17/05/13: Madrid, home show cuyo emplazamiento está por decidir.
18/05/13: Madrid, Fotomatón, 6€.
Canciones que hacen hogares. De esas para escuchar cubiertos con una manta mientras miramos una chimenea, una ventana o una lavadora dando vueltas con una copa de algo bien fuerte en la mano. De esas que acabamos escuchando cuando no queremos oír nada. Música que no alegra el alma, pero que al menos da un poco de calor al corazón. Como el alcohol, que ni alimenta ni lo arregla, pero al menos alivia el frío. Ah, pero hay una ventaja: no hay resaca, o al menos no hay dolor de cabeza ni lengua pastosa. Aunque, acaso, el calor producto de quemar recuerdos, oníricos paisajes de la juventud y de la infancia, escenas campestres en las que la felicidad tenía los colores de un álbum de cromos, corre riesgo de acabar convirtiéndose en un poso más de amargura.
Más o menos eso es lo que uno puede esperarse del There Is A Home For You del cantautor belga Lieven Scheerlinck, que se hace llamar A Singer Of Songs y reside en Barcelona: un compendio de lamentos susurrados, hijos del idilio entre una guitarra eléctrica que distorsiona, araña, se clava y duele; y una acústica que dibuja arpegios de folk, que se arrastra por las melodías como muchos hacemos por la vida, doliendo a cada paso. A veces, una dulce voz femenina para poner un contrapunto. En estos momentos tiende a acordarse uno del británico Damien Rice, aunque es obvio que Lieven, o bien carece del sentido de la épica efectista del londinense, o bien sencillamente no está interesado en los lamentos desgarrados y feroces, sino que prefiere quedarse en la orilla, calando poco a poco con una cadencia que hace que uno se vaya relajando con la escucha.
Hay sorpresas, tampoco creemos que todo va a ser sosegado reposo: ya desde el segundo tema, Silent Soldiers, Scheerlinck deja claro que sabe arrancarle angustiosas tensiones a los quejidos de su eléctrica para volver a dejar asomar a esta faceta cuando llega a Kindess Kills, que brilla por su hábil manejo de los tiempos. Tal vez el equilibrio más acertado entre la delicadeza y la rabia la alcanza en Ruins Of You, que vuelve a la senda de de la manta y hacerse una bola en alguna esquina de la casa mientras el alcohol empieza a hacernos efecto. There Is A Home For You se va haciendo cada vez más tenue a medida que Into The Storm avanza y para cuando termina no tenemos claro cuánto tiempo hace que estamos mirando la pared en silencio. Una cosa está clara: estamos más serenos, tranquilos y reconfortados que al principio. Y eso sienta bien.
Hace ya algo más de dos años de que yo viera a The Bright por primera vez, interpretando las deliciosas canciones de su primer disco en el escenario de la sesión matinal de una edición de La Radio Encendida. Subieron al escenario en medio de una especie de ataque de pánico, se les notaban los nervios y la incredulidad ante todo lo que les estaban sucediendo. Desde entonces los he visto varias veces (porque me gustan mucho) y cada una han crecido con respecto a la anterior. Y la verdad es que es un gusto ver a una banda evolucionar, cumplir las expectativas que habías depositado en ellos y, pronto, superarlas ampliamente, como hicieron anoche en El Sol de Madrid.
Teloneados brevemente por PLV HAVOC, cantautor altamente despeinado que amenizó con sus tortuosos versos, completamente en la onda del Nacho Vegas más eléctrico. Deprimente, austero y con unas interpelaciones un poco extrañas, al menos su intervención sirvió para que la sala se fuera llenando durante 20 minutos. Muy rápidamente se subieron los leoneses al escenario, sin que El Sol estuviera completamente lleno, pero con un nutrido número de gruppies en las primeras filas (van aumentando de un concierto a otro). En ese momento el mundo pareció cambiar, el suelo de la sala pareció llenarse de arena y sonó Estados.
O mucho cambian las cosas o Estados tiene casi todas las papeletas para ser uno de los discos nacionales del año, eso ya ha quedado patente en las últimas semanas. Pero es que aún esperándome un concierto notable, estos 5 me rompieron todos los esquemas. Los temas de Estados sonaron, todos sin excepción, brillantes. Fui al concierto con alguien que nunca había oído los discos de The Bright y al tercer tema ya me estaba diciendo que menudo conciertazo. Y es que no era para menos: sin necesidad de aspavientos, sin que diera la impresión de que se estaban dejando la vida en el escenario, los temas fluían potentes, con la voz de Miryam sólida y segura pero, a la vez, muy dulce; y los frenéticos guitarrazos de Aníbal convirtiendo el folk en rock y transmitiendo una sensación de calidez impresionante.
En el arranque, con Ela, Donde Todo Es Luz y el Jolene de Dolly Parton que tantas alegrías les está dando puso de manifiesto que había amplios sectores del público que se sabían todos los temas. Al resto rápidamente se los habían metido en el bolsillo. Tal vez un poco sorprendente, eso sí, el reducido número de temas de su primer disco que interpretaron del que, no estando tan alejado en el tiempo (hace ahora dos años que se publicó), se quedaron en el tintero temas tan bellos y coreados pos el público como Odd Towns. Pero bueno, si el objetivo era presentar Estados, quedó cumplido con creces porque, como digo, todas sus canciones sonaron poderosamente eléctricas pero sin perder el arenoso sabor de folk del desierto que invade el disco.
Muy destacables sonaron también De Los Que Pueden Dormir y Lo Fundamental, así como los solos de guitarra de los temas más íntimos como Your Private Garden. Como no podía ser de otro modo, hubo un tema de Neil Young en el repertorio (Aníbal llegó a decir que nunca ha dado un concierto en el que no incluya uno), Cinnamon Girl, que sirvió de poderoso y eléctrico cierre para una actuación que deja clara una cosa: lo más probable es que cuando vuelva a ver a The Bright en directo, lo hagan todavía mejor que en esta ocasión. Así parece ser siempre.
El concierto fue retransmitido en directo por AgoraMusic y puedes verlo desde su canal de Youtube, por si te apetece revivirlo o tuviste la mala suerte de perdértelo. Os dejamos también con una pequeña galería con las fotos que sacamos durante el concierto.
Desde que tenemos este blog en marcha no hemos ocultado nuestra predilección por la banda leonesa The Bright, que publicaron su segundo trabajo, Estados, el mes pasado con gran éxito de crítica y público. Mañana es el gran día: mañana Estadosse presenta en la Sala El Sol de Madrid, el segundo concierto de la gira de presentación del disco tras el que ofrecieron la semana pasada en su ciudad natal. Obviamente, nosotros estaremos allí para verlos pero antes nos han dejado hacerles unas preguntitas sobre este nuevo disco y algunos otros aspectos de su música. Sin más dilación, os dejamos con ellas.
Pregunta: ¿En qué parte de la historia se conectan Arizona y la Plaza de Guzmán? ¿Qué caminos habéis seguido para llegar a un sonido tan característico y poco común en nuestro país? ¿Estas influencias musicales os vienen de casa o habéis entrado en contacto con ellas en algún otro momento y/o lugar?
Respuesta: La música que hacemos es el reflejo de un desarrollo que dura muchos años. Cuando te enfrentas a la labor de componer creemos que es importante meterte con estilos que has mamado durante mucho tiempo, es como habar en un lenguaje que dominas de verdad, siempre te podrás expresar mejor. Aunque nuestro abanico es más amplio de lo que pueda parecer a primera vista, por lo que no se pueden descartar sorpresas en un futuro.
P: Aunque no es una relación directa ni demostrable más que por tendencias y casos concretos, suelo fijarme en las procedencias de los grupos y la música que hacen. La pausa de vuestro anterior disco me cuadraba mejor con alguien acostumbrado a los rigores del clima leonés, pero Estados es mucho más cálido, como suelo decir, suena a arena del desierto. ¿A qué se ha debido esta inclinación? ¿hay algo de cierto en esta metáfora climática?
R: Pues es posible que sí, aunque a decir verdad no ha sido una metáfora intencionada. Quizás la grabación del disco ha sido esta vez un intento de escapar del frío, pero también de huir de los clichés. Hay sonidos más cálidos y desérticos, es cierto, sobre todo creemos que los pasajes de guitarra slide aportan mucho al respecto. Pero lo importante es lo que la escucha de los temas pueda inspirar o sugerir al oyente, la capacidad de evocar siempre es positiva.
P: Aunque en los últimos tiempos se nota cierta querencia entre el público nacional por el estilo de música que hacéis, sigue siendo una onda mucho más preciada en el extranjero. ¿No creéis que haber cambiado al castellano puede ser un hándicap? Me viene a la cabeza el éxito internacional que una vez tuvieron gente como Migala.
R: Aquí tenemos que ser muy sinceros: si basas la elección de tu estilo, de tu idioma o de cualquier aspecto de tu música en las posibilidades de éxito que pueda llegar a tener, lo más seguro es que acabes engendrando una enorme mierda. El primer disco surgió en inglés porque lo sentimos así en ese momento, y éste es en castellano por la misma razón. Y a partir de ahí, quien quiera escucharlo será bienvenido, pero siempre tendremos la convicción de que la verdadera forma de llegar al público, del país que sea, es creer realmente en lo que haces.
P: Por otro lado, está claro que con Estados estáis catando las mieles del éxito, tanto entre la crítica como con el público. El cambio al castellano sin duda debe haber contribuido en alguna medida a esto pero ¿qué otros factores creéis que están haciendo que Estados funcione tan bien? ¿Habéis cambiado en algo el proceso creativo con respecto a Sountrack For A Winter’s Tale?
R: Hay muchas diferencias, aunque la fundamental es que este disco se ha hecho con mucha más calma, sobre todo el proceso compositivo, ya que hemos tenido mucho tiempo antes de meternos en el estudio y quizás eso se ha notado. También tocamos con más seguridad, hemos dado más conciertos en los últimos meses que en 10 años en León, y todo eso se acaba transmitiendo a la hora de pegarle fuerte a la guitarra.
P: Últimamente se os ve muy activos en las redes sociales: habéis abierto un blog contando las experiencias que vais viviendo con el nuevo disco, subís muchas fotos a Instagram… ¿Os gusta toda esta historia? ¿Os aporta algo? A mi personalmente me gusta mucho ver las fotos de los lugares por dónde pasáis habitualmente porque siento que conecto mejor con los paisajes que dibujáis en el disco. ¿Son ese tipo de cosas las que pretendéis?
R: Siempre nos ha gustado aprovechar al máximo lo que nos ofrecen las redes sociales.Sobre todo estamos muy enganchados a Instagram, aunque intentamos estar activos en todas. Y el blog no deja de ser nuestro diarío de viaje, nos parece muy bonito estar en contacto con el público, y creemos que la visión en conjunto de todo ello puede hacer que se entienda mejor nuestra sensibilidad.
P: Para saciar curiosidades personales: un par de discos nacionales y extranjeros que últimamente se estén quemando en vuestros reproductores.
R: Nacionales: There’s A Man With A Gun Over There de Niño y Pistola, y Guadalupe Plata el último de Guadalupe Plata.
Internacionales: The Next Day de David Bowie y Push The Sky Away de Nick Cave & The Bad Seeds.
P: Vuestra carrera lleva un ritmo imparable desde hace muy poco tiempo. ¿Cuál es la mayor alegría que os ha generado tanta actividad? ¿y disgusto?
R: La mayor alegría es la suma de todos los pequeños momentos, sobre todo los que compartimos con la banda. Y el mayor disgusto esperemos que esté por llegar. La verdad es sí que hemos pasado por un momento muy duro, justo cuando empezábamos con The Bright, pero es lo suficientemente desagradable para que no queramos hablar de ello.
Bueno, pues lo dicho: mañana en El Sol de Madrid. Os dejamos con la reciente intervención de los leoneses en Los Conciertos de Radio 3 para ir abriendo boca.
Tras más de 7 años de silencio, el lanzamiento del octavo disco de estudio de Texas, The Conversation, está cada vez más cerca (será el 20 de mayo). Por lo que sabemos de él, se tratará de un álbum repleto de sonidos folkies y countrys, aunque siempre con el característico toque pop de la banda escocesa. Y como parte de la promoción, una pequeña parte del grupo (Sharleen Spiteri y Tony McGovern) vinieron a Madrid para presentar alguno de los nuevos temas y su nuevo sonido. Ello tuvo lugar este pasado lunes 29 por la tarde, en un céntrico hotel de la capital, en el que dos quintos de Texas interpretaron un pequeño set acústico de seis canciones, todo ello organizado por la cadena de radio M80 (sí, yo tampoco tenía del todo claro que siguieran existiendo).
Sorprendentemente, solo hubo dos temas nuevos en la lista de canciones interpretadas: fueron el single, The Conversation, que ya tiene hasta videoclip oficial; y Dry Your Eyes, que ya había sido interpretada en anteriores ocasiones y es bastante sencillo encontrar en Youtube. Ambos temas presentan un corte country muy clásico, ninguno llega a los 3 minutos de duración, aunque presentan una cadencia seria el primero, y melancólica el segundo. A día de hoy se conoce una canción más de The Conversation, la que se llama Detroit City y que Texas ya interpretaron en algunos festivales el pasado verano. Este tema confirma la tendencia folkie de la banda, aunque en ese caso la búsqueda de estribillos frenéticos y pegadizos queda mucho más patente. Queda bastante claro, entonces, que el nuevo disco de Texas quedará enmarcado en la oleada de folk-pop que está invadiendo el Reino Unido en el último año, aunque queda cierto resquicio de esperanza en que la pegada comercial de la banda sea capaz darles la autonomía necesaria para despegarse de los ritmos que llevan gente como Mumford and Sons o The Lumineers.
De los tres temas restantes, tres clásicos y una versión: una reinterpretación más del I Don’t Want A Lover que les catapultó a la fama, pero esta vez con un sabor arenoso de country americano; mismo estilo también para Black Eyed Boy (sobre estas líneas); una versión del Jackson de Johnny Cash y June Carter al que, aunque bienintencionado, le faltaban un par de ensayos; y la sorpresa de So Called Friend, tema emblemático de su tercer disco, Ricks Road (1993) y que yo, que he visto a la banda algunas veces en directo, nunca les había cazado tocando. El detalle de la Spiteri imitando con su voz los riffs de guitarra eléctrica del final de la canción porque, obviamente, ella y Tony solamente contaban con una acústica cada uno. El set fue ameno y divertido, la Spiteri se mostró extraordinariamente dicharachera y bromista y al terminar la actuación no dudó en sacarse fotos con todo el que se lo pidió. A la pregunta de si podríamos ver a Texas en directo de nuevo en nuestro país respondió que probablemente sí, pero que habría que esperar a octubre o noviembre para ello. En cualquier caso, ya queda menos para escuchar entero The Conversation.
Como no siempre es habitual verlo, voy a empezar por decirlo: qué gusto da ver a un grupo de música saltar al escenario para dar un concierto con una sonrisa de oreja a oreja en la cara, y que ésta no se desvanezca hasta el último bis. Y esto es lo que hicieron los suecos Friska Viljor este sábado en El Sol de Madrid, a donde vinieron a presentar su Remember Our Names un día después de hacerlo en Barcelona. En la sala había lleno y da la ligera impresión de que todo el que en la capital se llame “moderno” estaba ahí para ver a Daniel Johansson y Joakim Sveningsson contagiar alegría con su música.
Básicamente, el concierto de Frista Viljor estuvo muy bien, ahora procederemos a dar detalles. Pero también tengo que recalcar que uno de los aspectos de la banda que más interesante había encontrado en sus discos, que era la no pomposidad instrumental de estos, las composiciones animadas pero sin vaivenes épicos; en la versión de directo está sustituida por una carga eléctrica y un ritmo acelerado que puede aturullar un pelín. No obstante, esto es más un apunte informativo que un reproche, porque la adición de electricidad en detrimento de la producción poppie de algunos de sus temas no me parece ni de lejos una mala idea.
Dicho esto, relatemos someramente la actuación de los nórdicos. Saltaron al escenario con pocos minutos de retraso y sin teloneros para interpretar una primera batería de canciones, casi todas procedentes de su nuevo disco. La divertida fanfarria de Stalker puso a los modernos a bailar sin concesiones y la energía con la que toda la banda aporreaba sus instrumentos desde el primer momento le quitó cualquier toque amable y tontorrón al tema para convertirlo en un frenético torrente de optimismo. Tras tres canciones muy agitadas, el ritmo se calmó un poco la mandolina de Did You Ever y con Easy Is Hard, que me pareció uno de los temas más brillantes de Remember Our Name y que en directo también me cautivó con su ritmo inocentón y entrañable.
Y hasta aquí duró la “presentación” del nuevo disco: bien porque se sintieran en deuda con el público madrileño (pidieron disculpas por haber pasado casi 3 años sin venir) o bien porque acostumbren a repasar sus canciones más cañeras sin importar de qué disco procedan para mantener a la audiencia animada; la atención que le prestaron a Remember Our Names fue sorprendentemente baja. A cambio consiguieron, a base de tirar de sus temas más conocidos y bailables, tener al público muy divertido durante el poco más de hora y cuarto que duró su concierto.
Y es que supongo que hay quien puede acusar a los Friska Viljor de interpretar un setlist exageradamente escueto, teniendo en cuenta que son 5 los LPs que han lanzado a lo largo de su carrera. Yo no estoy de acuerdo: aparte de que opino que lo bueno, si breve, dos veces bueno; la intensidad con la que ejecutaron todas y cada una de las canciones que interpretaron pedía a gritos un concierto corto: es imposible tener tanto a la audiencia como a los músicos pendiente de unos ritmos tan acelerados pero tan homogéneos durante tanto tiempo. Por eso opino que los Frisjka Viljor supieron medir bien sus tiempos y los ajustaron para poder dar lo mejor de si mismos en cada minuto de la actuación.
Entre ritmos frenéticos, voces desgarradas y ocasionales cambios de guitarra a mandolina, nos plantamos en los bises en una hora. Durante estos, y tras asegurarse de que todo el mundo en el público se sentía muy feliz (exceptuando a aquellos a los que alguien hubiera mandado a la mierda esa noche, que tenían permiso para estar tristes), los escandinavos tomaron alguna clase de castellano del público y se lanzaron con las populares Arpreggio y Oh Oh con un ímpetu y una energía imparables que pusieron a la audiencia a bailar sin parar. Aunque tras Oh Oh se retiraron hubo un segundo bis en el que interpretaron, como regalo para los madrileños, según dijeron, Shotgun Sister, empezándola con mucha parsimona, tan solo con Daniel Johansson y Joakim Sveningsson sobre el escenario y añadiendo intensidad poco a poco, a medida que el resto de la banda fue reincorporándose.
Y ahí quedó la cosa, en un concierto muy divertido, bien interpretado, con mucha energía y, sobre todo, mucho optimismo que le dejaba a uno una sonrisita tonta al salir de la sala. Quedan por lo tanto confirmados los suecos Friska Viljor como una nada desdeñable opción si algún programador de festivales de nuestra geografía tuviera a bien ponerlos en alguno de sus escenarios. La fiesta, cuidada y de calidad, estaría garantizada. Os dejamos como viene siendo habitual el setlist que Friska Viljor interpretaron en la Sala El Sol el 20 de abril, también convertido en lista de Spotify; así como una pequeña galería con las fotos que sacamos en el concierto.
Imaginemos que estamos paseando por un bosque, una calle abarrotada o, en realidad, cualquier sitio; incluso un caminito de piedras podría servir. A medida que recorremos metros dejamos atrás a un montón de gente que, fiel al egocentrismo que rige nuestros días, se cree más importante de lo que es. Algunos, en realidad, llegarán a serlo mientras que otros no harán historia en nada. No obstante, eso no tiene nada de malo: si todo el mundo hiciera historia, de la manera que fuese, habría un importante exceso de información, así que es mejor dejar la cuestión como está. Nosotros no queremos perdernos, aunque el camino no sea más que una linea recta. Al final de aquél, divisamos un enorme castillo (si alguien ha escogido la calle abarrotada lo puede cambiar por un rascacielos gigante). Que cada cual escoja lo que quiera: yo voy a entrar en el castillo y lo haré solo.
El castillo tiene varias divisiones: en la parte baja están los pequeños sótanos donde se aglomera la gente con talento que aspira a ocupar puestos más altos sin sacrificar su dignidad. No tienen muchas posibilidades, de hecho, pero si su intención perdura, su valor podría aumentar de forma proporcional. Si el castillo fuera el Titanic, esta gente formaría parte de la tercera clase que no puede subir a cubierta porque los oficiales han cerrado las rejas. Y, aunque no faltan rejas en este castillo, yo ya conozco de sobra éstos y otros sótanos, así que prefiero explorar.
Subo y llego al hall, donde viven unas personas a las que el adjetivo “descuidadas” les vendría de perlas. Descuidan su higiene y también el bienestar de la gente que vive en la parte baja. Su zona es brillante y pretenciosa, llena de objetos metálicos que no se sabe muy bien para qué sirven. Estas personas serían las que cierran las rejas y amenazan a los más desesperados. Son ambas cosas, tanto prescindibles como reemplazables, y no se merecen ni la décima parte de la atención que reciben. Cuando abandonan el castillo no se vuelve a saber de ellos, de lo cual me alegro. Pero tampoco me voy a parar aquí…
Sigo subiendo, cada vez más rápido, puesto que ya tengo un destino en mente. Cada vez que llego a un piso nuevo observo que las habitaciones son más grandes y están más decoradas. Las personas que viven en ellas tienen que ser muy importantes para poder permitírselo. Algunos espacios están mejor decorados que otros; unos rozan el mal gusto y dañan la vista mientras que otros podrían formar parte de un museo clasista. Alguien, no sé muy bien quién, me dice que sus habitantes suelen estar poco tiempo pero que los que vienen detrás no cambian ni un solo cuadro. Por alguna razón, eso no me extraña. Algunos se merecen vivir ahí y otros no, pero sigue habiendo una barrera que los separa de la parte más alta, que es hacia donde me dirijo.
Llego, por fin, a la zona de las suites. Hay pocas y cada una tiene su personalidad: unas cuantas están ocupadas por gente que luce pelucas blancas rimbombantes y apellidos de difícil pronunciación mientras que en otras viven personas sin una clara asociación: puede que compartan habitación por sus pintas… otras, directamente, están vacías, probablemente esperando a que alguien las ocupe. Ésa es la intención de los que vagan por la zona intermedia pero, por desgracia para ellos, a las suites se suele acceder de forma directa y, la mayoría de las veces, sólo después de muerto. Por fin llego a mi destino. Es una suite apartada en cuyo interior se oye ruido. Abro la puerta con suavidad; no quiero molestar…
El espacio es grande y la decoración no está muy cargada; los pocos objetos que hay son de mucha calidad. En el centro de la habitación hay un piano y, mientras lo acaricia con delicadeza, una mujer que lleva diez años viviendo aquí me mira y me hace una mueca, como queriendo decir “siéntate y no molestes, que estoy practicando mi arte”. Efectivamente, está cantando y su voz no se parece a nada que se haya podido oír antes o después. No necesita presentación: es Nina Simone. Tampoco nos interesa su vida; muchos han hablado y hablarán de ella y, de todas formas, el mayor esfuerzo habrá sido cortar y pegar o reescribir textos de otros sitios.
Nina no sólo canta; sino que también declama con armonía. Uno de mis mejores amigos dijo de ella una vez: “es que Nina Simone hace arpegios hasta cuando estornuda” y puede que esté en lo cierto, ya que incluso su nombre (por muy artístico que sea) tiene ritmo. Ahora parece que está aporreando el piano: seguro que las notas se pueden oír desde el caminito de piedras. Presto más atención y me doy cuenta de que no está aporreando nada: los dedos siguen rozando las teclas con la misma delicadeza que al principio pero el volumen es ensordecedor aunque no desagradable. Es casi milagroso.
Cuando termina la canción Nina mira hacia aquí y espera un minuto, callada. El ambiente es tenso y, cuando pasa ese minuto, me doy cuenta de que, en realidad, la canción aún no había terminado. Sólo entonces se permite una sonrisa tímida a la cual correspondo. La reciprocidad provoca una carcajada. Nina se carcajea. Se ríe tanto que al final acaba tosiendo como si fuera una mala de película y ya sólo puedo pensar: “mi amigo tenía razón: ¡estornuda en arpegios!”
Rápidamente cambia su semblante y se torna sombrío: otra canción comienza. La escucho y es entonces cuando me doy cuenta de que Nina es eso: clara y oscura; austera y vanidosa; una mezcla de voz y piano que basta para crear una sinfonía. Y ante eso sólo se puede hacer una cosa: sentir y disfrutar de la certeza de que Nina siempre estará entre los más grandes, exactamente donde le corresponde.
La novela policiaca, los muebles de diseño baratos, las cadenas de ropa para todos los gustos, el sol de medianoche… son muchas las cosas que definen a Suecia. Pero de todas ellas, una destaca y nunca deja de sorprenderme: la abrumadora diversidad musical de un país con tan solo 10 millones de habitantes. Pero es que es cierto: Suecia es una auténtica potencia musical, y el ritmo al que exportan grupos de todos los géneros, formas y colores al resto del mundo es apabullante. Lo mismo te sacan una familia de bandas de lo más metalero, que cuentan con algunas de las bandas que mejor han sabido captar y desarrollar los sonidos establecidos por Radiohead, que lanzan unos cuantos grupos de baile que ponen a las chicas patas arriba. Todo vale en Suecia, todo cabe, todo se intenta. Y Friska Viljor es un ejemplo más de ello: sonidos homogéneos pero divertidos desarrollados por Joakim Sveningsson y Daniel Johansson publicados con una frecuencia casi inusualmente alta, más aún teniendo en cuenta la calidad de su trabajo.
Remember Our Name es su quinto álbum desde que debutaran con Bravo! en 2006. El tono desenfadado de los temas trae a la mente rápidamente los momentos más brillantes de los también suecos I’m From Barcelona, aunque Friska Viljor parecen tener un mayor dominio de los tiempos y las energías a lo largo de este Remember Our Name. Me explico: I’m From Barcelona es un grupo muy vitalista y divertido, pero a sus discos se les pasa la fuerza muy rápidamente: hay algunos momentos muy brillantes, llenos de florituras, color y confeti, pero el constructo del álbum en su no es ni de lejos tan consistente como el de los temas por separado. Es en este aspecto donde Remember Our Name triunfa claramente: aunque hay temas destacables, no eclipsan a los demás, o bien es que los demás no se dejan eclipsar. Por ejemplo, los dos temas con los que arranca Remember Our Name, Did You Ever y Stalker sientan bien las bases de éste, el uno con inflexiones folkies pero sin necesidad de caer en los arrebatos de exacerbada afección que tanto inundan dicho género; el otro con desparpajo, gracia y pop natural (recurro de nuevo al término anglosajón “cheesy” para describir este sonido); pero ambos lo hacen sin necesidad de abrumar al oyente, sorprendiendo sin desconcertar, convenciendo sin destacar.
Pero pronto el tono se va volviendo algo más sólido y el disco va ganando en calidad con Bite Your Head Off y Boom Boom: el primero sigue machacando en el pop divertido, y el segundo es el primero que me destaca de verdad en Remember Our Name: un solitario sintetizador, un ritmo acelerado que por momentos recuerda a (la también sueca) Robyn y un estribillo que no necesita tirar de progresiones épicas para convencer. Easy Is Hard mantiene la calidad, desde un género distinto, pero con una letra bastante bonita, una vocación de pop acústico ya algo más serio y un resultado verdaderamente enternecedor. Después de esto el ritmo se calma un poco, volvemos al folk-pop, pero por primera vez con tintes verdaderamente melancólicos: I’m Not Done y, sobre todo, Streetlights, son dos temas preciosos, con una mayor profusión instrumental (especialmente algunos instrumentos de viento-metal) que generan perfectamente una atmósfera rica en matices más allá de la melancolía. Un buen ejemplo de lo que comentaba acerca de que se puede hacer folk para las masas sin necesidad de caer en los ritmos frenéticos o las tristezas desgarradoras de Mumford and Sons.
Until The End es otro de esos temas que destacan en Remember Our Names: sin ser yo demasiado aficionada a los ukeleles, el uso de estos empieza a quitarle hierro a las afectadas maneras de los temas anteriores y va devolviendo el color y la animación al disco. Cancioncita divertida, entrañable pero con un cambio de tempo entre el estribillo y la estrofa inteligente. Flageoletten constituye un cambio de registro tan sorprendente que solo puede ser interpretado como una pequeña broma musical en los últimos instantes del disco; que cierra con la atmósfera evanescente de Remember My Name de manera excelente: bello y sencillo tema con la inteligencia de unos coros nada discretos que le dan el punto amable que hace de la salida un paseo sosegado, pero no triste. Casi sin darnos cuenta, se nos ha acabado Remember Our Name porque se pasa así, en un esponjoso y sonriente suspiro, perfecto para una amable tarde de primavera. Si quieren más, ya saben: hoy en Barcelona, mañana en Madrid. Friska Viljor. Tienen buena pinta.
18/05/2013: Donosti, Intaurrondo Kultur Etxea (+Autumn Comets y PL Havoc) 12€
24/05/2013: Castellón, Cámara del Auditori.
Hace ahora dos años un dúo leonés llamado The Bright publicaba su primer disco bajo el título Soundtrack For A Winter’s Tale (2011). El álbum no era la culminación de la cultura occidental, pero por motivos personales me capturó completamente y pasé varias semanas escuchándolo casi a diario. Hacía gala de una habilidosa mezcla entre el folk americano fruto de escuchar mucho a Neil Young y Johnny Cash y la dosis justa de pop para conseguir que la escucha fuera sencilla, pero sin que el conjunto sonara intrascendente. Era una hermosa colección de canciones que obtuvo bastante atención por parte de Radio 3 y que Anibal, Miryam y su pequeña banda pasearon en directo por todo el país, con un éxito y una solvencia envidiables para un grupo de tan corta trayectoria. Este mes les toca la prueba de fuego: el siempre temido segundo disco que, además, viene en castellano (el primero era íntegramente en inglés). ¿El veredicto? Me quito el sombrero.
Para empezar, me temía lo temor con el cambio de idioma: la idea de las canciones de aire country cantadas en castellano me chirriaba hasta sonarme paleto. De hecho, esta es la única pega que le encuentro al disco, que un álbum tan country cantado en español suena tan fuera de lugar como un recital de flamenco traducido al italiano. Por lo tanto muy bueno tiene que ser como para que obvie el hecho de que el idioma me chirríe tanto y sea capaz de disfrutarlo casi como si no me diera cuenta de ello. Y, de hecho, lo es; o al menos así me lo parece a mi. Si Soundtrack For A Winter’s Tale me cautivó por su sencillez y su dulzura; las afiladas y atrevidas líneas de Estados, en las que ya no hay lugar a la dulcificación popera, sino que cualquier paso fuera del folk se da en la dirección del rock, son mucho más de lo que había podido esperar del álbum.
Asumo que mi percepción de este álbum es especialmente particular, puesto que Johhny Cash y Tom Petty empapan el disco completamente y resultan ser dos piedras angulares de mi afición a la música. De modo que, sin necesidad de tocar como The Heartbreakers ni de ser Johnny y Jude, The Bright se han atrevido a publicar un álbum de country rock puro y de calidad a través de unos canales en los que ahora mismo son Vetusta Morla, Lori Meyers y Dorian quienes rompen la pana. Eso ya tiene mérito. Y lo mejor es que el disco sigue siendo muy accesible, lo que le confiere un enorme potencial, aprovechando además el tirón internacional del folk ahora mismo (¿por qué, señor, por qué cantáis en castellano si este disco en inglés lo podríais haber vendido sin problemas ahora mismo en el Reino Unido?), para que personas que nunca se han acercado al verdadero folk americano lo disfruten.
En Estados no se aprecia solamente una mayor fidelidad al género country que la que exhibían en su primer trabajo: también da la impresión de que las dimensiones del dúo se han expandido, haciendo más activas y enriquecedoras las intervenciones de los demás instrumentos de la banda; así como el ya mencionado abandono de los ritmos más melosos para sustituirlos por duros y afilados solos de guitarra que parecen tomar el relevo de uno de los temas más rockeros y eficaces de Soundtrack For A Winter’s Tale, Your Private Garden. No obstante, los ritmos delicados y sencillos de aquel trabajo todavía aparecen en algunos momentos de Estados, como en el segundo corte, Donde Todo Es Luz, el primero que me hizo sospechar que me encontraba ante un disco mejor que su predecesor, puesto que los punteos y los arreglos de violín entran con mucha más soltura y naturalidad que entonces.
El tercer corte del álbum, Jolene, es puro country femenino americano. Incluso la letra parece evocar a las de las grandes damas estadounidenses del género, y tal vez sea por eso que me desquicie especialmente que esté en castellano. En cualquier caso, los detalles con la acústica y el ritmo acelerado son toda una declaración de intenciones sobre el espíritu del disco, y además bastante lograda. El tempo de rock lento y reflexivo vuelve en Estados solo para volver al country rock de estribillo pegadizo con la genial Hexágonos. Pero lo mejor está por llegar: De Los Que Pueden Dormir se vuelve eléctrico y duro pero sin perder nunca de vista el folk. Se nota que quienes la han compuesto han escuchado a Tom Petty hasta la saciedad, y los solos de eléctrica flanqueando a la sensual voz de Miryam saben a gloria. La única forma de digerir la solemnidad de un tema así es dejando al oyente descansar un poco, ofreciendo un corte algo más amable como es Lo Fundamental que evoca sonidos de Neil Young y que dulcifica la escucha pero en ningún caso convirtiéndose en un tema de paso o intrascendente, puesto que se trata de una canción bella y pegadiza que se ajusta a la perfección al ritmo del disco.
Con Antes De Que Vuelvan The Bright vuelven a demostrarnos las altas cotas de calidad que son capaces de alcanzar, de nuevo haciendo que los violines del country suenen a rock de manera eficiente y natural. El ambiente necesita volver a calmarse y lo hace con un tema verdaderamente reflexivo y melancólico, Cero que, por cierto, tiene una de las letras que más me convencen del disco. De nuevo las distorsiones eléctricas para acompañar el oleaje country, pero esta vez desde una perspectiva muchísimo más triste, crean una atmósfera nítida y bien formada. El penúltimo corte, Suelo Frío, suena a declaración de amor sin palabras al country, aunque es demasiado corto, deja con ganas de mucho más. Rotten Crops cierra el disco en inglés, manteniendo la atmósfera algo melancólica y misteriosa que ha invadido a los últimos minutos de Estados, pero sonando muchísimo a su disco anterior, ya no solo por el idioma. En cualquier caso, una canción sencilla y con poca parafernalia instrumental que efectúa una salida dulce y bien medida para un trabajo honesto, bello y envidiable. Con grupos así dan ganas de volver a creer en el panorama indie nacional. Esperemos que sean muchas más las alegrías que The Bright nos traigan en el futuro.
Tan esperado como decepcionante. Eso es, a grandes rasgos, todo lo que tengo que decir del concierto que los británicos Mumford and Sons ofrecieron anoche en el Palacio Vistalegre de Madrid. Y es que la creciente fama de los británicos, su reputación de directo apabullante y las cifras de ventas de sus dos discos, pueden ser no solo la clave del éxito, sino también la del fracaso para el cuarteto londinense; ya que la masificación del concierto lo convirtió en un evento insoportable que, además, padeció obvios problemas de organización.
Mumford and Sons se ponían anoche por primera vez ante el público madrileño con absolutamente todo vendido a los pocos días de anunciarse la actuación, con el consiguiente y nefasto cambio de recinto. Y es que en aras de llenarse los bolsillos, ante el éxito de ventas cosechado, los organizadores decidieron pasar el evento de La Riviera al Palacio Vistalegre. En principio el cambio no parecía catastrófico: Mumford and Sons llevan llenando estadios de media Europa con cierta regularidad desde 2009 y mi experiencia me dice que Vistalegre, bien sonorizado, no es un sitio tan infernal como se dice. Ahora bien, hay que llevarse un buen técnico de sonido y currárselo. Mucho me temo que este no fue el caso anoche, porque durante la hora y media que duró la actuación, todo lo que se percibía, al menos desde las gradas (sé que a veces el sonido es mejor en pista, pero yo he visto algún concierto muy potente desde el graderío de Vistalegre mucho mejor sonorizado que el de anoche), era una papilla sonora de ecos, banjos, postadolescentes cantando a base de gallos y algo que de vez en cuando se parecía a la voz de Marcus Mumford. Para que nos hagamos una idea, era muy complicado ni siquiera distinguir qué decían los miembros de la banda cuando se dirigían al público.
Esta circunstancia, unida a una organización que parecía exclusivamente interesada en vender minis y porciones de pizza, pero que retuvo a una gran masa de personas en el hall de entrada para solo dejarlas pasar a la pista cuando ya había empezado el concierto, mientras el aforo de dicha pista no estaba ni medio lleno, hacían que los casi 40 euros que costaba la entrada empezaran a ser ya no solamente excesivos, sino indignantes. Y para colmo, la gente: esos personajes que se sienten en la obligación de acudir enfarlopados, fumados y/o borrachos a conciertos que ni les van ni les vienen, por motivos no demasiado claros. Obviamente, gentuza que lo único que hace es fumar, hablar a gritos, empujar y, en resumen, estorbar sin que no se pueda hacer absolutamente nada por evitarlo. Hay conciertos en los que esta fauna abunda y otros en los que la gente va a disfrutar de la música y de algún mini de cerveza sin molestar a nadie. Desgraciadamente, la notable repercusión de Mumford and Sons metió a este evento en el primer grupo, convirtiéndolo en un lugar plagado de indeseables. Esto no es culpa ni del grupo ni de la organización, pero es sin duda un factor muy molesto que empobrece la experiencia del espectador que tan solo quiere ver un concierto y divertirse inofensivamente, y tampoco se puede obviar por completo.
De manera que después de todo esto, es francamente complicado argumentar si Mumford and Sons tocaron bien, mal, fatal o regular. Lo cierto es que los londinenses no son el grupo de mi vida, pero me habían sorprendido muy gratamente en el último Bilbao BBK Live! y ello, unido a las agradables y continuadas escuchas que le he dedicado a Babel (2012), hacían que esperara un concierto, al menos, como el que disfruté en Bilbao. Pero no: ya mencioné hace unos meses que Babel es épico, enérgico y, por momentos, apabullante. Tenía una sana curiosidad por ver cómo estallaban temas como Lover of the Light, Babel o I Will Wait en el calor del directo, puesto que en estudio ya cuentan con una riqueza instrumental envidiable que los hace intensos y emocionantes. Pues bien, sucede que parece que Mumford and Sons se han dejado todas las fuerzas en el disco: lo que ahí suena como razonable homogeneidad plagada de picos de genialidad, arrebatos de tormentosas emociones y frenéticos riffs de banjo, en el concierto de anoche no fue más que una masa indistinguible de temas que se sucedían de manera harto tediosa. Cierto, sin duda la calidad del sonido no ayudaba, pero ahí faltaba algo más: una magia, una chispa que vi muy claramente en los 45 minutos que tocaron en Bilbao y que anoche no aparecía por ninguna parte.
De este modo se sucedieron Little Lion Man, Awake My Soul o Wishpers in the Dark tirando de sus inapelables dosis de épica y pegada y con un público que, si bien arrancó muy exaltado y gritón, pronto se desinfló y mostró un grado de entrega muy moderado hasta que en los últimos momentos de los bises sonaron las archiconodidas Winter Winds y The Cave. Indiferencia absoluta cuando al inicio de los bises los de Londres subieron a sus teloneros a marcarse un cover con ellos, porque careció de cualquier tipo de gancho o conexión con el público. Aunque los miembros de Mumford and Sons no se abstuvieron de soltar las típicas chorradas (que si qué buen público, que si vamos a montar una gran fiesta…), sonaban completamente impostadas: dio la impresión de que Mumford and Sons estaban, sencillamente, cubriendo el expediente. Así que con este panorama esta señorita va y decide que muy bien, fue bonito mientras duró el idilio en el que me capturaron en una tarde de festival veraniego (por otro lado, un festival así es una gran oportunidad para que las bandas capturen a escépticos como yo), pero no vuelvo a pagar (y mucho menos 39 euros) por ver a estos señores, en solitario. Serán, eso sí, bienvenidos a amenizar cualquier festival por el que me pase en los próximos tiempos.
Ya lo dijo y lo advirtió, que tenía canciones hechas para unos cuantos discos del tirón. Y aquí está, el tercer disco en alrededor de dos años de Sr. Chinarro. Si fuera un principiante esta fecundidad podría entenderse por aquello del vigor de los comienzos y tal. Pero no, el sevillano Antonio Luque lleva dando la murga desde el 94, y ya no recuerdo si es el 13º o el 14º álbum, pero por ahí le anda. El caso es que Enhorabuena A Los Cuatro llega para reafirmar la madurez de este artista, sin que ello suponga que se caiga del árbol.
En cualquier caso debo reconocer que he tenido que tomarme mi tiempo para digerirlo. De igual modo confieso mi admiración por Sr. Chinarro desde hace mucho tiempo, cuando hacía aquellos discos oscuros y surrealistas, y también cuando abrió su música, dio con la clave y consiguió vivir de esto. He quemado sus discos desde aquel fabuloso El Fuego Amigo (2005), pero desde Presidente (2011) la pasión se fue aflojando. No lograba encontrar ese enganche inmediato que me llevaba a disfrutar los discos anteriores de cabo a rabo, sin que ello suponga que ni éste ni su sucesor, Menos Samba (2012) me pareciesen malos. Ya se sabe, cuando tienes el listón muy alto te pones exigente.
Luque no ha perdido nunca la finura de pluma, la lengua afilada, la brillantez para las chanzas, ni los requiebros verbales y los juegos de palabras. Incluso los vaivenes que le llevaban a salirse del pop para abrazar otros estilos nada “ortodoxos” resultaban chispeantes, aún en discos como Menos Samba, donde este peregrinar le hacía saltar de aquí a allá en exceso para el gusto de algunos. Pero como digo, algo había que no funcionaba como antaño. Yo no era capaz de encontrar el punto de emoción que me provocaba antes, y no tenía nada que ver con que su optimismo creciese o se pusiera a repartir estopa en plan político-social. Prejuicioso por estos antecedentes abordé Enhorabuena A Los Cuatro, y las dos primeras escuchas me hicieron pensar que el resultado iba a ser igual.
Pensé que repetíamos fórmulas, que faltaban temas estrella, no centraba la atención, e incluso la voz de Luque me sonaba peor, como desganada. Y sin embargo, cuando ya me disponía a escribir sin mucha fe, decidí subir el volumen, ponerme a trastear por la casa, meterme a cocinar y dejarlo sonar tres o cuatro veces más, y al rato el amiguete ese que anda por el cerebro medio escondido me empujaba a mover la patita, las canciones empezaban a sonarme como esas que conoces desde hace mucho tiempo, y frases sueltas de esas magistrales que don Antonio sabe componer ya estaban instaladas.
Al final te das cuenta que Enhorabuena A Los Cuatro es el disco más compacto que ha sacado desde El Mundo Según… (2006), por mucho que no tenga canciones de esas que se meten en recopilatorios de lo mejor de lo mejor y que salpicaban Ronroneando (2008). Cuesta que entre si lo que buscas es un disco directo y de fácil digestión, pero con un poco de atención basta para valorarlo como un disco notable y sólido, en el que salvo el ruido planetero del inicio con El Destino Turístico, los tiros van por el pop suave, ágil y delicado, además, claro está, de las concesiones de siempre, el flamenqueo una vez más (La Danza Del Vientre), o por ejemplo esa suerte de corrido mejicano de Mal De La Cabeza. Amor y sexo y chanzas picaronas componen casi toda la temática, algo que siempre ha estado presente en el cancionero de Sr. Chinarro, aunque probablemente no en una dosis tan alta. Y de entre las excepciones hay que destacar, por encima de todas, a Catequesis, la ya habitual canción bien dedicada a su hijo Guille, bien en torno a la experiencia de Luque como padre. Esperar hasta el final para escuchar la mala leche con la que suelta eso de que “la Iglesia (…) huele a cabrón encerrado” merece toda la pena del mundo. Ya de paso es un fantástico discurso en torno a dos conceptos de educación muy concretos.
No hay mucho más que decir. Si eres un chinarrero de siempre, dale su ocasión porque acabarás satisfecho. Iba a decir que de no serlo, no intentes empezar por aquí, pero anoche una invitada que jamás lo había oído se interesó por este disco. El Destino Turístico, Mañana, Tarde Y Noche, La Buena, Stella Maris, Solo Shakespeare y Catequesis me han parecido lo mejor del disco. La producción, más que correcta, con muy buen trabajo de arreglos. Y por supuesto, no se puede cerrar Enhorabuena A Los Cuatro sin hablar de sus colaboraciones. Zahara, Guille Mostaza, Anni B Sweet, Pau Roca de La Habitación Roja o Alfonso Luna de Tachenko, y me dejo alguno, han estado presentes. A Sr. Chinarro no se le acaba la cuerda, no en vano, es uno de los valores musicales más firmes que tenemos. Que cunda maestro, que particularidad y personalidad como la suya no abundan.