Hoy traemos una nueva banda a descubrir, un quinteto con base en Madrid que tiene disco de debut calentito y en plena presentación. Se llaman Leftover Lights y a caballo entre la capital y Hungría se han trabajado este breve pero intenso Turning The Lights On. Si te gustan las guitarras rockeras no dudes en darles su oportunidad.
Porque aunque los veintitantos minutos que dura el disco arrancan con una bella intro ribeteada de post-rock amable, pronto nos sumergirán en caminos más contundentes. Las notas iniciales de So Long huelen desde el principio a chupa vaquera y tejanos raídos, y cuando aparece la potente voz de Carlos Bricio quedan pocas dudas del gran poso americano que llevan Leftover Lights encima. Traen de inmediato recuerdos a aquellos años noventa del grunge y el rock alternativo americano. La forma de cantar de Bricio ayuda a que el mayor referente que te viene a la cabeza sea Pearl Jam, pero para que la cosa no quede encasillada demasiado pronto, el trabajo que esconde cada canción ofrece matices fundamentales para alejar de la ortodoxia la conclusión. Así por ejemplo, Blindfold combinará la crudeza de una guitarra con el tintineo delicado y ochentero de la otra junto a riffs de un marcado acento indie.
Pero tanto en los medios tiempos como en los momentos de energía desatada -The Run- el protagonismo vocal mantiene su marcheta, brincando entre la maraña que teje todo el cuadro instrumental. Para estas alturas ya tenemos claro que es un eje vertebrador claro del proyecto de Leftover Lights. Y si el exceso de potencia al micrófono puede empezar a hacer que alguien se sature o se pregunte cómo sonaría en un tono más bajo, Alice nos va a dar la oportunidad, aunque por poco tiempo, Bricio únicamente bajará el volumen en fases, demostrando que también puede dominar esos terrenos antes de volver a poner los pulmones a tope en uno de los mejores temas del disco, donde se palpa la emoción contenida y engarzada en el que creo es el trabajo más completo de Turning The Lights On. Sección rítmica en plan apisonadora y cuerdas versátiles dibujarán una de esas canciones que te hacen viajar arriba y abajo, parando y arrancando, manejando la tensión a su gusto.
Blurry Dreams, encarando la recta final, ofrecerá de nuevo una parte vocal que expone sus habilidades de forma similar, pero que viene acompañada de un envoltorio mucho más pop, si bien conserva esencias de áspera emoción en el tratamiento crudo y hasta sucio del sonido, como si de una producción de Ross Robinson se tratase. Para terminar, otra andanada contundente que navega entre tejidos indies y ese rock del otro lado del charco al que nos hemos referido. Over, en otro episodio de atmósfera densa, pondrá el punto final con ansias de épica y piel de gallina a base de repetir in crescendo estribillos y bloques sonoros.
Creo que Turning The Lights On se acaba demasiado pronto y demasiado rápido, lo cual es buen síntoma. Un par de temas más relajados no hubiesen venido nada mal para medir los tiempos, contener las sensaciones y demostrar -porque se atisba- que hay capacidad para manejar otras vertientes. En cualquier caso el debut de Carlos Prieto, Félix Gallego, Gonzalo González, Lucas Sánchez y el mencionado Carlos Bricio, no podía ser más prometedor para quienes ansiamos nuevas caras. El debut de Leftover Lights ya está disponible y podéis aprovechar a cazarlos en vivo en los bolos de presentación que están haciendo por Madrid. Os dejamos con sus próximas fechas:
01/06/13 Sala Montacargas (Concierto Especial Festival Bruclin)
08/06/13 La Boca Del Lobo (Presentación oficial de Turning The Lights On) 6€
Siendo yo muy crío mi padre entró un día en mi habitación y se quedó patidifuso al ver que había pequeños papelitos pintados y convertidos en banderas nazis. Sin más, y con cara de póker, soltó un “quita ahora mismo eso de ahí”, y se marchó. Lo que él no sabía es que aquello no era más que el atrezzo con el que estaba montándome un cuartel general alemán al que los soldaditos de plástico aliados atacarían y destruirían posteriormente. Imaginería infantil frente al susto adulto. Elias Bender Ronnenfelt es un tipo que siendo adolescente descubrió el punk, el hardcore industrial, el rock marcial y ciertas cosas de neofolk. Esto iba a marcar su posterior carrera como músico, pero a la vez hacerle adoptar una serie de inclinaciones que iban a ser prueba acusatoria contra él. Os presentamos al líder de dos bandas que están revolucionando el panorama danés y que ya han trascendido al mundo anglosajón, concentrando mucha atención, aunque no siempre por motivos estrictamente musicales. Ambas tienen discos fresquitos de reciente aparición, son Iceage y Var.
Además de otros proyectos, Iceage ha sido el grupo con el que Ronnenfelt se ha dado a conocer. Su disco debut, New Brigade (2011), supuso un hito en lo que a las revisitaciones del punk se refiere. No es un mero revival ni es otra banda más flirteando con el postpunk. Es punk esencial y básico como hacía tiempo no encontrábamos. Agresivo, desesperado, violento, duro, y además de calidad, mucha calidad. Junto a Johan Wieth (que luce un tatuaje de Death In June), Dan Nielsen y Jakob Pless conformó un cuarteto sorprendente que mereció ser fichado por la aguda Matador para un segundo trabajo, You’re Nothing, lanzado el pasado febrero, donde las vías expresivas de estos daneses ampliaban su rango estilístico conjugando elementos noise, hardcore y marciales, con un trabajo más emocional e intimista, pero igualmente vigoroso, poderoso, enérgico y rabioso que avanzaba hacia rincones oscuros, opacos y opresivos. Ver a Ronnenfelt con ese flequillo a lo Ian Curtis profundizando en temáticas que anuncian a alguien encerrado en algún tipo de trauma del que lucha por salir, trae a la cabeza muchas cosas. La crítica ha aclamado ambos trabajos, sacándolos del entorno underground para hacer que Iceage aparezcan en todo tipo de publicaciones. Hasta The Guardian les dedica un extenso reportaje, pero no por su música.
Y es que alguien comenzó a fijarse en el mencionado tatuaje -Death In June causaron fuerte polémica en los ochenta por el uso de imaginería nazi-, en lo ambiguo de títulos o letras como White Rune, en algún videoclip, en ciertos personajes sospechosos que aparecían en sus conciertos, en el look que algunos de los chicos de Iceage mostraban en fotos promocionales, y en el gusto por bandas polémicas de black-metal como Absurd o los extremadamente problemáticos Burzum. Y ataron cabos. Iceage son neonazis, supremacistas blancos y xenófobos. Pero como bien argumenta en su reportaje The Guardian -no es un medio especialmente proclive a dar cobijo a ultradetechistas-, no son pruebas irrefutables y existen elementos que las contradicen. Leedla si queréis, no vamos a entrar en ello, pero si es peligroso empezar a flirtear con ese tipo de cosas, aunque puedan deberse a pecados de juventud e inmadurez, igualmente pantanoso es meterse en estos potajes, especialmente cuando tratamos con artistas, que ya sabemos que en numerosas ocasiones son gente algo especial. Como de pelar son también algunos periodistas que parecen cogérsela con papel de fumar y que a lo largo de los años han organizado unas polémicas extraordinarias, muchas veces sin la más mínima base o haciendo gala de una carencia absoluta de entendederas necesarias cuando uno encara propuestas artísticas.
Iceage al completo
Sid Vicious y Siouxsie Sioux aparecieron con esvásticas en sus camisetas en el apogeo de la irreverencia punk, a Joy Division les rebuscaron hasta en los pliegues en busca de las razones de tanta aparente germanofilia, a The Cure les metieron en una absurda causa judicial, años después, por una canción -Killing An Arab-, que recogía un pasaje de una obra de un enemigo profesional del Islam como Albert Camus, sobre Morrissey corrieron ríos de tinta alimentando una burda polémica racista, y Rammstein tuvieron serios problemas por atreverse a enfrentar la historia alemana en su estilo, dejando con el culo al aire a demasiado hipócrita que en una supuesta actitud de condena al pasado lo que realmente hace es mirar hacia otro lado, sentando las bases del olvido, algo a mi entender mucho más censurable. Son unos pocos ejemplos de grandes cagadas. Otras no, son claras y contundentes, pero parafraseando a Tony Wilson, la diferencia entre significante y significado, su expresión a través del arte, el modo en que lo miramos, no está al alcance de todo el mundo. Ciertamente, Ronnenfelt y los suyos no han hecho demasiado por negar la mayor. Se muestran ostensiblemente incómodos y disconformes con los sambenitos que les cuelgan, pero mostrando una actitud cerrada y poco comunicativa con la prensa que no les ayuda demasiado.Desde luego, haciendo la música que hacen no deberíamos esperar estar ante unos chicos modelo, pero la sombra de un exceso de pose provocativa, bien aderezada por su insultante juventud, comienza a extender sus alas.
La nueva aventura de Ronnenfelt da que pensar en favor de este argumento. Var (bien escrito con la “a” con circulito encima y pronunciado ver), cuyo significado en danés es primavera, es su nuevo proyecto (antes se llamaron War), que en apenas un vistazo es suficiente para que encontremos cosas muy chocantes con un nazismo puro -que no excluyentes-, a la par que intencionalmente provocativas. La más evidente es la exhibición homosexual que hacen. Kristian Emdal, Lukas Hojland y Loke Rahbek son los compañeros de viaje, alguno con una amistad más que intensa que les permite fotografiarse besándose sin prejuicios. El disco de debut, No One Dances Quite Like My Brothers, listo desde hace unos días, más algunos temas adelantados desde 2012, son un giro radical. Es coldwave electrónica tan gélida que a alguno le ha hecho decir que desde el Faith de The Cure no veía cosa semejante en cuestiones de expresar melancolía. En cualquier caso los aires marciales e industriales no desaparecen, permanecen a lo largo y ancho de este angustioso disco, no exento de belleza, que en estilo rinde homenaje a los grandes clásicos de la coldwave francesa y belga -algunos de los cuales tampoco se libraron de flirteos fascistoides-, y que muestra a los miembros de Var recuperar botas militares y cueros negros que, a falta de las crestas y los maquillajes, recuerdan un tanto a la moda berlinesa que resucitó el techno-pop de los 80. En otro alarde de reto artístico, la portada es un espejo, para que cada uno se vea a sí mismo antes de escuchar el disco. No es que los caminos que recorre Var se adentren en mi vertiente favorita de la coldwave, pero que su calidad musical está ahí, es innegable.
De modo que con poco más de 20 años tenemos un personaje al que seguir. Elias Bender Ronnenfelt ha sido capaz de generar todas estas cosas en poco tiempo. Si finalmente se descubre que lo que realmente se escondía era un presuntuoso e ignorante jovenzuelo, un genio provocador, un indignante y despreciable ser humano, o una mezcla de parte o todas estas cosas, será algo que iremos descubriendo. No nos tiremos al vacío sin red. Por el momento nos quedamos con su música, que por ahora promete cotas muy altas.
¿Te interesan el pop melódico, los paisajes que dibuja Bon Iver, los gorgoritos de Jonsi o la extraordinaria habilidad de los nórdicos para generar melodías alegremente bailables? Entonces puede que te compense emplear 15 minutos de tu vida en darle una oportunidad a Youth Blood Pt.1, el primer EP de un artista de Estocolmo que se hace llamar Mountain Bird. Y el caso es que puede que no estemos ante la culminación de la cultura occidental, pero las cuatro canciones de este EP son tan agradables, efectivas y dan tantas ganas de volverlas a escuchar, que hemos decidido hacer esta pequeña reseña para dar a conocer a este artista en nuestro país. De verdad que creemos que sus canciones lo merecen.
El tal Mountain Bird (que en realidad se llama Adam Öhmam) salió hace unos meses de una lista de indie sueco que escucho ocasionalmente en Spotify en busca de, precisamente, este tipo de cosas. En aquel momento en Spotify solo había un par de canciones suyas, Caged y Violent Night que, lo confieso, me dejaron bastante hipnotizada. Rebusqué un poquillo y me encontré con que el chaval ya tenía toda una colección de temas de pop instrumental, principalmente interpretados al piano pero con una buena cantidad de agradables y divertidos arreglos, en su Soundcloud; y a través de su Facebook me enteré de que estaba empezando a grabar el EP que nos ocupa hoy. Este Youth Blood parece la primera parte de un proyecto con algo más de envergadura y contiene los dos temas que ya había escuchado antes y otros dos, Silent Town y Youth Blood, que recuerdan muchísimo a magnífico Go (2010) que publicó Jonsi en los años en los que Sigur Rós estuvo de parón.
Öhmam menciona también a Explosions In The Sky y a The National entre sus influencias, y la verdad es que tampoco hay que ser un hacha para detectarlos, especialmente en el último tema del EP, que es el que le da nombre. Está claro que el chico ha escuchado mucho post-rock, aunque ninguno de los temas sea ni instrumental ni rockero, los oníricos paisajes que se dibujan en este género son más que identificables. Pero lo que no menciona es que los vitalistas y coloridos disparos de paisanos suyos más cercanos a la pista de baile como The Sound Of Arrows también se encuentra claramente presente. Pero, afortunadamente, Mountain Bird no es solamente influencias o mimetización: si bien en la primera mitad de Silent Town uno tiende a temer que no vaya a salir de los gorgoritos a lo Jonsi, pero las tensiones del tema evolucionan muy positivamente en una ascensión que recuerda a Bon Iver pero como si Justin Vernon hubiera follado la noche anterior y se hubiera levantado de buen humor.
Exactamente en el mismo tono en el que acaba Silent Town se queda Caged, aunque acercándose cada vez más a los sonidos electrónicos arrancando desde un solitario y popero piano. El mejor tema del disco me parece Violent Night, que es el que me conocí en primer lugar, con un arranque épico que me da a mi que quiere emular ligeramente los últimos pelotazos de M83, pero con una sorprendente ascensión en la primera estrofa que la convierte en un tema épico y emocionante, con las atmósferas y los tiempos pulcramente medidos. Youth Blood cierra el EP echando el freno, calmando los tiempos y tal vez al principio parece quedar un poquito más desdibujada que las anteriores, aunque esta sensación se disipa de nuevo con un inesperado y efectista cambio de registro que vuelve a llevarnos a una dimensión más épica y emocional.
En fin, que por ahora es poco lo que sabemos de Mountain Bird, pero que esperamos saber más a medida que pasen los meses. Si vas a pasar en las próximas semanas por Suecia, tal vez te lo encuentres tocando por allí. Por ahora, solamente nos queda desarle suerte, que va a ser la única forma de verle en directo fuera de su país. Seguiremos al tanto de sus andaduras porque a nadie le hace mal una pequeña dosis de electropop onírico y soñador de vez en cuando.
Como bien decía The Lost Dreamer, llega el final del año y es momento de pasar la escoba. Hoy me centro en un trabajo que lleva con nosotros desde finales de octubre, aparcado conscientemente desde que cayó en mis manos hace cerca de un mes. No es un disco cualquiera, y el tiempo que me ha llevado asimilarlo debidamente justifica la espera, porque por segunda vez, al menos para mí, los estertores de 2012 vuelven a dejarme la boca abierta con otro de los mejores discos que he escuchado, de esos que esperas empiecen a venir ya desde enero. Con ustedes, el debut de Red Sun Revival, al niño le han puesto por nombre Running From The Dawn.
Rob Leydon
Esta banda se formó en Londres hace apenas un año. La alineación la componen Rob Leydon, compositor, guitarrista y voz, de cuyo currículo cabe destacar sus colaboraciones como músico de sesión para Nosferatu y The Eden House. Matt Helm es el guitarrista principal, que viene con la vitola de ser un prodigio autodidacta y un espectáculo en directo. El bajo cae en manos del griego Panos Theodoropulos. El cuadro se completa con Christina Emery al violín. Tras ellos la excelsa producción de Steve Carey, la masterización de un doblemente nominado al Grammy Andy Jackson, y colaboraciones como la del afamado violinista de Bob Geldof y de The Eden House, Bob Loveday. Estos credenciales, de entrada, garantizan un producto muy cuidado que ha pasado por las mejores manos. Los avanzados en la materia que reconozcan a las claras estos nombres, ya saben que de esto tiene que salir algo bueno, y deben saber por dónde van los tiros.
Matt Helm
Creo que las señales recibidas en los últimos tiempos son lo suficientemente claras como para que podamos decir que algo se está moviendo en la escena gótica. Tras años de fusión, y a veces olvido, las líneas maestras originales de un estilo que nunca llegó a irse del todo, están siendo recuperadas. Siempre he pensado que en la esencia de esos orígenes están los momentos más álgidos que ha dado el género, cuando era capaz de influir en otras vertientes musicales por su riqueza sonora. Son mi debilidad. Pues bien, Running From The Dawn pace en esos pastos, modernizándolos y revitalizándolos, jugando con texturas y matices, mezclando influencias sin ocultar guiños, hipnotizando desde el primer segundo, y al final, cuando el disco termina, haciéndote sentir que te ha llegado al alma.
Panos Theodoropulos
El disco se abre con My Child, un tema que resulta emblemático para describir lo que va a ser todo el disco. La voz de Leydon, áspera, lenta, grave, cavernosa y raspada, emerge de profundidades que en su día exploró Carl McCoy. Musicalmente se ve acompañada, en coincidencia con aquellos primeros Nephilim, por tonos menos “agresivos” que los que, tradicionalmente, se han adjudicado a este tipo de formas de cantar. En efecto, nos topamos con un tejido clásico de guitarras rítmicas, bajos rasgados y profundos y baterías cuidadas, al igual que solos de guitarra sutiles, melódicos e independientes, que aportan la clase y la diferencia que siempre marcó a las mejores composiciones de este modo de hacer música. Los detalles, vitales, son los que enriquecen el trabajo para añadirle el plus que lo eleva a la categoría de extraordinario, por inusual en estos tiempos; es el trabajo de aliño que ejecutan la sal de los teclados atmosféricos, el azúcar de las livianas melodías de piano, y las especias, claves de todo buen guiso, que vienen en forma de violines. Estos tres elementos van a resultar fundamentales para que en maridaje con todo lo anterior, nuestros sentidos queden atrapados en una habitación fascinante.
Christina Emery
Y digo sentidos, porque con Running From The Dawn no solamente estamos nutriendo el oído. Las letras son un elemento fundamental. Pocas veces en los últimos tiempos había logrado dar con una lírica tan profundamente sentida, tan personal, que vaga en terrenos comunes llamados a la nostalgia, la melancolía, la pérdida, pero que por muy manidos que resulten, y que tan típicos son del género, estarán ahí siempre para ser trabajados, y en su hilado está la brillantez. Incluso cuando no prestas demasiada atención al texto, el sonido que proyectan Red Sun Revival te afecta interiormente, te mece, te conmueve, te hiela el alma pero a la vez te arropa. Esa extraña sensación de melancolía confortable, que solamente los grandes artistas han sabido trabajar, y que solamente los grandes discos son capaces de hacerte caer en la paradoja de insistir una y otra vez en un viaje aparentemente doloroso que resulta placentero.
No hay tema que deje indiferente ni en el que no encuentres un detalle magnífico. Ahora unas notas de piano, un rasgueo pesaroso de bajo, una batería que se disocia, una entonación de voz a flor de piel, una irrupción de violines emotiva, un solo de guitarra al que le falta hablar… Navegando entre el rock gótico clásico, composiciones de pop oscuro, y baladas densas, seremos capaces de reconocer guiños a los Banshees más orquestales, a los Cure de Faith o Disintegration y, como ya he mencionado, a los Nephilim menos duros. La guinda es la cuidada imagen que aportan Red Sun Revival, embutidos en vestimentas decimonónicas, el complemento perfecto para un disco que suena a madera crujiente de mansión victoriana, con una gran hoguera en el salón, por supuesto. Con estas claves como faro cualquier amante del género ya debería tener suficiente, y como es habitual cuando me topo con algo así, no me resisto a que quede circunscrito a un público concreto, su extrema calidad me obliga a recomendarlo a cualquier buen paladeador de buena música. Disfruten sabiamente de Running From The Dawn.
Pop indie con momentos oscurillos hecho en casa y que, ante todo, es muy muy femenino. Eso, y lanzamiento de ramos de flores, parece ser lo que ofrecen ¡Viva la Novia!, un quinteto afincado en Barcelona que esta noche presentará su EP, Raising The Veil, junto con algunos temas más en el Alfa (detalles aquí). A pesar de la poca información que tenemos sobre la banda y de que no son muchas las canciones suyas que se pueden escuchar por ahora, Raising The Veil es un EP realmente interesante que me arrastraría sin dudarlo a verlos esta noche… si yo viviera en la Ciudad Condal. De modo que analicemos un poco de qué estamos hablando.
Cuando puse por primera vez Raising The Veil, las primeras referencias que se me vinieron a la cabeza fueron Cat Power, Jet o Feist; aunque no tento por el estilo como por la feminidad imperante en las composiciones de ¡Viva la Novia!. Y es que el estilo se desmarca rápidamente del rock intimista y delicado para desplegar una agradable faceta ligeramente darkwave y bastante guitarrera que se pone de manifiesto especialmente en los dos primeros temas del EP: The Ballet Dancer, a mi gusto el mejor por ahora que les he escuchado a estos chicos por su comedido acercamiento a la melodía que, sin ser demasiado complicada, deja muy buen sabor de boca; y Tonight, con un deje ya más movido de rock clásico pero cumpliendo muy a rajatabla (tal vez un poquito demasiado) los estándares del rock indie. Más desenfadados y alegres son los otros dos temas, Hello Hello y All Sorted Out, de nuevo cortes de rock clásico con algún guiño descafeinado hacia el punk que las alejan definitivamente de las cantautoras más o menos intimistas en las que pensé inicialmente.
Los recomiendo porque me gusta lo que prometen estos chicos, porque tengo ganas y curiosidad a partes iguales de escuchar más temas suyos, porque no descubren la pólvora pero sí que cultivan un estilo y una calidad que es un alivio en un país en el panorama indie está dominado por Vetustas Morlas, amantes lesbianos y sus repetitivos imitadores, cosa que es muy de agradecer. Además, una época en las que parecen las voces masculinas las que están de moda, escuchar buenas voces y coros femeninos constituye un necesario descanso para nuestros oídos. Esperemos que cunda su ejemplo… aunque bueno, sin abusar.
La verdad es que no tengo muy claro cómo empezar. Llevo varios días dando vueltas a este disco y aún sigo medio en shock. Me ha parecido una pieza maestra. Se edita el próximo 30 de noviembre, pero ya se puede disfrutar en el bandcamp del grupo. De modo que con las sensaciones aún confusas por la ilusión que me ha producido, y temiendo que sea demasiado pronto, vamos a adornar un poquito esta entrada para ver si os pica la curiosidad y os ponéis a hacer lo mismo que yo: revolcaros una y otra vez en Riot, el séptimo trabajo de los berlineses Golden Apes.
Vamos a ir dejando las cosas claras: si os gusta el rock gótico clásico no hay mucho más que contar, id a por este disco. Si vuestro palo es cualquier otro pero apreciáis los trabajos de cuerdas intensos e intrincados, id a por este disco. Si alguna vez tuvisteis alguna querencia por el pop-rock melódico nostálgico y denso, id a por este disco. Si sois de esos a los que se les ponen los pelos como escarpias cuando a algo que suena a post-punk se le colocan teclados atmosféricos, ya estáis tardando, id por el disco.
Peer Lebrecht
En Riot he encontrado tal cantidad de referencias y tal cantidad de matices a cada escucha que por eso temo que sea demasiado pronto para hablar de él. Aún estoy en plena digestión, y creo que sin acabar si quiera de comer. Es un disco largo, muy largo, que se eleva por encima de los 50 minutos, pero que no da margen al aburrimiento. El arranque instrumental (Prelude) a base de piano es tétrico, dramático y lánguido, tanto que puede hacer presagiar un disco que discurra por otros derroteros, nada de eso. Los primeros acordes de Devil te ponen las orejas tiesas en su primer minuto gracias a sus serpenteantes guitarras, hasta que Peer Lebrecht abre una boca por la que sale un chorro de barítono que te clava al sillón. Ya no escapas, pero si te quedaba alguna duda, Torment volverá a golpearte con un inicio de irresistible energía post-punk.
Christian Lebrecht
Vengeance le da continuidad en un tono distinto. Salen a relucir guitarras rítmicas electroacústicas, bajos rotundos, guitarras eléctricas tejedoras de bellos punteos… el rock gótico, la darkwave de toda la vida comienza a emerger, meciéndose entre sonidos que ahora te llevan a los Cure más pop pero oscuros, luego te pasean por Cocteau Twins o te meten de lleno en la mejor tradición alemana a lo Dreadful Shadows. La maravillosa Heart’s Corrosion incide en estas líneas, pero con mayor electricidad y tintes de emotividad pausada. Prudence vuelve a elevar la apuesta enérgica, esta vez con la rotunda contundencia de un rock mucho más duro y germanizado. Así llegamos al punto intermedio.
El interludio lo marca White Days, una joya electroacústica en la que Lebrecht se las apaña para entonar de tal modo que, además del dramatismo propio de una voz como la suya, y del referente obvio que siempre es Andrew Eldritch, nos acordemos a ratos de Iggy Pop, Sven Friedrich e incluso de Richard Butler. Los punteos eléctricos y la melodía electrónica hacen que el final del tema sea momento para tomar aire antes de seguir. Impresionante.
Lithium retorna a los comienzos post-punk, rápida, directa, esencial, mientras que Pieces, dentro de su longitud y sus evoluciones internas, nos reserva un atisbo de estribillo pensado para single, sumergido en pausas y acelerones, en variedades sonoras diversas, en terciopelo y en cuchillas afiladas que hacen de puente perfecto para (The Lights Of) Venus, lo más parecido a una balada al uso que vamos a encontrar, y que de nuevo hace gala de una riqueza instrumental fuera de lo común. Animae marca el inicio de la recta final a un paso espinoso, antes de que The Happy Losers Sweet Delusions eclosione mayestática en uno de los puntos más emocionantes y perfectos del disco. Épica, nostálgica y grande, muy grande.
A estas alturas los nueve minutos de duración de Riot, el punto final al disco, no son más que un dulce despertar del mogollón en que nos hemos metido, pero solo de forma aparente. Su largo discurso da para que el final nos coloque de nuevo en el sitio sin saber muy bien si pestañear o volver a darle al play. Lo que nos acaban de ofrecer Peer y Christian Lebrecht, Dirk Wildenhues, Eric Bahrs, Gunter Buechau y Joe Finck es un excelso compendio de la evolución de un estilo a lo largo de más de treinta años, mezclando de forma sabia todas las vertientes de la darkwave; de Bauhaus a Dreadful Shadows, de Joy Division a Sisters Of Mercy, de The Cure a Psychedelic Furs, de Zeraphine a Placebo, de Interpol a Editors, pariendo un trabajo sin fisuras, compacto, intenso, lleno de aristas y, como hacen los grandes, muy personal. Los amantes del género lo deberían disfrutar a tope, pero no me resisto a recomendarlo a cualquier amante de la buena música.
Imagino que también será una evolución para ellos mismos, pero como ya he dicho, es algo que tengo que comprobar. Si los seis discos anteriores se parecen un mínimo a Riot estaré a estas alturas como cuando tenía 16 años, con la emoción de verme deslumbrado no por una banda nueva, sino por unos veteranos y una carrera entera por descubrir. Por tanto, hoy que me entero de quienes son Golden Apes, bendita sea mi ignorancia. Amén.
PD: Agradecimientos a Billyphobia y Virus G, inestimable fuente de recursos para mantener ciertas cosas vivas…
Creo haberlo dicho ya alguna vez, pero voy a repetirlo. Una de las cosas más agradables de la experiencia de escribir para bSides está siendo el interés de las bandas y promotores para que les conozcas y hables de ellos. No siempre podemos, pero esta vez sí, y muy rápido. En cuestión de tres días cayó en nuestras manos la noticia de su existencia, su primer disco (disponible para descarga libre en su bandcamp bajo pago de un tweet), y el acontecimiento de la presentación del mismo en directo. A lo largo de estos meses hemos podido descubrir cosas muy interesantes dentro de esta particular forma de mover lo más minoritario y desconocido del panorama, pero como cada uno tenemos nuestro corazoncito y nuestros gustos más profundos, en el caso de October People la situación ha sido de esas que te emocionan.
Ya me he cansado de hablar del tema de los revivals. En el fondo es una estupidez, el 80% de la música que se hace hoy día es en realidad un revival de algo en todo o en parte. Algunos son de una evidencia apabullante en cuanto al referente al que remiten, otros menos. Cuando empecé a leer las breves notas que me llamaron la atención de October People todo hacía indicar que me iba a encontrar a otro emulador de Joy Division pasado por el filtro de los tiempos que ha impuesto el estilo Interpol. Con estas coordenadas, aunque tienen todo para que el resultado me guste, torcí un tanto el morro pensando en que la onda oscura de los ochenta dio mucho más que todo eso, y que dado que tan de moda están los condenados revivals ya podría empezar a salir alguien que tuviese sus referentes en otra cosa. Pues bien, la sorpresa con esta banda afincada en Madrid fue más que grata.
Su estilo es esencialmente darkwave, pero lejos de estar constreñidos a uno, dos o tres referentes estilísticos, aportan una riqueza que no esperaba, como si un fan de toda la vida de esta onda sacase de sus entrañas todo lo que ha ido digiriendo durante años y lo regurgitase convertido en una música que, concentrada en un ritmo elegido a drede, va destilando aquí y allá gotitas y detalles de un par de décadas de historia musical. Porque en efecto la nota predominante en el primer disco de October People es su agilidad, sus temas son mayoritariamente veloces, tendiendo puentes entre el post-punk primigenio y ciertas variantes del sonido indie puestas de moda en los últimos tiempos, pero en los recovecos se aprecian detalles que emocionarán a cualquier buen amante del pop-rock oscuro clásico, porque los recursos que otros utilizaron en su tiempo vuelven para decorar un puñado de canciones directas, enérgicas y a la vez nostálgicas y emotivas, porque sí, nadie dijo que la música siniestra no sirviese para bailar, nadie dijo que un lamento sonoro no pueda recorrerte la sangre y hacer que te muevas.
De modo que October People han sido capaces de elaborar un trabajo más que digno, que al recorrerlo te topas con pequeños instantes que a la memoria traerán a los Chameleons, a Depeche Mode, a The Cure, a Bauhaus, a Billy Idol (ese inicio de Once Again), a Camouflage, a Escape With Romeo, a cosas más modernas como Zeraphine o, lo que más me ha sorprendido, a los siempre infravalorados y olvidados The Essence -encontrar su última etapa en la maravillosa This Dream Of Yours me ha dado uno de los momentos más felices del año-. Pero repito, son momentos. October People parecen tener muy claro, y si no es así lo aparentan muy bien, que no pueden limitarse a ser una banda emuladora de otras cosas y utilizan todo ello para aderezar una propuesta trabajada, con empaque, con riqueza sonora. Si otro de los descubrimientos del año, Estilo Internacional, eran la recuperación de la esencia en toda su fría simplicidad, October People son la evolución de la misma. Todo concentrado en el mismo año, todo un ejemplo de lo que puede dar de sí un estilo.
Y el sábado afrontábamos con expectación la puesta en escena de todo esto. Insistiendo en la necesidad que tienen las bandas pequeñas hoy día para darse a conocer y afrontar las dificultades, añadieron a la ya mencionada descarga gratuita del disco la opción de llevárselo físicamente en versión cd o vinilo con la entrada. El pequeño Wurlitzer Ballroom se llenó de amigos, familiares y curiosos avezados para ver la entrega con que estos cuatro chicos se ponen manos a la obra. Con un sonido más que aceptable recorrieron los nueve temas de su primer disco, con un pelín más de aceleramiento que la versión estudio que quizá en algún momento convendría atemperar, con un Giovanni Pandone que a la voz y los teclados es un torrente, expuesto sin concesiones, cercano en actitud y pose al mejor Dave Gahan, con la guitarra de Víctor Rubio arrinconada en fría pero inapelable finura, el bajo de Enrique Galán que tema tras tema levanta una pared densa imprescindible, y la batería de Dani Hidalgo, que se pasó el concierto jugueteando con arrancarse con algo muy próximo al The Hanging Garden de The Cure y que, pese a alguna pequeña carencia en momentos determinados, cumplió notablemente su papel. Como el repertorio no daba para mucho más, nos regalaron como colofón, y en buena muestra de la variedad de influencias que he mencionado, las versiones del Transmission de Joy Division y el Perlas Ensangrentadas que firmaron los Alaska y Dinarama de su mejor momento.
En resumen, otra banda a la que seguir de cerca sus pasos, otro gran apunte de este 2012 que enfila su fin, un nuevo motivo de esperanza para el panorama patrio y una recomendación muy intensa. No os perdáis su directo, de verdad, solamente puede ir a mejor y lo visto ya es sobradamente bueno. Enhorabuena y gracias.
Una de las cosas geniales de tener un blog de música es que, si lo haces bien a medida que pasa el tiempo, pequeños grupillos te van pasando material con la esperanza de que te guste y lo reseñes. Así conocimos a los acojonantes The Lost Souls Club, por ejemplo, y así hemos conocido al grupo y al disco que nos ocupa hoy: el cuarteto newyorkino The Commuters. Y la verdad es que conocer grupos así, a pesar de que estén lejos y dudo que nunca podamos verlos en directo, es genial.
Rescue de The Commuters (puede adquirirse gratis completo en el Bandcamp de la banda) tiene todo lo que un buen disco de rock alternativo y facilito para que me guste. Bajo mi punto de vista, dos son las referencias principales que se me ocurren cuando oigo la alegre guitarra eléctrica que abre As I Make My Way: el brillante rock optimista de Nada Surf y el espíritu rockero de The Gaslight Anthem. Hay una tercera referencia que se me viene a la cabeza pronto cuando los escucho, pero es imposible que estos chicos hayan escuchado a Sexy Sadie… ¿o si? Quién sabe…
Rescue es un álbum muy sencillito de estuchar, puede que su único error es que sea demasiado sencillo, que no se arriesga con composiciones complicadas que le obliguen a uno a centrarse un poco en alguna de las canciones para seguirle el hilo. En cambio, ganan muchísimo en accesibilidad: creo que a cualquiera a quien le guste mínimamente el rock, disfrutará de este disco. Ahora, que lo haga poco o mucho ya depende de los géneros rockeros que le sean favoritos. Como decía antes, es un caso muy parecido al de Nada Surf: es un grupo capaz de satisfacer a muchísima gente (llegan a un público mucho más amplio que otros grupos parecidos de su generación, como Calexico) pero que, obviamente, tendrá seguidores más o menos acérrimos entre todo ese conglomerado de personas que los escuchan.
Y, ¿de qué va Rescue? Para mi va de Nueva York. Cuando lo escuché por primera vez aún no había visto el video del single, As I Make My Way, que es una pura oda a Manhattan, ya tenía la sensación de, por momentos pasear por las avenidas de la Gran Manzana en una mañana soleada o por sus callejones en una tarde de niebla, según los pasajes del disco. Además, al leer un poco sobre la banda descubre uno que sus componentes representan perfectamente a la amalgama de procedencias y culturas que conforma a la ciudad de ciudades: orígenes filipinos, paquistaníes y canadienses que se encuentran en ese gigantesco cruce de caminos y que no se les ocurre cosa mejor que ponerse a hacer rock: brillante.
El resto viene rodado: temas en tonalidad mayor que en algún momento se permiten un acceso de melancolía, con potentes guitarras pero sin buscar riffs destacados ni solos que le quiten protagonismo a la estructura básica del tema, como el ya mencionado single (una canción muy redonda y bien acabada, que pegaría perfectamente en cualquier emisora de radio que quisiera animarle la mañana a sus oyentes), Rescue, Kneeling, We Are Breathing o Bombs Away; todas ellas canciones que han conseguido configurar un estilo (casi) propio pero que no suenan todas exactamente iguales. Ante todo dan muy buena imagen, impresión de estilo cuidado y depurado para montar un disco homogéneo pero que no llegue a ser repetitivo. Está bien hecho.
Como buena banda rockera, el género de la balada también está extensamente cultivado, aunque puede que aquí las canciones destaquen un poquito menos y se hagan un pelín más indistinguibles. El no tener el apoyo guitarrero parece que pesa, y Hope To Be o Take A Step Back no brillan tanto como las mencionadas en el párrafo anterior. No obstante, Great Scape, que sí que es un tema puramente acústico, con estribillo poderoso y emocionante, funciona bastante bien; y You’ll Stay Right Here es un preciosísimo tema perfecto para el cierre de un disco tan divertido y alegre. No se trata de un tema desgarrador, pero lo suficiente como efectuar una salida tranquila y hermosa tras tantas guitarras y baterías sonando a lo loco.
Como mencionaba al principio del post, una de las cosas que más rabia me da de The Commuters es que es probable que no logre verlos en directo a no ser que tengan un triunfo desmesurado (aunque suenan en emisoras alternativas, no parece que despeguen demasiado por ahora en EEUU) o me pillen de casualidad en algún viaje por la costa Este; porque no parece que tengan planes de tocar más allá de los barrios de la Gran Manzana. Y es una pena, porque ellos mismos afirman que su música está hecha para disfrutarla en directo y, la verdad, es que esa es la sensación que deja Rescue: que en directo tienen que ser una banda de las de saltar con una cerveza en la mano y divertirse con esas comedidas guitarras de calidad. Estaremos atentos, no vaya a ser que nos den una sorpresa y crucen el charco uno de estos días.
¿Conoces a Daughter? ¿No? No te preocupes: es normal. Hasta hace dos semanas, yo tampoco. Me la pasó, más o menos por casualidad, una amiga twittera (@irene_em) que se confesaba enganchadísima a esta canción. No pude evitar alabarle el gusto y escuchar de corrido todo lo que había en Spotify de ellos. Una semana después, no es que me haya enamorado, pero casi. Así que empecemos: ¿de quién estamos hablando?
Pues de un trío londinense liderado por Elena Tonra, una joven que tiene una voz tan hermosa como sus rasgos, que lleva dando vueltas por el circuito de su ciudad desde 2010 y que hacen algo que se califica como folk indie pero que yo creo que en realidad es pop que todavía no oye la suficiente gente. Lo que sí es seguro es que suena muy indie. A mi sobre todo me recuerda mucho a Florence and The Machine (especialmente en la voz) pero (por ahora) con menos pretensiones y una producción menos excesiva y a The Jezabels, una banda australiana de la que ya hablé hace unos meses. También me recuerdan lejanamente al tipo de sonido que tiene un grupo español que me gusta bastante, The Bright. Por ahora cuentan con dos EPs y un single, así que hacerse una idea de su carrera es sencillo. Veamos lo que han hecho.
His Young Heart (2011)
Es el primer EP no autoeditado de su discografía. Landfill, la canción que lo abre, es terriblemente sencilla, pero sin que uno se de cuenta le eleva desde un silencio y una aparente aséptica tranquilidad hasta una emoción elaborada con buen gusto. Es de alabar, demás, en el caso de una cantautora así, no tener miedo a tirar fuerte de la batería desde el primer momento, y no apoyarse solo en los juegos de guitarra, que quedan como agradable detalle para adornar su voz. El folk más íntimo se agarra con fuerza en el segundo tema, The Woods, triste y de hermosa letra, pero sin la garra emocional del primero. La batería vuelve a aparecer tímida tras las guitarras de Candles, más animada pero con más energía pero menos emoción que en el primer caso. El EP se cierra con un agradable tema instrumental.
The Wild Youth (2012)
En mi opinión su mejor trabajo hasta la fecha. También un sencillo EP de cuatro temas, pero ninguno tiene el más mínimo desperdicio. Para empezar, Home, producto claro del hecho de que en el Reino Unido, ahora mismo, allá donde vayas, suena Adele y que las cosas que se publican empiezan a saber un poquito a sus hits. Un tema lejanamente jazzero muy íntimo, con un registro algo más grave en la voz. Pero lo mejor está por llegar: Medicine es una composición sencilla pero, al menos a mi, me deja hecha unos zorros. El tema se sustenta exclusivamente en la voz de Elena y no necesita más que unas pocas notas en el piano y cuatro arreglos para aguantar dos minutos y medio de dolorosa melancolía. Sin que podamos decir que el tema estalla, llega un punto en el que una timidísima batería se une a los etéreos coros para completar una atmósfera bella y delicada. Es para mi el mejor de todos sus temas.
Parece que su canción más conocida es, por ahora, Youth (sobre estas líneas está el video de su interpretación de este tema en el Show de Letterman que se emitirá este sábado en Estados Unidos), tema de abultada producción, con multitud de detalles entre guitarras y baterías que se hablan pausadamente, pero siempre dejando protagonismo a la voz. No consigue ser una canción pegadiza, la banda no tiene instrumentos suficientes para provocar estallidos en sus canciones, pero consiguen de una manera sutil y eficaz imprimirle a uno el comedido ritmo de la batería en la cabeza. La voz de Elena Tonra se queda por si sola. El final del EP, Love, es una canción un poquito más anodina, mucho menos emocionante que las tres anteriores en el que a lo mejor es la guitarra lo que más merece la pena, quedándose con un deje algo más eléctrico.
Smoother (2012)
Se trata de un single con tan solo dos canciones. La que le da nombre, Smoother, es tremendamente parecida a Youth, pero con una atmósfera mucho más mística y una letra bastante más oscura. De nuevo, el grueso del peso cae sobre la voz y coros, con una guitarra por momentos entrecortada. Es curioso que este tema haya sido elegido como single: es muy bonito y no le faltan momentos poéticos, pero le falta todo el gancho necesario para captar a nuevo público. De hecho Run, la canción que lo acompaña, es bastante más animada, con un lejano sabor country, la voz de Elena algo más distorsionada y pasajes que pueden ser hasta pegadizos.
Personalmente tengo muchas ganas de ver cómo evolucionan estos chicos y, por lo tanto, de catar un LP para cuando lo tengan listo. Pero, mientas tanto, tienen un canal de Youtube lleno de actuaciones interesantes y algunas canciones que no aparecen en los EPs que hemos mencionado. Es para ponerlo y disfrutar. Por cierto, andan de gira por el Reino Unido y algunas partes de Estados Unidos y Europa. Por supuesto, de España ni hablamos.
Hay ciertos personajes que no quieren engañar a nadie y van derechitos al grano. Stefan Eriksson y Micke Lönngren son un par de suecos que decidieron formar Brotherhood en 2007 para rendir homenaje a su pasión por el rock gótico y la darkwave en general. Siendo críticos con las vueltas que se le ha dado al género en los últimos lustros, ellos plantean un retorno a los elementos básicos asentados en los años ochenta. Esto no es algo que diga yo por las buenas, lo escriben en su web, y francamente, hacía tiempo que no veía a nadie resumir en tan pocas líneas y de forma tan concreta lo que se puede esperar de un disco. Citan como referentes a tres tótems de tres vertientes del sonido oscuro: Joy Division (post-punk), Depeche Mode (electrónica), The Sisters Of Mercy (rock gótico), y claman sus respetos por lo que representan. De este modo, y como si de un homenaje a un tiempo y una época se tratara, nos introducen Turn The Gold To Chrome, su primer trabajo.
Stefan y Micke no son precisamente unos chavales dando rienda suelta a sus primeros pálpitos sonoros. Son dos veteranos que dan rienda suelta a sus primeros pálpitos sonoros. Stefan es multiinstrumentista (maquinitas inclusive) y Micke cantante, que además cuentan con experiencia como productores y un extenso bagaje trabajando con diversas bandas del circuito sueco. Puede parecer una tontería, pero creo que esto es fundamental y que se deja notar en Turn The Gold To Chrome, ya que, aunque quizá algo carente de brillantez compositiva, el disco tiene un empaque técnico de lujo. Expliquemos esto.
Cuando hablo de brillantez compositiva me refiero exclusivamente a que no hay un TEMAZO. Por mucho que a veces pueda parecer lo contrario, el género, a veces de una apariencia monolítica y opaca, ha jalonado la historia de auténticos hits, en especial durante la época dorada de los ochenta. A cualquiera versado en el tema esto le resultará trivial, e incluso en épocas más modernas ha habido cosechas más que interesantes. A alguien novato no puede venirle mal escarbar un poco en estas lindes para comprobarlo. Sin embargo, pese a esta carencia, el disco es mucho más que sólido, es de manual. En la forma en que Brotherhood interpretan el sonido que quieren recuperar está la luz de su experiencia. No buscan profundizar un género, sino recuperarlo, y su habilidad técnica hace que el resultado sea magnífico. Cumplen todos los requisitos de una biblia que no está escrita y todos conocen. Son como dos profesores dando una clase magistral. El contenido de Turn The Gold To Chrome expresa por sí solo estas ideas mucho mejor de lo que jamás podré hacerlo con palabras.
Porque en efecto nos sumergiremos en un túnel del tiempo hacia atmósferas y texturas de hace 25, 30 años, en todos sus sonidos y construcciones melódicas. Cuerdas, sintetizadores, percusiones programadas y voces profundas se conjuran para traernos una vez más aquellas delicias algodonosas, afiladas, angustiosas, melancólicas, nostálgicas, épicas, opresivas y cualquier adjetivo que se nos ocurra de aquello que una vez ejecutaron las bandas a las que se encuadró en el sonido darkwave, desde los más pop a los más rockeros, de los más guitarreros a los que desafiaban el statu quo con cacharros electrónicos. Y todo ello con la frescura que al sonido le aportan las técnicas modernas, porque por mucho que se empeñen, ciertos rescoldos del paso de los tiempos también son apreciables en Turn The Gold To Chrome.
El disco no es nuevo. Comenzó a ver la luz allá por marzo, comercializándose en privado directamente a través de Brotherhood y luego gracias a las plataformas de venta en internet que todos conocemos. Poco a poco fue encontrando sellos hasta que a comienzos del verano se disparó su distribución. Gracias a ello el nombre de este dúo sueco está corriendo como la pólvora, y media Europa, en especial los medios especializados, habla de Turn The Gold To Chrome como uno de los grandes hitos del año. La European Alternative Charts lo tiene situado ahora mismo en el número 7, después de 14 semanas en listas, y subiendo.
En resumen, una colección de diez canciones de género más que notables, compactas y de gran empaque, compuestas y ejecutadas por dos tipos que deben estar gozando como gorrinos en el barro, apoyados por los coros femeninos de Emma Södling y que en directo se refuerzan nada menos que con Martin Roos, guitarrista de los primeros tiempos de la banda-mito viviente sueca Kent, y con Johan Mörén, otro viejo componente de una banda con muchos galones en el underground escandinavo: Memento Mori. Recuerden el nombre: Brotherhood y su debut Turn The Gold To Chrome.