En 2009, a la vez que la última “calabaza” original -al margen de Billy Corgan-, Jimmy Chamberlin, anunciaba su marcha definitiva, el líder de la banda de Chicago anunciaba el ambicioso proyecto Teargarden by Kaleidoscope. Un trabajo que iría cayendo a cuenta gotas hasta conformar un disco de 44 temas basados en las cartas del Tarot. Esto que dicho así puede sonar a paja mental y de las gordas, dejó por el camino, entre diciembre de 2009 y mayo de 2011, un total de 10 canciones diseminadas entre mp3′s descargables y recopilaciones en E.P. Ahora llega Oceania, la primera pieza del trabajo global concebida como un l.p. normal, que con sus 13 cortes eleva el total conseguido a 23. Ya queda menos.
Desde que los originales Smashing Pumpkins comenzaron a desintegrarse, declaraciones de unos y otros han conducido a una idea común: Billy Corgan fue siempre el jefe absoluto y el grupo era SU grupo, SU sueño y SU proyecto. Por tanto donde otros hubiesen puesto punto final por lo absurdo de mantener un nombre del que no queda más que una persona de cuatro, Corgan se rehace, tiene un arrebato de orgullo y los recompone, dejando claro que esa banda de nombre un tanto bobo se compone de ÉL y quienes él quiera. De modo que ficha a Mike Byrne para la batería, un chaval de 19 años sin ningún nombre ni experiencia apreciable, a la bajista Nicole Fiorentino, vieja conocida del grupo -fue bajista de sustitución e incluso apareció de cría en la portada del Siamese Dream (1993)-, y al guitarrista Jeff Schroeder, que pese a llevar tocando desde niño, estaba más ocupado de su tesis doctoral que de la música. Nótese la insistencia de lo femenino en el bajo y de la presencia asiática, ya que Schroeder es de origen coreano. Una repetición de patrones ante la que quizá la psicología tenga algo que decir.
Francamente, no parecen buenos antecedentes para esperar algo grande de los nuevos Smashing, y sin embargo, los medios, por lo general, lo están acogiendo muy bien. En mi caso me quedo a dos aguas. No es una obra maestra, pero no es malo, de hecho contiene momentos estupendos. Empieza muy alto y va cayendo para recuperarse en ocasiones, sorprende y emociona, suena a los Pumpkins pero no acabas de reconocerlos, a veces se copian a sí mismos pero hay algo distinto, da la sensación de estar como ese ciclista al que le toca compartir vida deportiva con el gran ganador del momento: siempre segundo, siempre cerca de tocar la gloria absoluta pero sin alcanzarla hasta que llega su declive. Ordenemos un poco estas ideas.
Lo primero que de forma natural me trae Oceania a la cabeza es que en mayor o menor medida, recorre todas o casi todas las vertientes sonoras del grupo. Están todas presentes en algún momento: alt-rock, psicodelia, grunge, metal, darkwave…, al igual que el tono: angustia, sensibilidad, emociones, épica, languidez, rabia…, bien en aquel riff, bien en esta batería, en esos coros, en este feedback o en la pura melodía. Mientras que en otros trabajos de la banda siempre se inclinaba la balanza de un lado de forma más evidente, en este parece que todo queda mucho más equilibrado, y puede que eso sea lo que descoloca en un inicio. Líricamente todo muy a lo Corgan, letras y motivos muy personales y emotivos, a veces incluso demasiado evidentes o más apropiados para un letrista mucho más joven, que tanto en lo que dice como en los sonidos, a veces recuerda a viejos éxitos de los anteriores Smashing, cosa que desconozco si es adrede o casualidad.
http://www.youtube.com/watch?v=qoPmyFABxZk
El disco comienza como un disparo con Quasar, un tema del lado hard-rock con un estribillo acoplado a la perfección a los cánones de la psicodelia británica de otro tiempo, de modo que promete desde un inicio para los fans más duretes del grupo. Panopticon mantiene el pulso en el riff de guitarra y la batería, pero se va alejando de estas coordenadas en el tono melódico, que poco a poco se suaviza hacia el pop mientras que la guitarra se desliza hacia amagos de prog-rock según el bajo vivaracho, en el colmo de la heterodoxia, se descuelga por momentos a sonidos que hubiesen firmado los Banshees en el 83. Este tema nos deja claro que el disco promete mucho. Y llega The Celestials, balada enérgica que a menudo se coloca en esa tercera posición, con tintes folkies que remontan magnificamente cuando la electricidad entra en escena y deparan un final absolutamente típico de Smashing Pumpkins, emotivo, intenso y épico que consigue eludir un mensaje un tanto manido. La electrónica aparece en Violet Rays, acompasando un inicio que quiere ir creciendo a ritmo de batería e intensidad vocal, hasta componer otra canción densa, dentro de su tono calmado, que alcanza momentos preciosos sin terminar de romper del todo y que queda un poco en evidencia cuando prácticamente cita a In the Arms of Sleep.
Cuando llega My Love is Winter el disco ya se ha instalado en la vertiente pop-rock de los Pumpkins, múltiple de matices y aristas, y a estas alturas ya nos hemos olvidado de las sospechas sobre los instrumentistas, que van salvando con nota una a una las canciones. Nada cambia en One Diamond, One Heart, salvo que el teclado se queda durante toda la pieza y que el resultado general hace que la fórmula flaquee un pelo. El declive es evidente en Pinwheels, aunque consigue recuperarse con la sonoramente ambiciosa Oceania, la cual me parece el perfecto paradigma que sintetiza el disco: un tema que podría haber sido absolutamente grande y se queda a medio camino, por mucho que sus nueve minutos den para mucho y que acaba inapropiadamente. Pale Horse es una nueva balada bella, con el freno de mano puesto que quiere rememorar momentos de Adore (1998) sin alcanzarlos más que por lo acertado del piano. Con The Chimera retornan las guitarras metaleras y las melodías vitamínicas, dando paso al power-pop de Glissandra, una canción de nuevo con instantes fabulosos pero que se enreda en sí misma. Con Inkless se acaba la electricidad, y Wildflower cierra todo con pesarosa atmósfera.
Con todo lo bueno y todo lo dudoso dicho hasta ahora, creo que Oceania va a ser un disco que necesita tiempo de digestión, o mejor, de apreciación. Quizá ahora pesen más tantos momentos gloriosos que creo no culminan, y a lo mejor de aquí a un año me parece lo mejor que haya hecho jamás Billy Corgan y quienes quiera que conformen los Smashing Pumpkins. La nota que hoy le pongo, queda en cuarentena. Y es que he de reconocer que aún ando descolocado, pero con muy buenas sensaciones. Puede que este darse la vuelta sobre sí mismo de Corgan provoque esta sensación, todo el disco es una reminiscencia de todo lo que ha dicho y hecho, a veces de forma muy evidente. Preguntadme mañana, pero escuchad Oceania, por favor.
























