendo aquí me mira y me hace una mueca, como queriendo decir “siéntate y no molestes, que estoy practicando mi arte”. Efectivamente, está cantando y su voz no se parece a nada que se haya podido oír antes o después. No necesita presentación: es Nina Simone. Tampoco nos interesa su vida; muchos han hablado y hablarán de ella y, de todas formas, el mayor esfuerzo habrá sido cortar y pegar o reescribir textos de otros sitios.
Nina no sólo canta; sino que también declama con armonía. Uno de mis mejores amigos dijo de ella una vez: “es que Nina Simone hace arpegios hasta cuando estornuda” y puede que esté en lo cierto, ya que incluso su nombre (por muy artístico que sea) tiene ritmo. Ahora parece que está aporreando el piano: seguro que las notas se pueden oír desde el caminito de piedras. Presto más atención y me doy cuenta de que no está aporreando nada: los dedos siguen rozando las teclas con la misma delicadeza que al principio pero el volumen es ensordecedor aunque no desagradable. Es casi milagroso.
Cuando termina la canción Nina mira hacia aquí y espera un minuto, callada. El ambiente es tenso y, cuando pasa ese minuto, me doy cuenta de que, en realidad, la canción aún no había terminado. Sólo entonces se permite una sonrisa tímida a la cual correspondo. La reciprocidad provoca una carcajada. Nina se carcajea. Se ríe tanto que al final acaba tosiendo como si fuera una mala de película y ya sólo puedo pensar: “mi amigo tenía razón: ¡estornuda en arpegios!”
Rápidamente cambia su semblante y se torna sombrío: otra canción comienza. La escucho y es entonces cuando me doy cuenta de que Nina es eso: clara y oscura; austera y vanidosa; una mezcla de voz y piano que basta para crear una sinfonía. Y ante eso sólo se puede hacer una cosa: sentir y disfrutar de la certeza de que Nina siempre estará entre los más grandes, exactamente donde le corresponde.























































