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“The Colour And The Shape” cumple 15 años

Publicado en 20 mayo 2012 por

Celebramos el aniversario del álbum con el que Dave Grohl dotó de identidad plena a sus Foo Fighters y empezó a hacerse un hueco en el olimpo del rock.

"Con lo que molo y estoy solo"

Corría el año 1995 y Dave Grohl se sentía solo. Después de la trágica desaparición de Kurt Cobain y la consecuente disolución de Nirvana, el joven ex-batería de la banda más popular del grunge había conseguido sorprender a propios y extraños con el lanzamiento de “Foo Fighters”, proyecto en solitario en el que él mismo había grabado absolutamente todas las pistas y tocado todos los instrumentos. El lanzamiento del álbum había venido acompañado de la formación tentativa de una banda del mismo nombre, para la que había contado inicialmente con el bajista Nate Mendel y el batería William Goldsmith, ambos procedentes de Sunny Day Real Estate, así como con el guitarrista Pat Smear, con quien ya había coincidido en Nirvana. Pero Grohl no quería que aquello se quedara en un proyecto paralelo más y se dio prisa en tratar de afianzarlo proponiendo a sus nuevos compañeros la grabación de un disco a partir de algunas de las composiciones que habían ido surgiendo durante su reciente gira juntos.

Pat Smear, Dave Grohl, William Goldsmith y Nate Mendel: los primeros Foo Fighters

Para finales de 1996, Grohl había conseguido convencer a Gil Norton de que se hiciera cargo de la producción después de dos intensas semanas trabajando juntos sobre las canciones, de modo que  ya disponía de todos los ingredientes necesarios para empezar a grabar. El 18 de Noviembre de ese mismo año, los  Foo Fighters se encerraban en los estudios Bear Creek de Woodinwille, Washington, para comenzar a dar forma a su primer álbum como banda. Para Dave, los días trabajando solo en el estudio quedaban atrás y veía hecho realidad su sueño de volver a sentirse parte de un grupo en el que además esta vez él era el líder.

Desde el inicio, Grohl se echó todo el peso de la banda a sus espaldas.

No obstante, la gestación de “The Colour And The Shape” no estuvo exenta de complicaciones. El alto grado de exigencia de Gil Norton hizo que el productor nunca estuviera del todo conforme con el trabajo de la sección rítmica, lo que llevó a Nate Mendel a la necesidad de trabajar duro para potenciar sus habilidades con el bajo. En el caso de William Goldsmith la solución no sería tan sencilla: la experiencia y virtusismo con la batería de Grohl, que nunca vio fielmente plasmadas sus ideas en el trabajo de Goldsmith, supusieron una carga demasiado pesada. En un primer momento, la decisión fue tomarse un respiro de un par de semanas durante las que Grohl escribiría algunos temas nuevos para completar el álbum. Más tarde, en Febrero de 1997, la banda se trasladaría a Hollywood  sin contar con Goldsmith, a quien simplemente se comunicó que Grohl haría algunos añadidos en “Monkey Wrench”. La realidad fue que acabaron regrabando gran parte del disco sin su participación,  y aunque más tarde Grohl comunicaría a Goldsmith su deseo de que continuara siendo parte del grupo, este abandonó la formación sintiéndose claramente ninguneado. Solventada la crisis con mayor o menor fortuna, lo cierto es que las cosas empezaron a funcionar y el disco cobró forma y color a gran velocidad. Grohl había conseguido rescatar un proyecto que se había convertido en una cuestión personal.

Taylor Hawkins sustituyó satisfactoriamente a Goldsmith.

Tras la finalización del proceso de grabación, la banda se daría prisa en buscar un nuevo batería que hiciera posible la ejecución de los nuevos temas en directo. Taylor Hawkins se reveló como el perfecto alter ego de Grohl en ese sentido y aparecería ya en todos los vídeos promocionales.  El 28 de Abril de 1997, “Monkey Wrench” golpeaba las radios como primer adelanto del nuevo álbum de Foo Fighters, que finalmente vería la luz el día 20 del siguiente mes. La tímida apertura de “Doll”, en palabras del propio Grohl “una canción sobre el miedo de meterse en algo para lo que no sabes si estás preparado”, quedaría inmediatamente injustificada por una magistral sucesión de canciones en las que se alternaban energía y sutileza, como “Hey, Johnny Park!”, “My Poor Brain”, “Up In Arms” o “February Stars”, aparte del conjunto de sencillos, completado por la inefable “Everlong”, la épica “My Hero” y la melancólica “Walking After You”, escrita y grabada en solitario por Grohl durante aquellas dos semanas de aislamiento en Virginia y quién sabe si motivada por la crisis que su matrimonio con la fotógrafa Jennifer Youngblood atravesó durante la época de intenso trabajo en el álbum y que acabó en divorcio.

Grohl, ejerciendo como testigo en el traspaso de poderes entre Smear y Stahl.

Con el disco ya terminado y en el mercado, el último revés aún habría de llegar en forma del abandono de Pat Smear, que declaraba sentirse agotado y sin la motivación necesaria para sumergirse en otra larga gira.  El relevo por Franz Stahl, antiguo compañero de Grohl en la banda Scream, fue edulcoradamente escenificado en un acto celebrado en el Radio City Music Hall, donde el propio Smear le entregaría el testigo de la guitarra para participar en el resto de actos y vídeos promocionales que quedaban por llegar, además de en la inminente ronda mundial de conciertos.

Indudablemente, “The Colour And The Shape” fue la culminación de una de las épocas más intensas de la vida de Dave Grohl, así como el comienzo de una nueva etapa más gloriosa y duradera que se prolonga todavía hoy. Cinco álbumes y quince años después, nadie puede dudar del tamaño de su genio, que empezó a destaparse con aquella maravillosa colección de canciones elaboradas con una mezcla inusual de maestría e inocencia juvenil. Entonces hubo de superar duras pruebas que le costaron tres cambios de formación y un matrimonio, pero de momento sigue consiguiendo hacer realidad su sueño y lo hace con la misma energía y positividad que cuando empezó.  Ojalá todo pueda seguir siendo tan auténtico para siempre.

 

 

 

 

 

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Los Foo Fighters se pasan más de dos horas y media sobre el escenario

Publicado en 07 julio 2011 por

Mi amigo heavy me había comentado muchas veces que la única gran banda de rock que le quedaba por ver eran los Foo Fighters y que tenía muchas ganas de quitarse esa espinita. Por eso la mañana de marzo en que se anunció que la banda de Dave Grohl nos visitaría este verano la alegría fue mayúscula. El inmediato anuncio de que los teloneros serían The Gaslight Anthem, una formación que yo ya llevaba algunos meses siguiendo con devoción, vino a redondear la jugada. Olía a conciertazo y nadie se lo quería perder. Tanto es así que las entradas llevaban más de un mes agotadascuando nos plantamos en la pista del Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid, ansiosos por ver al carismático Grohl en carne y hueso.

The Gaslight Anthem

Tal y como me temía, casi nadie conocía a estos teloneros procedentes directamente de Nueva Jersey. Casi nadie hizo demasiado caso de sus rockeros ritmos ni de la descarada influencia que el Boss ejerce sobre ellos. Aunque me encanta este grupo y ardía en deseos por verlos, la experiencia fue decepcionante. Estaba claro que el Palacio de los Deportes se les quedaba grande (cuanto lamento no poder verlos esta noche en la sala Bikini de Barcelona, donde sin dura van a lucir mucho más). La voz de Brian Fallon era incapaz de aguantar el registro desgarrado del que hace gala en los discos y, para ponerlo más difícil, el sonido era deplorable, de modo que en las dos primeras canciones solamente se oía la batería.

Lo que se vio ayer en el Palacio no hizo justicia a los tres discazos que tiene este grupo. La selección de temas que hicieron, incluyendo dos caras b (que solo conocíamos los absolutos incondicionales) y que dio demasiado peso a los temas más lentos; hizo que el público, que esperaba ansioso la potencia de los Foo, no se interesara demasiado. Solamente la inmensísima The 59′ Sound despertó algunos bailes y palmas. Espero poder verlos pronto en una sala más acorde (o sea, mucho más pequeña) y en mi propia ciudad.

Foo Fighters

Con pasmosa puntualidad Dave-el-ídolo-Grohl y su banda saltaron al escenario. El público enloqueció con Bridge Burning y el grupo se vino arriba. Una de las principales deficiencias del show se veía venir desde antes de empezar: no emplearon ni una sola pantalla ni proyector para que los que no estábamos tan cerca pudiéramos ver lo que sucedía en el escenario. Craso error, porque ver cómo se mueve Grohl por las tablas mientras aporrea su guitarra es todo un espectáculo. Trataron de suplir esta carencia con una pasarelaque llegaba hasta la mitad de la pista, pero lo cierto es que Dave tampoco la usó tantas veces y los que estábamos ahí abajo apenas pudimos ver nada de lo que hacía la banda.

El siguiente problema fue más serio: Dave Grohl es un tío carismático, gracioso, divertido, entregado a su público; un gran compositor y un guitarrista bastante decente. Pero no tiene voz. Desde la primera hasta la última canción demostró que se le da genial pegar berridos delante del micrófono (breaking news: a mi también), pero que es incapaz dar notas como Dios manda y, mucho menos, de cantar sin que todos los instrumentos se lo coman. Para mi esto fue una gran decepción, porque lo que escuché no fue ni un pálido reflejo de lo que hay en la genial discografía de la banda.

Ni el sonido del recinto ni el virtuosismo de los músicos fueron especialmente brillantes. El concierto empezó muy intenso y con el público muy entregado, yo entre ellos. Me gustó especialmente como sonaban las canciones de su último disco, Wasting Light, especialmente Arlandria y Walk; pero cuando llevábamos una hora de concierto empecé a mirar el reloj. Francamente, todo me sonaba un poco igual, empezaba a aburrirme de no ver nada y no me parecía que la interpretación mejorara las versiones de los discos. A partir de Walk el concierto empezó a decaer para mi. Era la duodécima canción y quedaban 14. Siento decirlo, pero el resto del tiempo me aburrí. Hubo canciones muy fuera de lugar, como Skin & Bones o los dos covers que se marcaron en los bises; y las payasadas prolongaron innecesariamente canciones preciosas como Wheels o Time Like These, que no lucieron tanto como deberían.

He leído a mucha gente decir que las dos horas y tres cuartos que se pasaron sobre el escenario fueron impresionantes. Es cierto, tocar durante tanto tiempo es algo muy loable y fuera de lo común. Los más fanáticos estaban encantados. Pero para que un directo sea memorable no basta que sea largo: para tocar durante casi tres horas hay que tener muchas canciones buenas. Y a mi me parece que los Foo no tienen tantas. Lo que sí que les sobra es cuerda para hacer payasadas e interaccionar con el público: eso lo hacen mucho y bien, pero a la cuarta vez empieza a aburrir.

En resumen, yo alabo a toda la gente que quiera dar conciertos largos. Me parece perfecto y me saco el sombrero. Pero un grupo también tiene que saber seleccionar cuales son sus mejores canciones, sobre todo cuando tocas ante diecisiete mil personas: muchos podemos conocer todos sus discos pero sin volvernos locos, y también hay que tenernos en cuenta. Ha estado bien ver a los Foo. Son una banda que merece la pena, pero yo me esperaba mucha más calidad. No creo que repita. Por cierto, de nuevo, gracias a los superpoderes de mi amigo, puedo ofreceros el (interminable) setlist completo de anoche en forma de lista de Spotify.

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